Evangelio 2022

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 2 – Espiritualidad digital

Momentos de Cielo

El caminante planta la tienda cuando llega el momento del descanso. Entonces enciende el fuego, come, bebe, repone fuerzas y conversa con sus compañeros libre de prisas y urgencias, porque la fatiga del camino terminó. Después entra en la tienda y descansa. Cuando nuestro caminar termine, y lleguemos al Hogar del Cielo, encontraremos una tienda preparada por el mismo Señor, que nos ha precedido en el camino, y el fuego del Espíritu nos hará sentir en casa. Allí gustaremos el banquete de los elegidos, y beberemos el vino nuevo junto al Hijo del hombre. Ya no habrá prisas ni urgencias, dolores ni lágrimas. Habremos llegado.

Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Aquella estancia en el Tabor junto a Jesús transfigurado fue un momento de Cielo. Hay pocos en esta vida, pero Dios quiere que, de cuando en cuando, los gustemos para que no nos venza el desánimo. En esos momentos no hace falta fe, porque casi ves y tocas. Y no hay otra esperanza que la de quedarse allí. La caridad lo llena todo.

Pero sucede pocas veces. Aún tenemos una puerta que cruzar.

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Cruz sólo es su Cruz

Los evangelios no narran las caídas del Señor mientras recorría, cargado con la Cruz, la Vía Dolorosa. Pero la tradición cristiana nos da cuenta de ellas, y es una tradición bien fundada, porque esas caídas nos permiten explicarnos la entrada en escena de Simón de Cirene. Si tuvieron que recurrir a aquel hombre fue porque el Señor había dado muestras de que no podía con el peso de la Cruz. Después de haber caído tres veces, entendieron que no llegarían al Calvario si no buscaban ayuda.

Jesús había dicho: Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pero Él perdió tanta sangre durante la flagelación que no pudo con la suya. Bendito Simón de Cirene. Seguro que tendría sus problemas y sufrimientos, pero se encontró con la Cruz del Salvador y, enamorado, olvidó todas aquellas pequeñeces.

Llamamos cruz a cualquier cosa, porque meditamos poco la Pasión. Si lo hiciéramos, si compartiéramos los dolores del Señor, veríamos que Él desfalleció bajo el peso de su Cruz para que nosotros nos encontremos con ella y entendamos que cruz sólo es su Cruz. Y es muy dulce cargar con ese peso.

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Sufre como hombre, y piensa como Dios

Creemos que amar es decir «no sufras», y que es muestra de amor evitar el sufrimiento al ser querido. Pero nos equivocamos, porque el verdadero amor consiste en acompañar en su dolor a quien amamos.

Cuando Jesús anunció a sus apóstoles que tenía que padecer mucho, Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Y el Señor le reprendió: ¡Piensas como los hombres, no como Dios!

Es urgente que nos reconciliemos con el sufrimiento. No nos hace bien esa obsesión por no sufrir. «Esto cuesta mucho» –pensamos–, «seguro que Dios no lo quiere». «Estoy sufriendo, eso significa que algo no va bien». «Me tratan mal. Dios no debería permitirlo». Así piensan los hombres.

Pero Dios no piensa así. Dios piensa: «Haz mi voluntad. Y, si para ello tienes que sufrir, convierte en ofrenda tu dolor y redime almas a través del sacrificio. Yo te devolveré esa muerte transformada en vida».

Frente a los miedos de Pedro está la serenidad de la Virgen. Mírala, al pie de la Cruz, amando y acompañando en su dolor al Ser amado. En el Gólgota comprenderás que lo que importa no es sufrir o no sufrir, sino hacer lo que Dios quiere.

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A solas con Jesús

Para curar al ciego, primero Jesús lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano. Quiso quedarse a solas con él, para que nada lo distrajese de su presencia, y para evitar la vanidad del espectáculo. Dios gusta de obrar en silencio, en la intimidad del amor, más que en la ostentación.

¿Por qué no dejas, tú también, que Jesús te tome de la mano y te saque del bullicio para sanarte a solas? Se va acercando la Cuaresma, y seguro que te hará mucho bien apuntarte a una tanda de ejercicios espirituales. Ya sé que da un poco de pereza, y que encontrarás mil motivos para no ir. Tienes ¡tanto que hacer! No te dejes engañar: tu principal tarea es tu alma. Despeja todas esas excusas, y coge esa mano del Señor que te aparta del ruido durante unos días.

Procura que sean unos ejercicios donde se guarde el silencio. Lo necesitas. Allí, a solas con Jesús, escucharás su palabra, y su Espíritu acariciará tu alma. Allí, despejada la niebla de las mil tareas diarias, verás lo que normalmente no ves. Y allí conocerás el plan de Dios sobre tu vida, porque los grandes amores se forjan a solas.

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Me encanta Jesús cuando se enfada

Me pregunta una feligresa si decir «ojalá te mueras» puede ser un pecado mortal. Le respondo que depende de la temperatura. Esas palabras pueden estar encendidas de odio, de lástima, o de estupidez. Jesús dijo de Judas: Más le valdría no haber nacido (Mt 26, 24). Y no pecó.

Lo cierto es que me encanta Jesús cuando se enfada. Pocas veces lo veo tan humano. Advierte a sus apóstoles: Guardaos de la levadura de los fariseos y de Herodes, para invitarlos a evitar la hipocresía. Y ellos creen que les lanza una indirecta porque no habían comprado el pan. Discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes. Entonces el Señor «revienta»: ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis el corazón embotado? ¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís? Le faltó decir: «¿Sois tontos, o qué os pasa?». Y, para que no pensáramos que esas palabras eran fruto de una ira descontrolada, después de resucitar se despachó del mismo modo con los de Emaús: ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! (Lc 24, 25).

Es que hay insultos que están llenos de cariño. Y deben recibirse como caricias, no como azotes.

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No volverás a casa en ayunas

que nada se desperdicie¡Menuda media hora de oración te has marcado! Estabas allí, como un bobalicón, delante del sagrario, y no sabías qué decir. Intentabas leer, pero mil pensamientos mundanos, como alimañas, se te echaban encima y te impedían prestar atención a la lectura. Y mirabas al sagrario en busca de ayuda… nada. Como si fuera una caja de metal encima de un estante. Entonces dirigías tus ojos al reloj. ¿Sólo han pasado dos minutos? Desde la última vez que lo miraste, sí. Y así otros dos, y otros dos, hasta que se cumplió la media hora. Te marchaste con la sensación de no haber rezado nada.

– Siento compasión de la gente… Si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. – ¿Y de dónde se puede sacar pan aquí, en despoblado?

No temas. Jesús no permite que quien está con Él vuelva a casa en ayunas. Y, aunque en despoblado, y en el desierto de una oración seca, parezca imposible encontrar pan, desde esa caja de metal que está encima de un estante Él sabe como saciar tu alma.

Créeme: aunque creas no haber rezado, ha sido un tiempo de oración bien aprovechado. Por Él, y por ti.

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«Señor, ábreme los labios»

Algunos no abrimos la boca por la mañana hasta que rezamos la Liturgia de las Horas. Nos hacemos la señal de la Cruz en los labios, y decimos: «Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». Es maravilloso darle a Dios esas primicias.

Con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá» (esto es, «ábrete»). Me recuerda mucho este milagro a esa forma de comenzar, cada mañana, la Liturgia de las Horas. Después de esa señal de la cruz en los labios, las palabras santas de los salmos, como saliva del Señor, purifican la lengua, porque son palabras de Dios en nuestra boca.

Cógele el gusto a la Liturgia de las Horas. Antes no era fácil de rezar, porque el Diurnal estaba lleno de cintas, y hacía falta un máster para aprender a rezarlo. Pero, ahora, hay decenas de apps que convierten tu teléfono móvil en un salterio y te ayudan a beneficiarte de esa maravilla.

Ya sé que, después de rezar las Horas, coges el automóvil y tus labios, recién limpitos, se te ensucian con esos epítetos tan lindos que dedicas a otros conductores, pero… ¡que te quiten lo rezado!

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