Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 3 – Espiritualidad digital

Las cosas buenas y el Bueno

joven ricoOs habréis dado cuenta de que hay una diferencia en el relato del joven rico según lo leáis en el evangelio de san Mateo o en los de san Marcos o san Lucas. En esos dos últimos, el joven llama a Jesús «Maestro bueno»; en san Mateo, en cambio, pregunta:

¿Qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?

La respuesta de Jesús es muy sugerente: ¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno.

Esta redacción está cargada de sentido. Porque ese joven pretende ganar (o comprar) la vida eterna haciendo cosas buenas. Hay mil cosas buenas que se pueden hacer, si quisiéramos hacerlas todas no acabaríamos. Algunos pretenden hacer todas las cosas buenas que se les ponen por delante, y viven al borde del infarto. En lugar de la vida eterna, creo que obtendrán la muerte prematura. Pero ¿se salvarán por eso?

Volvamos a la respuesta de Jesús: Uno solo es Bueno. Porque la salvación del hombre, más que en hacer cosas buenas, está en conocer al Bueno. Y, habiéndolo conocido, amarlo rendidamente. Entonces la voluntad se entrega, no a las diez mil cosas buenas posibles, sino a una pregunta: «¿Qué quieres que haga?»

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Volvamos al principio

matrimonio cristianoAl principio creó Dios el cielo y la tierra (Gén 1, 1). Dios creó el Universo y al hombre amando, lo creó con un plan amoroso y con un propósito de Amor: la felicidad del ser humano, hombre y mujer, imagen y semejanza de Dios en cuyas manos dejó su creación.

Pero el hombre pecó, y se separó de su Creador. Y esa unión amorosa y fecunda entre hombre y mujer se rompió como un espejo golpeado por una piedra.

«¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?» Él les contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así.

Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Es toda una promesa de redención. Os voy a devolver al principio, voy a restaurar el plan de Dios.

Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse. Trae cuenta, pero la cuenta la pagaré Yo con sangre. En adelante, nadie diga que se le pide un imposible. Pero tampoco piense nadie que puede cumplir las promesas del matrimonio sin ayuda de mi gracia. En el matrimonio se persevera de rodillas.

(TOP19V)

Déjalo marchar

Me encanta escucharlo, cada vez que acudo a confesar mis pecados: «El Señor ha perdonado tus pecados; vete en paz». Realmente me voy en paz.

Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Es importante el detalle de que lo dejase marchar. Es la forma de cerrar un capítulo, o de pasar una página. Asunto concluido, ya no me debes nada.

Es, sobre todo, la forma sana de perdonar. Porque nosotros, muchas veces, incluso cuando perdonamos –o decimos que perdonamos– no dejamos marchar al deudor, lo retenemos preso en nuestra cabecita y no paramos de dar vueltas a lo que nos hizo. «No, si yo lo perdono, ya lo he perdonado, pero cada vez que pienso en cómo me ha tratado es que me sube una cosa desde las tripas que no me deja vivir en paz». ¿Sabes cómo se llama eso? Si dices que lo has perdonado, no lo llamaré rencor. Me conformaré con decir resentimiento. Y no te hace bien.

No te pido que olvides, eso es estúpido. Te pido, por tu bien, que lo dejes marchar. Que rechaces como tentación esos pensamientos y reces por él. Así la herida curará mejor.

(TOP19J)

Importancia del apellido

Juanes hay muchos. Pero Juan Martínez del Prado y García de Bustamente es más localizable. El apellido siempre es importante.

Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas.

Correcciones hay muchas. Está la maldita corrección que mi teléfono hace en todo lo que escribo, y llama «bruja» a mi interlocutora cuando yo quería hablarle de una brújula. Está la corrección desalmada de quien se ha enfadado contigo y te hace la autocrítica a grito pelado. Está la corrección cínica de quien hace las cosas peor que tú y te corrige porque le pones en evidencia. Y la corrección envidiosa de quien no soporta que lo hagas tan bien y quiere señalarte algún defecto.

La corrección a la que se refiere el Señor se llama «corrección fraterna». Y el apellido lo cambia todo. Corriges a tu hermano porque lo amas. Nadie se atreve a decirle lo mal que huele su camisa salvo tú, que lo quieres y no deseas que se aparten de él por el aroma. Y sólo tú, que lo quieres, le dices que no debería beber cuatro cervezas seguidas.

Que te haga caso es otra cosa. Pero tú has hecho un acto de amor.

(TOP19X)

Problemas de hermano mayor

Soy el hijo mayor de mis padres, y eso marca. Los primogénitos me entendéis bien. Niño, cuida de tus hermanos. Niño, tienes que dar ejemplo. Como tu hermanito es pequeño se lo permitimos, pero tú ya eres mayor. Etc. He generado un pútrido sentido de la responsabilidad que me hace vivir como si me persiguiera la señorita Rotenmeyer.

Es un espanto, porque en las parábolas del Evangelio en que aparecen hermanos mayores, todos son un desastre. Pensad en el hermano mayor del hijo pródigo, o en aquel hijo mayor que prometió a su padre ir a trabajar a la viña y no lo hizo.

Como así no hubiera podido entrar en el reino de los cielos, mi conversión ha sido la de Benjamin Button. Ante Dios, he decrecido, y soy ahora el más pequeño de sus hijos, un bebé que apenas gimotea, porque ya no sabe ni hablar.

En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. El niño pequeño no hace nada por sí mismo. Se deja hacer, se deja querer, se deja alimentar y sonríe. Mira qué mono, qué carita de alegría.

Es más fácil.

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¡Que no! ¡Que no podemos!

Fue Barak Obama quien puso de moda ese lema: «Yes, we can». En España se fundó un partido político inspirado en esas palabras: Podemos. Y la gente se lanzó, ya en español, a canturrear en todas las manifestaciones: «Sí, se puede».

¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?, le preguntan los apóstoles al Señor, tras haber fracasado intentando expulsar a un demonio.

A ver si nos enteramos de una vez: Porque no podéis, no podemos, no podréis, no podremos, no pueden, no podrán… No podemos nada. Somos la pura impotencia. Sin mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

Sin humildad, no sólo estamos perdidos, sino que hacemos el ridículo ante el cielo y la tierra. Somos pobres y desvalidos, estamos llenos de miserias y limitaciones, nada podemos por nosotros mismos salvo pecar.

¿Y entonces?

Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4, 13). Entonces nosotros, que somos niños pequeños incapaces de valernos, nos damos cuenta de que tenemos un Padre omnipotente que nos ama con locura. Y, en lugar de jugar a ser mayores y a calzarnos los zapatos de Papá, nos dejamos abrazar y confortar por Él. Y cuanto pedimos en Amor lo obtenemos. Somos omnipotentes.

(TOP18S)

Los santos y la cerveza

¿Te molesta que te diga que eres un egoísta? Te lo digo con cariño, y no para molestarte, sino para que te salves.

Ah, he dicho la palabra clave: «salvar». Ésa es toda tu pretensión, salvar los muebles, salvar tu tiempo, salvar tus planes, salvar tu salud, salvar tu tranquilidad… Una lucha interminable. Y, cuando creas haberlo salvado todo, te perderás tú. Y tus cosas contigo. Da la vuelta, por favor.

Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará.

¿No te das cuenta de que no estás disfrutando de la vida? Ni de tu tiempo, ni de tu dinero, ni de tus planes. Tanta lucha por salvarlos, y al final se te marchitan en las manos. Tras el éxtasis del primer trago de cerveza fresca, el resto pierde el gas y se te caldea en la jarra, la bebes como un autómata, ni te enteras. Si te has molestado porque te he llamado egoísta, no me arriesgaré a llamarte, además, tonto.

Mira la sonrisa de los santos. ¡Qué disfrutones! Se enamoraron, lo entregaron todo, y vivieron llenos de alegría. Disfrutaron del Amor… y disfrutaron, mucho más que tú, de la cerveza.

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