Evangelio 2020

Navidad – Página 2 – Espiritualidad digital

Preguntando se llega a Belén

Hay una historia detrás de una frase: De pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos… Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría.

Aquellos magos habían emprendido un largo viaje en pos de una estrella. Pero si, al llegar a Jerusalén, preguntaron: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?, fue, seguramente, porque la estrella había desaparecido. Quizá una noche nublada, o un milagro de tinieblas –que también los hay– tuvo la culpa de que los Magos dejaran de ver aquella luz.

Nos sucede lo mismo a nosotros. En algunos momentos de nuestras vidas, hemos visto la voluntad de Dios con claridad resplandeciente. Y hemos seguido esa llamada, llenos de ilusión. Pero, a lo largo del camino, hay días en que miramos al cielo, y no vemos más que tinieblas… ¿qué hacer?

Lo que hicieron los Magos: preguntar. Pregunta a tu director espiritual, y déjate guiar. Que si hasta de Herodes se sirvió Dios para guiar a los Magos, con mayor razón se servirá de un buen sacerdote para orientarte a ti. Después, cuando obedezcas, te ocurrirá como a ellos: aparecerá de nuevo la estrella, verás su luz, y te alegrarás de haber obedecido.

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El pañuelo de la Virgen

Asombrado ante la Encarnación del Verbo divino, Juan exclama: Hemos contemplado su gloria. Se refiere a la visión que le fue regalada en el Tabor, y también a las apariciones del Resucitado. En ambos casos, la humanidad santísima de Cristo dejó traslucir, ante los ojos del discípulo amado, la gloria de su divinidad.

Tú y yo, sin embargo… La visión de la gloria del Hijo nos está reservada para el Cielo.

Aunque adornamos, a menudo, la cabeza del Niño Jesús con esos tres rayos que se llaman «potencias», al Niño Dios, en Belén, no le salían rayos de la cabeza. No busques signos visibles de su divinidad entre los pelitos del Mesías recién nacido.

Yo te mostraré una ventana que me acerca a un amor que sólo un Dios puede mostrar, pero no te ofendas. Al Niño Jesús no le saldrían potencias del cráneo, pero me conmueve contemplar a la Virgen limpiándole los moquitos, como hace cualquier madre con su niño. Los niños moquean muchísimo. Y, qué quieres que te diga, ver a Dios moqueando, y a su madre sonándole la nariz, me inspira tal devoción que besaría ese pañuelo con el mismo fervor con que besaría el santo sudario.

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¡Gracias!

Al Niño Dios hay que mirarlo, en el pesebre, como se mira al mayor regalo del Cielo. Mientras lo contemplas, escucha, por detrás, la voz del Padre: «Tómalo, cógelo en brazos, bésalo; es para ti». Con la misma gratitud debemos acogerlo, en cada comunión, de las manos de María. Es ella quien ha depositado en la mesa del mundo al Pan de vida, y es ella quien, a través del sacerdote, lo deja en tus labios cuando comulgas. Comulga como quien besa.

Y pregúntate, en estos días, qué habría sido de tu vida si Cristo no hubiese nacido. Te confieso que me horroriza la respuesta. Pero, tras ese horror, como por contraste, me doy cuenta de lo mucho que ha supuesto Jesús para mí.

De la misma manera recuerda Juan aquel primer encuentro con el Señor que cambió del todo su existencia: Era como la hora décima… ¿Qué buscáis?… Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?… Y se quedaron con él.

Mientras miras al Niño, haz lo mismo que Juan. Recuerda cómo lo conociste, considera lo que Él ha significado en tu vida… ¿No te dan ganas de llorar de gratitud?

Es una palabra hermosa para musitarla ante el Belén: ¡Gracias!

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Jesús… Jesús…

Hace ya diez días que llegamos a Belén, y no nos hemos cansado de mirar al Niño Dios. Pero ha sido tanta la alegría, tan dulce su silencio, tan preciosa la mirada de sus ojos, que sólo ahora caemos en la cuenta de que no nos lo han presentado. Sé que es una formalidad, porque «parece» que nos conociéramos de toda la vida, pero las formas son importantes.

Se llama Jesús. En este 3 de enero, despierta la Iglesia de su embeleso, y hace las presentaciones con la fiesta del santísimo nombre de Jesús.

Jesús… Jesús… Es buena oración pronunciar con cariño su nombre, y paladearlo como se saborea la miel en los labios, porque, al hacerlo, se llena de dulzura y amor el corazón. Te sugiero una forma de guardar, durante el día, la presencia de Dios: lleva un crucifijo en el bolsillo, y, discretamente, tómalo en la mano y apriétalo mientras pronuncias, en voz bajita: Jesús… Jesús… Encontrarás gran consuelo, y crecerás en amor.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Porque «Jesús» significa «Dios salva». Y de tus pecados ha venido a salvarte. Otro motivo para que te alegres cuando pronuncies «Jesús».

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Segundo, y último, propósito del año

Copio, tal cual, el mensaje que me has enviado: «Me he apuntado a ese propósito de año nuevo que usted sugirió ayer. Pero el año es largo, padre, y quizá dé para dos propósitos. Sugiéranos otro, sólo uno más».

De acuerdo. Sólo uno más, y de ahí no pasamos, que con dos hay suficiente, si los cumplimos.

En medio de vosotros hay uno que no conocéis, nos dice Juan. Y dice la verdad, porque siempre es más lo que nos queda por conocer del Señor que lo que ya sabemos.

Propósito segundo, y último: que Jesús y yo nos conozcamos. Voy a conocer mejor al Señor; voy a conocerlo como se conocen los que se aman. Voy a tratarlo más y mejor, voy a mirarlo mucho, y con mucho amor. Voy a leer con sosiego y atención los evangelios cada día. Voy a formarme, y procuraré asistir a un medio de formación que me ayude a saber más de Cristo y de la Iglesia. Voy a posar mis ojos durante mucho tiempo, durante este año, en sagrarios y crucifijos. Voy a explorar los sentimientos del sagrado corazón de Jesús.

Voy a procurar conocerte, Jesús, como te conoció tu madre: tratándote.

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