Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 2 – Espiritualidad digital

Esas manos

manosAcepto pocas invitaciones a comer. Así evito el queso. No sé por qué, cuando la gente invita alguien a comer, le pone queso. Y yo odio a muerte el queso. Santa Margarita María de Alacoque también. Cuando ingresó en el convento, sus padres pusieron como condición que no le dieran queso. Qué bien les comprendo. Y a ella. Y si alguien te invita a comer, te pone queso, y tú no te lo comes, luego se queja de que no aceptaste su queso. Que se lo coma él. No está bien invitar a alguien a comer y juzgarlo después.

Como el fariseo que invitó a Jesús. Se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer. ¿Por qué te sorprendes? ¿Por qué lo juzgas? ¿No es tu invitado? Trátalo bien, sé acogedor. En lugar de sorprenderte, asómbrate ante esas manos que no necesitan ser purificadas.

Esas manos, fariseo ciego, esas manos que Jesús no se lavó tocaron a un leproso y, en lugar de ensuciarse, limpiaron la piel del enfermo. Esas manos parten el pan y lo convierten en carne de Dios.

Pobre fariseo. En lugar de sorprenderte, deberías haberle pedido que te tocara con esas manos.

(TOP28M)

La dignidad de nuestros cuerpos

Al paso de Jesús, aquella mujer tuvo una intuición poderosa:

Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.

Podría pensarse que aquellas palabras fueron inspiradas por el Espíritu, como las de Isabel ante la visita de María. Pero ya he escrito alguna vez que tengo mis dudas. También podría ser que aquella mujer, al ver a Jesús, sintiera una «santa envidia» de la Virgen. ¡Qué suerte tiene la madre de este joven! Ojalá hubiera tenido yo un hijo así, y no el gaznápiro que tengo holgazaneando en casa con treinta y nueve años.

¡Quién sabe!

El caso es que unas palabras muy parecidas podrían dirigírnoslas a nosotros los patriarcas, profetas y reyes de la Antigua Alianza cada vez que nos vieran comulgar.

«¡Bienaventurados vuestros cuerpos, que son bendecidos con la presencia del Dios altísimo!»

No sé si nos damos cuenta del inmenso privilegio que supone una sola comunión. Por ella, nuestros cuerpos, al igual que el de la santísima Virgen, se convierten en morada de Dios.

Si nos diéramos cuenta, veneraríamos nuestros cuerpos, los trataríamos como a un templo, y los conservaríamos castos, dignos de la inmensa gloria con que son bendecidos cada vez que comulgamos.

(TOP27S)

Recogidos y recogedores

La tercera acepción del verbo «desparramar» en el diccionario de la RAE es «disipar la hacienda, malbaratarla, malgastarla». La quinta es «distraerse, divertirse desordenadamente». Por eso, cuando uno hace disparates, decimos que «desparrama». Pero también nos viene bien la tercera acepción.

Antes de padecer, Jesús dijo: Cuando sea levantado sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí (Jn 12, 32). Y hoy nos dice: El que no recoge conmigo desparrama.

Desde lo alto de la Cruz, Cristo quiere atraerlo todo. Y nosotros, atraídos dulcemente por Él, se lo llevamos. Primero le llevamos lo nuestro: nuestra alma, nuestro cuerpo, nuestro entendimiento, nuestra voluntad, nuestra memoria, nuestros afectos… Queremos vivir recogidos y como sumergidos en Él, porque sólo en Él encontramos paz. Y queremos, también, llevarle muchas almas, almas de personas que no lo conocen, y las de otros que lo conocen, pero se mantienen a distancia de su Amor. Quisiéramos recoger todo cuanto encontremos y llevarlo a su Cruz. Porque no nos basta con vivir recogidos. Queremos ser, también, recogedores. Hasta los pecados se los llevamos, para que sean redimidos con su sangre.

Por eso, quien no vive recogido y no dedica la vida a recoger malbarata su vida y disparata.

(TOP27V)

La gente más alta

Desde luego, no debe quedar ya nada por inventar. Estaba leyendo en el periódico, pocos minutos antes de escribir estas líneas, que un cierto «Tall People Club» organiza encuentros para gente alta. Como se forme un «Clumsy Priests Club» para curas torpes me apunto en cero coma. Dicen los del Tall People que están hartos de que la gente les pregunte si juegan al baloncesto. Me troncho. A mí me preguntan si he vuelto a derramar las vinajeras.

Y, con todo, aunque no nos apuntemos al Tall People, nadie hay más alto que un cristiano. Porque, mientras mantenemos los pies anclados en tierra, tocamos el cielo con el alma.

Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Desde la tierra pedimos, porque estamos llenos de necesidades. Y desde el cielo se nos da. Desde la tierra buscamos el camino de Casa. Y desde el cielo se nos envía a Cristo, que es el Camino, para que lo encontremos a nuestro lado. Desde la tierra llamamos, con todas las fuerzas, a las puertas del Paraíso. Y desde el cielo se nos abre la puerta estrecha de la Cruz.

Y todo eso, aunque midas metro y medio.

(TOP27J)

Marta y yo

Marta y yo nos engañamos. La quiero mucho, es mi hermana del alma, una gorda maravillosa y taquicárdica que no tiene filtros a la hora de hablar. Y ella me quiere mucho a mí, porque nos parecemos un montón, aunque a mí los filtros me los ha puesto la edad que quizás ella no tuvo.

Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria.

Estoy escribiendo estas líneas, tengo toda la mañana ya programada y personas citadas a su hora. Y me llaman del tanatorio, necesitamos una misa de cuerpo presente en hora y media. Y se me altera el pulso, y empiezo a ver cómo reprogramar el día, y venga a llamar a unos y a otros para que no vengan porque voy a un entierro. Y Marta y yo, ella con sus platos y yo con mi agenda, temblamos inquietos y preocupados como idiotas. Porque ambos somos idiotas, sólo que ella es santa y ya ha dejado de ser idiota.

Entonces Marta me abraza y me recuerda las palabras de Jesús: Solo una es necesaria: que estés unido a Jesús. Y yo se lo agradezco y recupero la calma. Adiós, me voy al tanatorio.

(TOP27M)

El pulso de Cristo

La gente, para tomarse el pulso, toca con el dedo pulgar la parte inferior de la muñeca. Y siente tac, tac, tac… Cada latido del corazón se refleja ahí. Escribo «la gente» porque yo nunca lo he conseguido.

Pero el ejemplo me sirve. Porque el corazón del cristiano debería ser el pulso del corazón de Cristo. Tac, tac, tac… Se alegra Cristo, se alegra el cristiano. Llora Cristo, llora el cristiano. Perdona Cristo, perdona el cristiano.

En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo. Se alegra Jesús y se alegran aquellos setenta y dos. Pero no se alegran por lo mismo. El pulso está descompensado.

Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre. Ésta es la alegría de los apóstoles. Sus superpoderes. Se han sentido fuertes, más fuertes que los demonios.

No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo. No os alegréis de vuestros superpoderes, que muy pronto me veréis despojado del poder en una cruz. Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Alegraos de que Satanás está vencido y vosotros salvados. Salvados por esa cruz.

Tac, tac, tac… ahora sí.

(TOP26S)

El ángel que fumaba

Se llamaba Hilda. Caminaba con dificultad. Y fumaba como cuatro carreteros. Siempre olía a tabaco. Estaba llena de limitaciones. Y Dios la quería con locura. Yo también. Era un ángel fumador. Venía a misa todas las tardes. En alguna ocasión fue casi la única feligresa que tuve en misa. Entraba en la capilla después de fumar y salía a fumar al terminar la misa. Se nos fue al cielo hace años.

Una tarde, mientras fumaba en la calle antes de misa, vio pasar a una mujer llorando. Y, como ella no conocía los malditos respetos humanos, la abordó: «Hay un sacerdote confesando en la iglesia. ¿Por qué no pasas y hablas con él?». Y aquella mujer, que no había pisado una iglesia en años, pasó y habló con el sacerdote. No os daré detalles. Pero os aseguro que Hilda salvó una vida.

La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

Hay muchas personas a quienes una palabra sobre Cristo les cambiaría la vida. Y pocos que, como Hilda, hablen de Jesús con la misma naturalidad con la que se encienden un cigarrillo.

¡Cuánto te recuerdo, buena amiga!

(TOP26J)

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