Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 2 – Espiritualidad digital

La santa anónima

viuda pobreNo ha pasado a la Historia el nombre de aquella viuda pobre que entregó cuanto tenía en el tesoro del templo. Al «buen ladrón», al menos, lo hemos bautizado en España como Dimas. Pero esta santa mujer se ha refugiado en Dios de tal manera, que hasta su nombre ha quedado oculto para nosotros. ¿Cómo canonizarla? Su santidad se encuentra sumergida en la misma santidad de Dios, y no hay forma de distinguirlas.

Ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Y, así, en esta santa anónima se encarna la primera de las bienaventuranzas, la referida a los pobres de espíritu.

Los ricos tienen miedo, porque se cuidan a sí mismos. Podrán ser piadosos, pero nunca santos, mientras sigan siendo ricos en su alma. Dicen: «Tengo mucho; seré piadoso y haré limosnas, para tener también a Dios». La viuda, sin embargo, ha experimentado que Dios la cuida mejor que ella misma, y se fía de Él. Por eso entrega todo. Si le preguntas, te dirá: «No tengo nada. Dios me tiene a mí».

No es cuestión de mucho o poco dinero. Se trata, en el fondo, de saber quién te cuida: tus riquezas, o tu Dios.

(TOP33L)

¿Te lo has creído?

Cada domingo vamos a misa, y rezamos el Credo. Proclamamos, con voz firme: «Creo en la resurrección de carne, y la vida eterna». Está bien dicho, porque el propio Señor nos lo ha revelado:

Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos.

Te he visto en misa, y te he escuchado rezar. Ya sé que crees en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Pero, ¿de verdad te lo crees?

Si, de verdad, creyeras que tu vida es un breve camino hacia la eternidad, no otorgarías tanta importancia a las cosas de aquí. Darías tus dolores por bien empleados, como da por bien empleado el cansancio el caminante, y no te quejarías tanto. Perdonarías todas las ofensas, porque sabes que así perdonarán las tuyas y te abrirán las puertas del cielo. Estarías siempre alegre, con la mirada puesta en el Paraíso que te espera. Amarías la enfermedad y la vejez, que te anuncian el final del camino y la llegada al Hogar.

De verdad, ¿te lo has creído?

(TOP33S)

Mentira y soledad de los números

Ni es oro todo lo que reluce, ni todos los congregantes son cristianos. Multitudes llaman a multitudes, y soledades llaman a soledades. Al medir la fe de un pueblo, fiarse de los números es dejarse engañar.

Los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.

Si entonces no sabían qué hacer, poco tardaron en saberlo. Consigue que quienes ahora lo escuchan embelesados lo desprecien, y ellos mismos te ayudarán.

Cuando presentaron, a ese mismo pueblo que se había rendido ante Jesús encumbrado, a un Jesús coronado de espinas, la ola de las multitudes volvió al mar con toda su fuerza, pero en sentido inverso. Y aquellos hombres gritaron: «¡Crucifícalo!».

Los números, ya ves, no son de fiar. Al final, sólo cuenta uno. Y la repetición de muchos unos, con una aventura diferente cada uno.

Bastaba uno que amase a Jesús de verdad. Y estaba allí. Se llamaba Juan, y fue el único que lo acompañó a la Cruz cuando estaba coronado de espinas.

No quieras compartir aventuras ajenas. Da un paso al frente, ten tu propia aventura de amor con Jesús.

(TOP33V)

Déjate salvar

Supón que te estás ahogando en un mar azotado por la tempestad. Se acerca un hombre en un barco, dispuesto a arriesgar su vida para salvarte. Y, cuando te tiende una cuerda, tú no la tomas, porque no te fías de él… El hombre llora. Deberías llorar tú, porque vas a morir; pero llora Él. Después morís los dos, porque no te has dejado salvar.

Así lloraba Jesús:

Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos».

Se ahoga su pueblo en la muerte, y, cuando viene a salvarlos, dicen que tiene un demonio. Se ahogan los hombres en un mundo azotado por el pecado, y, cuando la Iglesia les tiende una mano para rescatarlos, no se fían de los sacerdotes ni de la Palabra que da vida al mundo. «¡No cojáis esa cuerda!», gritan desde esos nuevos púlpitos que son los medios de comunicación. «¡No os fieis de los sacerdotes, son unos depravados!».

Debería llorar el mundo, pero llora la Iglesia, y lloramos los sacerdotes.

Reconoce tú el tiempo de tu visita. Déjate salvar.

(TOP33J)

Yo quiero ser tu botín

No podemos olvidar aquel «abrid las puertas a Cristo» con que san Juan Pablo II comenzó su pontificado. En mis oídos de adolescente, aquellas palabras sonaron como la dulce y poderosa llamada de un Hijo de Dios que deseaba entrar en mí.

Así resonaron, también, las palabras de Jesús en los oídos de Zaqueo:

Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa.

¿No has sentido, tú también, esa misma prisa ante la llamada de Cristo? Los prudentes de este mundo te dirán que vayas con cuidado. Pero tu respuesta debe ser la del enamorado, no la del contable. El «sí» urge.

Luego te das cuenta de por qué, ante esa llamada, muchos deciden no abrir. Dejar entrar a Cristo en tu vida tiene sus riesgos (¡benditos riesgos!). Porque, si abres las puertas a quien te trae un piano, el piano, al entrar en casa, pasa a pertenecerte a ti. Sin embargo, cuando Jesús entra en casa, es Él quien se apodera de cuanto tienes y cuanto eres, y eres tú quien le perteneces.

¡Bendito ladrón! No te dejes nada sin tomar, que no quiero otra cosa en esta vida que ser tu botín.

(TOP33M)