Evangelio 2020

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 2 – Espiritualidad digital

El precio del Pan que comemos

Alguien debería escribir, en la ménsula de un sagrario, estas palabras del Señor: Siento compasión de la gente, porque no tienen qué comer. La presencia de Jesús en todos los tabernáculos de la tierra es fruto de esa compasión.

¡Cuánto le ha costado al Hijo de Dios quedarse así, como alimento, entre nosotros! Ha venido a la tierra, y ha hecho suya la maldición que pesaba sobre el hombre: Comerás el pan con sudor de tu frente (Gén 3, 19). Y así, para que comamos de este Pan, la frente de Jesús, nuestra cabeza, ha tenido que sudar sangre en Getsemaní. Acordaos de Getsemaní siempre que estéis ante un sagrario, o cuando comulguéis. Desde luego, no le ha salido gratis al Señor el sustento de su rebaño.

Y por eso, porque no le ha salido gratis, no podemos permitir que tantos se queden sin comer. Si ellos no vienen a la iglesia a recibir el alimento, llevémoselo nosotros, como se lleva la comunión a los enfermos. Transformados por la Eucaristía, seamos también pan, y dejemos que se coman nuestras vidas: entreguémosles nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestra atención. Así, al comernos a nosotros, también ellos, de alguna manera, comulgarán a Cristo.

(TOP05S)

De perros, gatos, y gateras

En la mujer que hoy nos presenta el evangelio se cumplieron las palabras del Señor: El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido (Mt 23, 12).

Jesús la comparó a un «perrito», indigno de comer de la mesa familiar: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Ella, entonces, se humilló más, y renunció al diminutivo: Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños. Entonces Jesús se conmovió: Por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija.

Por eso que has dicho… Fíjate cómo un solo acto de humildad basta para expulsar a los demonios. Y aprende; porque, a menudo, queremos vencer al Maligno como si fuéramos san Miguel, a espadazo limpio, a base de esfuerzos y gestos heroicos. Eso es normal en un arcángel, cuya pureza es superior a la de todos los demonios. Pero nosotros… Nosotros somos unos pobres pecadores. Y un pobre pecador sólo puede vencer a los demonios siendo humilde, pasando de perro a gato, y saliendo de la tentación por la gatera. Por allí los demonios, con toda su soberbia, no cabrán jamás.

(TOP05J)

Lo que Cristo lleva dentro

sagrado corazónNada más peligroso, en esta vida, que esa gente que cree que la sinceridad consiste en soltarte «todo lo que lleva dentro». Abren la boquita, te vomitan encima sus traumas, resentimientos y juicios, y terminan el discurso diciéndote: «Es que ya sabes que yo soy muy sincero». ¡Como si se lo tuvieras que agradecer!

Pero sincero no es el que suelta «todo lo que lleva dentro». Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.

Sincero es quien dice la verdad. Y, si quieres encontrar la verdad, no la busques en tu pobre corazón, herido por el pecado y por los sufrimientos de la vida, porque tu corazón está enfermo. La verdad se esconde en el Corazón de Cristo, herido, también, por nuestras culpas, pero abierto como una fuente inagotable de Amor divino.

Contempla, y medita, los sentimientos del sagrado Corazón de Jesús, y deja que esa agua purifique también tu corazón. Si así lo haces, llegará un día en que «todo lo que llevas dentro» será misericordia. Abre entonces la boquita, y habla.

(TOP05X)

Trae de vuelta el corazón

Dice la Escritura: Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce? (Jer 17, 9).

¡Qué extraño, el corazón humano, herido por la culpa! Es capaz de poner en marcha al hombre hacia la consecución de lo que ama, y, cuando ha logrado encenderlo, él se cansa, se queda atrás, y permite que cuerpo y mente caminen solos sin prestarles su calor. Comenzaste a rezar el Rosario con tanto fervor que te ardían los labios. Y ahora, años después, tus labios rezan solos, sin pasión, como reloj que avanza sin amar ni ser amado. Comenzaste haciendo aquellos ratos de oración, tan encendidos que te quemaban las lágrimas. Y ahora, pasado el tiempo, te ves sentado ante el sagrario como quien se sienta ante una caja, sin nada que amar ni amor que recibir.

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío. Anda, vuelve sobre tus pasos y recoge ese corazón. Despiértalo, aunque tengas que zarandearlo, porque, sin él, tu oración está fría. A Dios le gustan tus palabras, y le agrada verte sentado ante Él. Pero, sobre todo, quiere tu corazón. Tráelo de vuelta.

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Los tres rincones del evangelio

A la vista del evangelio de hoy, y, si tuvieras que escoger… ¿qué rincón del relato escogerías para ti? Te ofrezco tres opciones:

1.– El propio Jesús y sus discípulos: Jesús y sus discípulos llegaron a Genesaret y atracaron. Vemos cómo el Señor sanaba a los enfermos allá por donde iba, y quisiéramos, nosotros también, ser canal de sanación para muchos, enfermos de cuerpo y alma.

2.– Los «porteadores»: Cuando se enteraba la gente de dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en camillas. Quisiéramos, también nosotros, llevar muchas almas al Señor, y animar a muchos a acudir al sacramento de la Penitencia, para que el Salvador los limpie con su sangre y les devuelva la salud.

3.– Los enfermos: Le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto, y los que lo tocaban se curaban. Son los grandes beneficiados del relato, los más necesitados y los más agraciados por el Amor sanador de Cristo. Comienza por este rincón: reconócete enfermo, acude a Señor en busca de salud, confiesa tus pecados y déjate sanar. Luego, podrás acercar a otros. Y, así, serás apóstol, otro Cristo, y, a través de ti, sanará el Señor a muchas almas.

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En un lugar solitario

«En un lugar solitario» es una maravillosa película de Nicholas Ray, protagonizada por Humphrey Bogart y Gloria Graham en 1960. No es nada; es que la he recordado al leer el evangelio, y aprovecho para recomendártela, porque el buen cine también alimenta el espíritu.

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco.

Ni Humphrey Bogart ni Gloria Graham estaban allí, ni podían Jesús y los apóstoles disfrutar de buen cine. Pero eran humanos, y querían descansar. Es imposible descansar cuando una multitud te agobia. Para descansar, necesitas espacios amplios, soledades pobladas con amigos donde ensanchar el espíritu y respirar.

Estarás cansado. Es lógico, y bueno, porque estás entregando la vida. Muchas veces quisieras, tú también, retirarte a un lugar solitario donde respirar. Pero no siempre podrás.

Al desembarcar, vio Jesús una multitud. El Señor tampoco pudo. Haz tú, entonces, lo que hacía Él: rezar.

Hay un lugar solitario en lo profundo del alma, donde nadie te puede alcanzar. Allí, estás a solas con Dios. Puedes retirarte a ese lugar cuando quieras, incluso mientras te rodean personas y ruidos. Basta con que tengas vida interior. Rezar, incluso en medio de nuestra actividad diaria, es un gran descanso.

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Los dos lados de la Cruz

En una noche terrible, de alcohol y danzas lascivas, Herodes perpetró un gravísimo pecado:

Le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven.

De este pecado salió Herodes con su condena a cuestas, y salió Juan consumado en santidad. Porque en todo pecado hay siempre dos partes: quien lo comete, y quien lo sufre. En algunos casos, el único que lo sufre es el Señor; pero no hay pecado sin víctima.

Recuerda esto: mejor, mil veces mejor, sufrir el pecado que cometerlo; mejor sufrir la injusticia que perpetrarla; mejor que hablen mal de ti que hablar tú mal de otros; mejor que te roben que robar. Y mejor, mucho mejor, sufrir tú solo tus malos humores que hacérselos sufrir a los demás.

Porque si, en el pecado, prefieres ocupar el lugar de quien lo sufre al lugar de quien lo comete, allí encontrarás, no sólo a Juan, sino al Señor, sufriente bajo el peso de la Cruz. Y serás otro Cireneo. Y alcanzarás estrecha intimidad con el Salvador. Y, sobre todo, redimirás a quien te hace sufrir.

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