Más grande que todos los milagros

Hoy nos narra el Evangelio dos curaciones milagrosas. Nada tiene de extraño, si tenemos en cuenta que Jesús es Dios hecho hombre. Yo he visto unas cuantas curaciones milagrosas; casi he visto resucitar a un muerto, pero me llevaría tiempo contártelo. En todo caso, todas las curaciones milagrosas que he visto han sido obra del sacramento de la santa unción. Mucha gente desconoce el poder de ese sacramento a la hora de sanar enfermedades corporales.

Pero, con todo, las curaciones milagrosas no son lo habitual. Cristo no curó a todos los enfermos, ni a la mayoría. Lo normal, si pides que un enfermo terminal se cure, es que muera y, si está confesado, vaya al cielo, donde se está mucho mejor que aquí. Pídele a Dios, sobre todo, que los enfermos se confiesen y reciban la unción.

Pero hay algo más grande que todas las curaciones milagrosas juntas:

Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades.

Eso es lo más grande: que, cuando llega la enfermedad, encuentras en ella a Cristo esperándote, con sus manos llagadas y amorosas tendidas hacia ti. Y la enfermedad se convierte en Amor, y la muerte en Vida.

Eso es mejor que ningún milagro.

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