¡Me has robado!

Antes de que Cristo nos revelara al Espíritu Santo como tercera persona de la santísima Trinidad, el Antiguo Testamento hablaba, en numerosas ocasiones, del «Ruah Yahweh». Es una expresión ambigua. Puede significar «el aliento de Dios», «el soplo de Dios», «el viento de Dios»… «¡El beso de Dios!» (Ct 1, 2). Todo lleva a lo mismo: aire manado de la boca de Dios.

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Cuando dos enamorados se besan, se hacen entrega de lo más íntimo de su ser: su propio aliento, emanado de sus entrañas. Pero ahí queda todo.

¿Cómo sopla un resucitado que respira cielo? Su Aliento es su Espíritu, es el «Ruah Yahweh». Y, cuando me besa, ese Espíritu, si lo recibo con docilidad, se apodera de mí y me convierte en Él. Y por eso, convertido en Él, llamo a su Padre «Abbá», un derecho que sólo tiene el Unigénito de Dios.

No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20). Debo dejar que ese beso, ese Aliento inunde mi corazón, mis pensamientos, mis palabras y hasta los miembros de mi cuerpo, que deben ser suyos.

¡Te pertenezco!

(PENTA)