Jamás cometáis el error de comparar a la Iglesia con cualquier institución humana. Si la Iglesia fuera solamente una institución humana, como cualquier ONG o una de las muchas fundaciones benéficas modernas, la Iglesia habría desaparecido hace mucho tiempo. ¿Qué institución humana podría resistir la caída de imperios y la persecución hasta la muerte de sus miembros?
La Iglesia está viva. Las instituciones humanas nacen en los despachos. Los niños nacen de un hombre y una mujer.
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».
Junto a un árbol y a una fuente nació la Iglesia. Y nació de un hombre –Jesús– y una mujer –María–. Allí aprendió a decir «Abbá» y a decir «Mamá». Como cualquier niño, nació llorando y envuelta en sangre. Y, como cualquier niño, fue amamantada en los pechos de su madre, la Virgen, junto a quien se agruparon los apóstoles para recibir al Espíritu en Pentecostés.
Ahora es ella la que amamanta a sus hijos en los sacramentos. Pero no olvida, ni olvidará jamás, quién es su madre.
(MMI)











