Evangelio 2022

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 2 – Espiritualidad digital

Los menos poderosos de los hombres

Cuando se habla de poder en el seno de la Iglesia, me entra la risa. Cualquier concejal de pueblo tiene más poder que el Papa. Durante el confinamiento impuesto por la pandemia del Covid19, un policía municipal nos cerró la iglesia, y prohibió a los feligreses entrar bajo amenaza de multa. Ya quisiera yo tener la mitad de ese poder para traerlos a confesar. Pero no quisiera que viniesen obligados. Dios pide amor, y el amor es lo más lejano al poder.

Ni sacerdotes, ni obispos, ni el Papa tenemos poder alguno. No estamos entre los grandes de este mundo, sino entre los pequeños. Mostramos a los hombres el camino del Cielo, y los hombres hacen lo que les da la gana.

Pienso mucho en el mirador de la Cruz. Desde allí arriba, Jesús contemplaba cómo los hombres ofendían a Dios y se destruían a sí mismos sin poder hacer nada por evitarlo.

El más pequeño entre vosotros es el más importante. Y tú, que cumples las leyes dictadas por los grandes para no ir a la cárcel, haz caso al más pequeño si quieres llegar al Cielo. Pero cuida mucho de ti mismo, porque nadie te va a obligar.

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Entregado

panA cualquier mujer que tenga un hijo pequeño le horrorizará esta pregunta: «¿Entregaría usted a su hijo en manos de alguien que va a matarlo? ¿No lo haría ni siquiera por amor?». No hay mujer en este mundo que respondiera afirmativamente a esta cuestión. Ni hay amor tan grande en esta tierra que moviera a una mujer a entregar a su hijo en manos de quien va a matarlo. Paradójicamente, lo que no puede el amor lo puede el pecado. Hay mujeres que entregan a su hijo no nacido en manos de quien lo matará en su propio vientre. No es, precisamente, el amor lo que las mueve.

Lo terrible, lo sobrecogedor, es que Dios, por amor a esas mujeres, y a ti, y a mí, haya entregado a su Hijo Unigénito, a su Amado, en manos de los hombres, cuando sabía que los hombres lo clavarían en una cruz.

Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.

Quisiera desagraviar. Hoy, durante la Eucaristía, Dios entregará a su Hijo en mis manos. Y en las tuyas, cuando comulgues. Borremos, con nuestro ferviente amor, la huella de tantas ofensas.

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El Mesías de Dios

En español, son sólo cuatro palabras. Salieron de la boca de Pedro, y a Jesús le conmovieron las entrañas: – Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? – El Mesías de Dios.

Podríamos preguntarle a Pedro qué significan esas cuatro palabras, pero quizás no hubiera sabido responder. No fueron la carne ni la sangre quienes se las revelaron, sino el Padre que está en los cielos. Sólo desde el Espíritu podemos asomarnos al abismo que se abre tras esas cuatro palabras: El Mesías de Dios.

A causa del pecado, el hombre está atrapado, como un pez en la red, en una línea: la que va desde la cuna hasta la tumba. Y llegado al final de la línea, tras estrellarse contra el muro de la muerte, la misma fuerza que en vida lo impulsa al pecado lo arrastrará al Infierno.

El Hijo del hombre tiene que padecer mucho… En la Cruz, Cristo se levanta, majestuoso, sobre esa línea, y se ofrece como escalera para que el hombre, libre del pecado y de la muerte, habite la eternidad. El Mesías de Dios es el que, en la Cruz, ofrece la salvación al pecador.

Es viernes. Mira esa escalera. Asciende por ella. Déjate salvar.

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¡Hablad de Cristo!

No sabemos quién habló de Jesús a Herodes, pero sabemos que habló bien. Porque Herodes se decía: «¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?» Y tenía ganas de verlo. Quizá le hablaron de sus milagros, de su predicación, de las multitudes que lo seguían… y aventuraron que podría ser el mismísimo Juan redivivo, o uno de los antiguos profetas. Lo cierto es que captaron su interés. Herodes se moría por ver a Jesús. Si su posterior encuentro con él fue un fracaso, la culpa fue suya. Pero ese interés, sembrado en muchas almas, daría abundantes frutos de vida eterna.

Ahora habría que preguntarse quién ha hablado de Jesús a muchos hombres. Porque muchos cristianos callan su nombre fuera del templo. Y otros, con verdadero afán apostólico, se acercan a quienes no creen para invitarlos a misa, o a confesarse, o a rezar… como si quienes los escuchan conocieran a Cristo. ¡Pero no lo conocen! ¿Cómo van a rezar si no conocen al Señor?

Deja lo de la misa y la confesión para más tarde, y habla de Cristo. No tengas miedo a pronunciar su nombre. Suscita el interés de los hombres por Él, y después irán a la iglesia.

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Escucha, sólo escucha

Desde los inicios, cuando Moisés recibió el Decálogo, Dios ha pedido al hombre que lo escuchase: Escucha, Israel (Dt, 6, 4). Y su mayor reproche hacia su pueblo fue éste: Mi pueblo no escuchó, Israel no quiso obedecer (Sal 86, 12).

Como recogiendo aquel mandato y aquel lamento de su Padre, dice Jesús: Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen.

Hablamos con Dios, pedimos a Dios, alabamos a Dios, confesamos nuestras culpas a Dios, cantamos a Dios, pero… ¿escuchamos a Dios? Todavía tengo a quien me pide que ponga música durante la adoración al Santísimo; se le hace largo el silencio. Y presido celebraciones llenas de cantos, alabanzas, confidencias… pero sin un solo segundo de silencio.

¿Tan complicado es? Si hoy fuera uno de esos días en los que Jesús nos pide cargar con nuestra cruz, quizá pudiéramos decir que nos lo pone difícil. Pero si todo lo que pide hoy es que lo escuchemos, ¿le diremos que nos pide un imposible?

Dirás que también pide que cumplamos. Pero la palabra de Dios, cuando es escuchada, se cumple sola.

Muchas palabras le has dicho a Dios. ¿Cuántas le has escuchado?

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No grite, por favor, que no hace falta

No me gustan las grandes exhibiciones de catolicismo. No van con nuestro espíritu. Veo a una mujer casada que lleva colgando un enorme crucifijo, y no puedo evitar pensar que parece un obispo. Pero no es un obispo: tiene cinco hijos. Mamá, ¿por qué te pones eso? Veo a un señor en el tren rezando el rosario. Y sé que está rezando el rosario porque lleva en las manos un rosario kilométrico, digno del cíngulo de un fraile capuchino. Oiga, señor, ¿eso es un collar?

No me convence.

Cosa distinta son los signos sencillos: un pequeño crucifijo en la mesa de trabajo, un escapulario que no te quitas cuando te bañas en la piscina, una imagen de la Virgen en el salón de tu casa… Creo en esos signos. Y en mi alzacuellos.

Pero no hace falta vociferar. Lo nuestro es mucho más natural. Estamos enamorados y se nos nota en la cara. Nada hay oculto que no llegue a descubrirse. Sales de rezar, o de comulgar, y estás radiante. ¿Qué te pasa? Se te ve feliz. Es que he estado con Dios. Y esa sonrisa, y la alegría que transmites, te sientan mejor que el ir gritando: «¡Soy católico!».

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La mentira del terreno pedregoso

Tres verdades y una mentira. Cuando la semilla cae al borde del camino, nadie espera que germine. Cuando cae entre abrojos, queda claro que no podrá crecer. Y la tierra buena es tierra «de fiar», sabemos que la semilla germinará. En cambio, el terreno pedregoso es el reino de la falacia; promete mucho y no da nada.

Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad. Los tallos brotan pronto, porque apenas hay hondura de tierra. Y, al verlos, te alegras. Pero según vas colgando en aquellos tallos tus esperanzas, el verde se vuelve pardo y lo húmedo se vuelve seco. Todo fue una gran mentira.

Son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan. Son quienes tienen una piedad sensiblera, buscan consuelos y emociones. Por eso fallan en el momento de la prueba y la sequedad. Cuando ese momento llega, la fe debe estar muy arraigada en lo hondo del espíritu para que pueda perseverar.

No basta con que reces mucho. Fórmate bien. Estudia. Y jamás apartes los ojos de la Cruz.

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