Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 2 – Espiritualidad digital

La oración y el sueño

Hay quien se acusa de dormirse en la oración. A mí, el que uno se duerma ante un sagrario me parece muy romántico; no hay mejor descanso. Dios da el pan a sus amigos mientras duermen (cf. Sal 126, 2).

Lo malo no es dormirse en la oración. Lo malo es dormirse después de la oración, cuando toda esa piedad debería destilarse en el servicio a Dios y al prójimo. Llegas ante el sagrario, y muy despierto le dices al Señor que lo amas y lo adoras. Pero, en cuanto sales del templo, te echas a dormir y que otros te cubran con la mantita y te traigan después el desayuno. Que lo tuyo es salvarte rezando, no sirviendo.

Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. ¿Quién es el criado fiel y prudente, a quien el señor encarga de dar a la servidumbre la comida a sus horas? Bienaventurado ese criado, si el señor, al llegar, lo encuentra portándose así.

Créeme: mucho mejor quedarse dormido en la oración, quizá a causa del cansancio que conlleva entregar la vida, que pasar una hora arrodillado ante la custodia y después echarse a dormir el sueño del perfecto egoísta.

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Colmad la medida de vuestros padres

¡Qué contraste tan tremendo! ¡Qué contradicción tan misteriosa! ¿Quién puede sacar vino dulce de uvas amargas, fruto verde del árbol seco?

Atestiguáis en vuestra contra que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!

No cubramos con un velo la crudeza de este grito. Dejemos que su furor nos rasgue las entrañas como un cuchillo de fuego.

Sois hijos de Adán, el padre de Caín, quien mató a su hermano. Sois hijos de una Humanidad que ha asesinado a los enviados con quienes Dios quiso convertiros hacia Él. Pues bien: aquí tenéis al último profeta, al Hijo del Dios vivo ante vosotros. ¡Colmad la medida de vuestros padres! ¡Llevad vuestro pecado hasta el sacrilegio, hasta el deicidio!

Se forma un nudo en la garganta que nos deja sin aliento. Imposible hablar. Y nos atraviesa un escalofrío de muerte al comprobar que, ante aquellas palabras, la respuesta del hombre no fue la vergüenza, sino la rebeldía, y con sus propias manos el hombre mató a Dios.

La medida de nuestros padres fue colmada. Y, sorprendentemente, al colmarse, del costado abierto del Crucifijo manaron perdón y gracia.

Mejor no seguir escribiendo. Mejor callar.

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El interior de la copa

Al principio debe ser así. Cuando una persona se convierte, o cuando comienza a dar sus primeros pasos hacia Dios, debe disciplinarse, porque sin control sobre la propia voluntad no puede el hombre tomar el camino empinado que lo lleva al cielo. Y le conviene someterse a un horario, hacer propósitos, procurar cumplirlos y así ir avanzando poquito a poquito en el seguimiento de Cristo.

Pero esto es sólo el comienzo. Llega un momento en que, con ayuda del director espiritual, es necesario crecer en vida interior. De lo contrario, se corre el riesgo de que toda esa ascética quede reducida a una olimpiada de virtudes sin verdadera conversión.

Limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera.

La oración debe convertirse, entonces, en encuentro amoroso con Cristo, un tú-a-tú en el que se adquiere intimidad silenciosa y dulce con Él. Y el alma suavemente se enamora y cae rendida ante el Señor. La Eucaristía, el evangelio y el crucifijo se convierten en el centro de la vida.

Entonces ya no hacen falta propósitos. El corazón enamorado se precipita hacia Cristo en un vuelo, y lleva la vida con él. Ama y haz lo que quieras.

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Amar por decreto

Hice la mili en el siglo pasado. Y recuerdo, porque la hice en Infantería, que cuando llegaba el día de la Inmaculada suspendían todos los permisos porque era obligatorio celebrar la fiesta. Y yo me preguntaba qué maldita gracia tenía celebrar una fiesta por mandato, cuando lo que a uno le apetecía era salir de allí y pasar la fiesta con la familia y los amigos. ¿Puede uno alegrarse por decreto?

«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?» Él le dijo: «“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”».

¿Puede una ley mandarme amar? Una ley me puede mandar hacer o no hacer, pero el amor no obedece a las leyes. La Ley de Dios manda hacer y no hacer, pero toda ella descansa en un «amarás».

Y es que, con Dios, todo cambia. Porque quien te manda amar te envía su Espíritu y enciende tu corazón en amor divino. Y el precepto se convierte en gozo, y el martirio en fiesta. San Agustín decía: «Por el amor de tu Amor hago esto». Y los pastorcitos de Fátima: «¡Oh, Jesús, es por tu Amor!»

¡Bendita Ley, capaz de enamorar!

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El muy despreciado don de temor

En ocasiones me pregunto si hemos despreciado el don de temor. Que no es miedo, sino sobrecogimiento ante la majestad de Dios.

Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?»

Este episodio tiene dos aplicaciones, y ambas están relacionadas con el don de temor.

Veo en la iglesia a personas del pueblo que vienen a Misa para celebrar la fiesta patronal. O un funeral. O una boda, tanto da. El caso es que, fuera de esa ocasión, no los veo jamás en Misa. Ni, desde luego, en el confesonario. Pero, llegado el momento de la comunión, se acercan a recibirla. ¿Está su alma vestida de boda? ¿Están confesados y en gracia de Dios? ¿Son conscientes de que comulgar sin la debida preparación es cometer un sacrilegio? Siento ganas de llorar.

Misa de doce de un domingo cualquiera de verano. Unos vienen en chanclas. Otros con el bañador. Otras… mejor no lo digo. ¿Son conscientes de que celebramos las bodas del Cordero en el palacio del Rey?

Señor, eres tan bueno… que te hemos perdido el respeto. Perdónanos.

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La ceguera de los indignados

Ya que están gritando, escuchemos a esos indignados que tanto trabajaron.

Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.

El problema no está en la paga; al fin y al cabo, era lo convenido. El problema está en cómo han pasado el día unos y otros, y en la ceguera de los indignados. Hagamos un flashback:

Doce de la mañana. El dueño de la viña sale a la plaza y encuentra a otros que estaban en la plaza sin trabajo. ¿Qué diferencia a éstos de aquéllos que llevaban ya varias horas trabajando en la viña?

Éstos, que están ociosos, se están muriendo. Aquéllos están entregando la vida. Éstos están entretenidos esperando a la muerte. Aquéllos están produciendo frutos para la viña y para el mundo. Por eso a éstos los llama el dueño: tiene compasión al ver una vida estéril.

Tú ¿qué prefieres? ¿Esperar a la muerte viendo series de TV o entregar generosamente la vida a Dios y a los hermanos y dar fruto? No seas tan ciego como aquellos indignados. Que una vida fecunda ya es buena paga. Después, el cielo.

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El acertijo del camello y la aguja

No es una parábola, no es una comparación, es un acertijo.

Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos.

¿Cómo puede un camello pasar por el ojo de una aguja? Con dos jorobas, cuatro patas, y ese pedazo de cabeza, es imposible.

La única manera en que un camello puede pasar por el ojo de una aguja es muriéndose. Si el camello se muere, el cuerpo quedará de este lado de la aguja y el alma pasará al otro lado.

Si quieres entrar en el reino de los cielos, no podrás hacerlo con todas tus riquezas, tus manías, tus planes y tus pecados a cuestas. No tienes más remedio que morir. Deja el cuerpo cosido a la Cruz con los clavos de las contrariedades sufridas con paciencia y los alfileres de la mortificación corporal. Déjate comer, permite que te quiten la vida. Haz penitencia, confiésate, libérate de tus pecados. Y el alma, libre de ataduras, pasará al otro lado de la aguja y gozará las delicias del cielo.

Después tu cuerpo resucitará glorioso, y no tendrá problema para pasar también al otro lado.

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