Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Página 2 – Espiritualidad digital

Lecciones de amor humano

Simón¡Qué humano es el Amor de Dios, destilado en el corazón amorosísismo de Cristo! Y, aunque no podría ser de otra forma, ¡qué humano es nuestro amor a Dios!

Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Cuando alguien te ama, necesitas escucharlo. No te basta con saber; quieres que ese amor acaricie tus oídos con un «te quiero», y sólo entonces saboreas el cariño sincero de quien te proclama su afecto. Sorprende que Jesús, después de resucitar, no haya querido abandonar esa «debilidad»: sigue mostrándose necesitado de amor, y de amor humano. Poco antes, desde la orilla, había pedido una limosna de pescado a los apóstoles. Está claro que Jesús también se ha llevado al cielo nuestra hambre.

Dile al Señor, muchas veces, que lo amas. Observa, y escucharás su voz desde el sagrario: «¿Me quieres?». Responde.

Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Cuando amas a alguien, necesitas que lo sepa. ¿Qué hacer con todo ese amor, si no encuentras un corazón abierto que lo reciba? Amar en secreto es sólo padecer. Sin embargo, cuando el ser amado recibe tu amor, el corazón descansa.

Jesús sabe que lo amas. Conoce tu debilidad, pero también tu amor. Descansa.

(TP07V)

Desagravio

¡Qué buen Hijo, Jesús! Ve a su Padre ultrajado por la ingratitud de los hombres, y su corazón se estremece de angustia. Podría lanzar maldiciones sobre quienes así desprecian el Amor de Dios. Pero, en lugar de eso, prefiere ofrecerle a su Abbá algo que le consuele:

Padre justo, si el mundo no te ha conocido, yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Es como decirle: «Abbá, no los mires a ellos. Mírame a mí y a los míos. Nosotros sí te conocemos y te amamos. Acepta la ofrenda de mi amor y el de aquellos que me diste».

Se llama «desagraviar». Y es un gesto que, por ser de Jesús, te aconsejo que hagas tuyo. Cuando observes que tus hermanos hacen algo mal, no te vuelvas contra ellos ni los juzgues. Piensa en el Amor de Dios, afrentado por los pecados de los hombres, y procura hacer tú muy bien lo que otros hacen mal. Preséntale al Señor tu amor, y desagravia así por la frialdad de otros. Bendícele, y desagravia así por tantas blasfemias. Sé casto, y desagravia por tanta lujuria. Sé manso, y desagravia por tanta ira…

Tu vocación es el desagravio.

(TP07J)

¿Qué es la santidad?

A menudo pensamos en la santidad como si fuera un ejercicio moral, una medalla de oro en la olimpiada de virtudes que debe adquirirse a base de un tremendo esfuerzo. Pero, si así fuera, la santidad no sería asequible para todos los hombres; no todo el mundo puede ser campeón olímpico. Desde luego que los santos han mostrado virtudes, y en grado heroico. Pero no son esas virtudes la esencia de su santidad, sino, más bien, sus frutos. La santidad es otra cosa.

Santifícalos en la verdad; tu palabra es verdad. La santidad es una suerte de consagración. Y no me refiero, ahora, a los votos de los religiosos, sino al sentido más literal de la palabra «consagración»: el misterio por el que un ser se convierte en sagrado. Y lo sagrado es propiedad de Dios. Cuando un hombre pasa a ser propiedad de Dios, queda consagrado, es decir, santificado.

Te pido perdón por el galimatías, si crees que no me he explicado bien. Lo escribiré de forma más simple. Cuando el Espíritu Santo conquista tu alma, y puedes decirle al Señor, con verdad: «Soy tuyo, te pertenezco, me has robado el corazón»… Entonces, estás siendo consagrado, y también santificado.

(TP07X)

Habla, no calles

Al despedirse de los presbíteros de Éfeso antes de dirigirse a Jerusalén para ser encarcelado, san Pablo declara haber cumplido la misión que Cristo le asignó: Testifico en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos: pues no tuve miedo de anunciaros enteramente el plan de Dios(Hch 20, 26–27).

Al despedirse de los apóstoles, antes de ser llevado a la Cruz, Jesús ora a su Padre: He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo.

Cuando tú te despidas de este mundo, quiera Dios que puedas decir lo mismo.

Te habrás dado cuenta de que, ni Cristo ni san Pablo, declaran haber sido escuchados ni obedecidos. Jesús, incluso, se lamentará, en esa misma oración, de la suerte del hijo de perdición (Jn 17, 12).

Dios no te va a preguntar si has sido escuchado. En este planeta tan extraño, todo el mundo hace lo que le da la gana. Jesús murió solo, y basta con leer las quejas de Pablo a los corintios y a los gálatas para entender que también fue muy despreciado. Con todo, Dios te va a preguntar si has hablado, si has manifestado su palabra.

(TP07M)

La gran dispersión

Jerusalén es el corazón del cosmos.

Como un corazón recoge la sangre del organismo, y, al atraerla a él, la bombea para que alcance a todo el cuerpo, del mismo modo, en Jerusalén, todo fue reunido para ser dispersado después.

Durante tres años, los hombres se arremolinaron en torno a Jesús. Subió el Señor a la Cruz, y la Historia entera de pecado de los hijos de Adán se dio cita en aquel cuerpo agonizante. Cuando sea levantado sobre la tierra–había dicho el Señor– todo lo atraeré hacia mí (Jn 12, 32).

 Y hoy, también en Jerusalén, el Hijo de Dios, resucitado, sube al Padre, mientras los creyentes, aventados por el Espíritu, se dispersan por toda la tierra. El Señor Jesús fue llevado al cielo… Ellos se fueron a predicar por todas partes. La ciudad de Dios es, ahora, el punto de partida de la gran dispersión: El Hijo vuelve al Padre, y la Iglesia llena la tierra.

Si te dejaste atraer al Calvario en Semana Santa, hoy, mientras contemplas cómo Cristo sube al cielo, pide el Espíritu, y deja que el Paráclito te convierta en apóstol ante quienes aún no conocen la mejor de las noticias.

¡En marcha!

(ASCB)