Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Navidad – Página 2 – Espiritualidad digital

Loco por ti

Aristóteles ha sido una de las grandes cabezas de la Historia. Y, en su portentosa inteligencia, aseguró que existía un solo Dios. Ese Dios era el motor primero, la causa incausada, el «ipsum esse subsistens» (latinajo equivalente al «ser en sí»), el creador de todo cuanto existe… Pero –seguía diciendo el sabio– a ese Dios que nos ha creado no le importamos lo más mínimo. Hasta ahí puede llegar la inteligencia cuando un sabio la exprime hasta el final.

Lo que viene después nos lo tuvo que decir Dios, porque nosotros jamás lo hubiéramos adivinado: El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.

Es la consumación de un misterio ya insinuado en las Escrituras santas: a Dios le importamos, Dios nos ama, Dios quiere caminar con nosotros. Y, llegada la plenitud del tiempo, Dios se ha hecho carne para estar cerca de cada hombre.

Si Aristóteles hubiese visto un sagrario, y hubiese escuchado las palabras de san Juan, habría caído de rodillas asombrado, como los Magos. Jamás la inteligencia humana hubiera atisbado esa predilección del Creador por sus criaturas. Y, aun conociéndolo, le parece como si Dios hubiese enloquecido de Amor.

Te resumo la Navidad: Dios está loco por ti.

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“Misterios de Navidad

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Genuflexiones como besos

Aun siendo «el mayor de los nacidos de mujer», Juan se sabe el último eslabón de la antigua Alianza, el que enlazaría a Israel con el Mesías que viene a instaurar el reino de Dios. Y por eso se siente indigno ante el Cordero.

En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia. Para desatar la correa de las sandalias de un niño es preciso hacer una genuflexión. La Virgen María hacía una genuflexión cada noche, mientras desataba las sandalias del Niño Dios.

Venite, adoremus!!! La adoración es la respuesta natural del hombre ante el misterio de la Encarnación del Verbo. Y es, también, un buen propósito para estos días. Hagamos bien la genuflexión ante el sagrario; no sólo con temor, sino con cariño, con mucho cariño, con la misma ternura con la que desataría la Virgen la correa de las sandalias de Jesús. El que ha nacido es Rey y, por eso, nuestras genuflexiones deberían tener la elegancia del protocolo palaciego. Pero el que ha nacido también es Niño y, por eso, nuestras genuflexiones tendrán la ternura de un beso.

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La Virgen de los asombros

Muchos sacerdotes tenemos la costumbre de referirnos a la Virgen antes de terminar nuestras homilías. Es deber de gratitud con la Señora, y caridad hacia los fieles, quienes, en cuanto oyen hablar de la Madre, comienzan a moverse en sus asientos, alborozados porque termina el sermón.

Hoy lo tendrán más difícil. La Virgen estará presente en el sermón desde el comienzo. ¿Cómo no iba a estarlo? ¡Miradla, asombrada ante su Hijo, al ser consciente de que es Madre de Dios!

Ese asombro se nos escapa; lo hemos perdido. Tanto peor para nosotros. Hemos presenciado tantos milagros, que se nos ha embotado el alma.

Que la Virgen nos devuelva el asombro. Ella, que se asombró desde niña por el Amor que Dios le profesaba, nos conceda asombrarnos cuando ese Amor nos inunda en la absolución. Ella, que se asombró ante la embajada del ángel, nos conceda escuchar con asombro la Palabra. Ella, que llevó con asombro a Dios en su vientre, nos conceda comulgar con temblor. Ella, que vio asombrada a Dios en sus brazos, nos conceda ese asombro a los sacerdotes cuando Jesús Hostia se pone en nuestras manos.

Despierta, Madre santa, nuestras almas. ¿Acaso no deberíamos morir de amor?

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La luz brilla en la tiniebla

luzEn los últimos días del Adviento, anduve preguntando a varios feligreses qué esperaban de la Navidad. «Espero que el Niño Jesús nazca en mí». Está bien respondido y, a buen seguro, Dios no habrá defraudado esa esperanza. Yo, sin saber bien por qué, este año tenía mi propia respuesta: Esperaba una luz.

La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Sin entrar en detalles personales, os diré que el día 24 por la noche esa luz se encendió dentro de mí. Iluminó mis tinieblas y, si mis tinieblas no la recibieron, fue porque huyeron despavoridas.

Belén es el lugar más resplandeciente de la Tierra. Cuando miras esa luz, bien abiertos los ojos del alma, te llenas de una claridad que nada tiene que ver con las claridades de este mundo. Miro al sol, y la luz que entra por mis ojos es un dato muerto; alegre, pero muerto. Miro al Niño en el Belén, y la luz que llena mi alma es vida en estado puro; se abre paso hasta lo más profundo, me conquista por completo, y quedo convertido en luminaria.

Ahora sé por qué esperaba yo una luz. Y tampoco mi esperanza quedó defraudada.

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Sobria ebrietas

No me gustan los villancicos de borrachos. Y decirle a la Virgen «dame la bota, María, que me voy a emborrachar» me parece una irreverencia. La bebida y la comida tienen, desde luego, su espacio en la Navidad, pero ese espacio no es el de la borrachera y el petardo. Es otra cosa.

No se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. El ayuno y la oración habían preparado durante años a esta misteriosa mujer para captar las dulzuras del Espíritu. Y, tras una larga espera, en su ancianidad recibió el gozo que hizo que todos aquellos ayunos hubieran merecido la pena.

Mucha gente cree que se alegra porque bebe, pero no es verdad. Esa alegría es espesa y falsa; deja mal cuerpo, y peor alma. La alegría de Ana es mucho más real: nace del espíritu y sale a borbotones por la boca. No puede callar, porque está ebria con la «sobria embriaguez» del Espíritu. Ha ayunado y orado durante años; no se alegra porque bebe. Y, sin embargo, si alguien le hubiese dado a Ana una copa de champán en aquel momento, con gusto habría brindado por el Niño Dios.

Pues eso.

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Que no es invierno, sino primavera

Mucha gente está triste en invierno. Las pocas horas de luz se vuelven plomizas si no llega la nieve para darles un toque de alegría. El frío tras la puerta te hace pensártelo dos veces antes de salir de casa. Y el paisaje tras la ventana es tan oscuro, que tienes que encender la luz de la habitación, como si fuera de noche.

Las tinieblas pasan, y la luz verdadera brilla ya. Pero ¿a dónde estás mirando? Escogiste la ventana equivocada. Ve al Belén de tu casa, mira al Niño Dios … ¿No te das cuenta? ¡Que no es invierno, sino primavera!

Porque mis ojos «han visto a tu Salvador», a quien has presentado ante todos los pueblos: «luz para alumbrar a las naciones». ¡Qué luz tan preciosa! ¿Cómo no dejarse bañar en ella? Belén es un día de primavera, de ésos en los que uno se siente alegre casi sin querer. El Sol brilla y calienta. ¡Cómo calienta! Aproximé mis manos al Niño como si fuera una hoguera, pero las retiré, porque no era necesario. Todo yo estoy bañado en luz y calor. Ahora entiendo que los pastores pasaran la noche al raso.

Ha nacido Dios. ¿Cómo estar tristes?

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El llanto de Raquel y la alegría de la Iglesia

Siempre me ha llamado la atención esa «doble cara» de la noticia. Una matanza sangrienta de niños indefensos es celebrada por la Iglesia con alegría y cantos de júbilo. ¿Estamos locos, o ha sucedido algo que ha cambiado el signo de la Historia y de la muerte?

Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven. Mientras Raquel llora, la Iglesia canta. Y ambas tienen motivos sobrados.

Llora Raquel, porque aún no había llegado el Mesías, y la muerte era maldición y desgracia. Canta la Iglesia, porque el Mesías ha llegado, y con su sangre romperá las puertas de la muerte y las dejará abiertas hacia el Paraíso. En la sangre de los pequeños inocentes ve la Esposa de Cristo el preludio de la sangre del único Inocente. Y en los propios niños ve al cortejo de honor del Cordero. Si Raquel quedó sin hijos, la Iglesia, en un misterioso adelanto de la Cruz, ha dado a luz a estos niños para la gloria. Antes de que Cristo muera, ya los llamamos «santos» e «inocentes».

No estamos locos, no. Salvo que sea de alegría.

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