Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Tiempo Ordinario (ciclo par) – Página 4 – Espiritualidad digital

La semilla y los talentos

Existe un parecido y una diferencia entre la parábola de la semilla y la de los talentos. En ambas parábolas se nos invita a dar fruto, a multiplicar lo recibido. Pero en el caso de los talentos, guardar el talento en tierra es indolencia; en la de la semilla, guardarla es el secreto para que dé fruto.

Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.

Y es que el talento se nos da para que trabajemos. La fe de nada sirve sin obras, es necesario mostrarla en la vida, proclamarla de palabra y llevarla hasta las últimas consecuencias, incluso hasta el martirio. Nadie se salvará por haber mantenido la fe, como quien cubre con las manos la vela de su bautismo, sino por haberla convertido en lámpara que alumbre a quienes viven en tinieblas.

La semilla es la Palabra de Dios. La semilla, sin embargo, es preciso guardarla en el silencio de la oración desde por la mañana y, como la Virgen, meditarla en el corazón durante todo el día. Sólo así da fruto. Y ese fruto es el talento que pondremos a producir.

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Santas mujeres

santas mujeresA las mujeres que acompañaron a Jesús de pueblo en pueblo y de aldea en aldea las conocemos con el título de «santas mujeres». ¿Por qué? Apenas sabemos nada de ellas.

María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

De María Magdalena sí sabemos, y lo suficiente como para avalar su fama de santidad. Pero ¿qué sabemos de Juana, de Susana, o de esas otras de quienes no conocemos ni el nombre?

Sabemos lo más importante. Muchos siguieron a Jesús porque querían obtener algo: curaciones, expulsión de demonios, milagros… Pero estas mujeres seguían a Jesús solamente por un motivo: para darlo todo. No sólo sus bienes; también su vida. Su vida estaba volcada en Cristo.

Son dos formas distintas de entender la religión: el «Dios para mí» o el «Yo para Dios». Y una sola de estas formas conduce a la santidad. Por eso se las llama «santas mujeres», porque vivían para Dios hecho hombre.

No me queda espacio aquí para explicaros cómo los párrocos conocemos de cerca esta santidad de mujeres que viven para la Iglesia. Es tremendamente real.

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Los «casi santitos»

Ojalá me sepa explicar bien hoy, porque voy a tratar un asunto delicado y, si me explico mal, me acusarán de lo que acusaban a san Pablo (leedlo en la carta a los Romanos). Venga, al agua.

Creo que el Maligno está interesado en que determinadas personas, como el fariseo Simón, no cometan pecado mortal. Eso lo aprendió con el rey David. Simón el fariseo, con toda seguridad, no mataba ni robaba ni fornicaba. Como los bancos de mi iglesia. Si hubiese matado, robado o fornicado, quizá del susto se habría convertido igual que David. A esas personas el Demonio prefiere tenerlos atados, no con cadenas de hierro forjado, sino con hilos de seda apenas visibles: una soberbia disfrazada de piedad, una vanidad disfrazada de gratitud… Y así, desde su peana de «casi santitos», se permiten juzgar a esos pecadores que hacen groserías. Como a la mujer que ungía los pies de Jesús.

Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco.

¿Quiere esto decir que más le hubiera valido a Simón matar a alguien? ¡Ni de broma! Quiere decir que, sin humildad, nadie podrá salvarse por «poquito» que peque.

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La razón por la Razón

¡Qué frase tan misteriosa! ¡Y tan fascinante!

Tras quejarse el Señor de cómo los hombres lo critican por comilón y borracho (malditos puritanos), afirma: Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón.

Dar la razón a Cristo significa rendir el juicio. Lo que más le cuesta rendir al ser humano es el juicio y la voluntad. Conozco a gente que hace muchas cosas buenas. Las que le da la gana. Y las hace como le da la gana. Pero sienten pánico de preguntar al Señor qué quiere que hagan. Con el mismo ímpetu, tratan de ser santos. A su modo, ellos ya saben cómo llegar al cielo. La dirección espiritual les produce erisipela. No vaya a ser que el sacerdote les diga que se equivocan… ¡Ellos! No es fácil rendir el juicio.

Con todo, dar la razón a Cristo, lo cual supone necesariamente rendir el juicio, no significa no pensar. Significa pensar como Él. Por eso llama Jesús a estas personas hijos de la sabiduría, que es el Espíritu Santo. El Paráclito llena la mente del cristiano con los pensamientos de Cristo. Nosotros le damos la razón, y Él nos da la Razón: su Espíritu.

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Homilías «bonitas»

Es como cuando se acerca alguien a la sacristía y dice al sacerdote: «¡Qué homilía tan bonita, padre!». Pero luego sale de la iglesia y hace lo que le viene en gana. La homilía ha sido una experiencia estética. Como cuando vas a un concierto. Pasas un buen rato, pero no cambia tu vida.

¿Por qué me llamáis «Señor, Señor», y no hacéis lo que digo? El Señor sufrió esa impotencia. Habló hasta quedarse sin aliento, y muchos alabaron su predicación, pero apenas nadie le obedeció. Y, desde luego, apenas nadie lo acompañó a la Cruz, donde su predicación fue consumada por el sacrificio de obediencia al Padre.

Quizá me leéis algunos sacerdotes. No confiéis en vuestra predicación, ni siquiera cuando os viene alguien a decir lo mucho que le ha removido. Dios nos libre de las homilías «bonitas» y del movimiento alocado de aguas superficiales que sólo forma olas llenas de espuma. Somos más eficaces por el fervor con que celebramos la Eucaristía que por todas las palabras pronunciadas en el sermón. Porque el fervor del sacerdote ayuda a recogerse al fiel, y ese recogimiento abre las almas para que las palabras del Evangelio y del sermón calen hondo.

(TOP23S)

Los clarividentes

Si alguien me dice que ve a san Roque todas las mañanas junto a la vitrocerámica de su cocina, desconfío. En general, y salvo que la Iglesia avale sus visiones, desconfío de los «videntes». Pero hay algo peor: los clarividentes. Los clarividentes me producen pánico.

Como todo lo ven clarísimo, siempre tienen razón y tú eres un ignorante si les llevas la contraria. Dentro de ese horripilante grupo, hay un subgrupo especialmente peligroso: los clarividentes del sagrario. En cuanto dicen: «Esto lo he visto muy claro ante el sagrario», estás perdido. ¿Qué les vas a decir, si les ha hablado Dios? Bueno, yo les digo que delante del sagrario se pueden ver muchas estupideces.

¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? Tengo ya «cierta edad», y he visto claras muchas cosas en mi vida. La mayoría de ellas, al cabo de diez años, me han parecido errores garrafales. Hoy sólo me dejaría matar por las verdades de la Fe.

Tú, clarividente, hazme caso. Cuando veas algo muy claro, échate a temblar. A ver si con el temblor se te cae la viga.

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Cuestión de expectativas

Seamos realistas: Llevado hasta sus últimas consecuencias, el Sermón de la Montaña nos convierte en los últimos de los hombres. San Pablo llega a decir que somos la basura del mundo, el deshecho de la Humanidad (1Co 4, 13).

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tampoco diré que estamos destinados a la humillación permanente. Tenemos amigos, personas que nos quieren y a quienes queremos, ángeles que Dios envía a nuestro paso para que no olvidemos que somos muy amados. Y esta realidad debe despertar en nosotros un profundo sentimiento de gratitud. Pero recibamos ese cariño como un don inmerecido.

Porque si lo que realmente queremos es destacar, que nos traten bien, que nos agradezcan lo que hacemos o, simplemente, que nos dejen en paz, entonces somos incompatibles con el Sermón de la Montaña y más nos valdría tomar otro camino.

Pero si lo que deseamos es ser cristianos, agradezcamos el cariño de los nuestros y no nos escandalicemos si «otros» nos tratan como trataron al propio Cristo.

(TOP23J)

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