Evangelio 2022

Pascua – Página 2 – Espiritualidad digital

Vivimos en el Nombre

Antes de partir de este mundo, Jesús dijo a sus apóstoles: Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis.

Pedir algo al Padre en nombre del Hijo no significa decirle a Dios: «Oye, me ha dicho tu Hijo que…». Ni tampoco pedimos en su nombre por el mero hecho de terminar nuestras oraciones con un «por Jesucristo Nuestro Señor. Amén». El sentido de estas palabras es mucho más fuerte que todo eso.

Porque Cristo y su nombre se identifican. Jesús es llamado «el Nombre» en varios pasajes de los Hechos de los Apóstoles. Por tanto, cuando nos invita a pedir en su nombre, nos invita a pedir desde Él. La mediación que, desde la Cruz y desde el Cielo, ejerce ante el Padre por nosotros es tan transparente que, cuando el alma en gracia ora, es Él quien, por su Espíritu, ora en nosotros. Estamos en el Nombre, vivimos en el Nombre, y, por tanto, no pedimos nosotros, sino Él. El Padre mismo os quiere, dice el Señor. Y nos quiere con el mismo Amor con que ama al Hijo, esto es, con el Espíritu.

(TP06S)

La respuesta a todas las preguntas

Durante la cena, los apóstoles preguntaron y pidieron muchas cosas a Jesús: ¿A dónde vas? (Jn 13, 36); ¿Cómo podemos saber el camino? (14, 5); Muéstranos al Padre (14, 7); ¿Qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (14, 22); ¿Qué significa ese «poco»? (16, 18)… Estaban inquietos, y querían saber.

Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada. Cuando el Señor, por su Espíritu, vuelva al alma del cristiano, cesará el tiempo de la inquietud y comenzará el tiempo del reposo. Él «dulce huésped del alma» es, también, «descanso de nuestro esfuerzo». En Él descansaremos, y no hará falta preguntar nada, porque Él, por el don de sabiduría, nos hará conocer, en silencio, todas las cosas. ¿Acaso necesitaba preguntar algo el discípulo amado mientras recostaba su cabeza en el pecho de Jesús? Fue Simón quien interrumpió su reposo con la pregunta acerca del traidor. Pero Juan, en aquel descanso, no necesitaba saber más.

Así nosotros, cuando venga el Paráclito, que es el beso de Dios, descansaremos en Él y, sin necesidad de pregunta alguna, recibiremos de ese Aliento la verdad plena.

(TP06V)

¿Qué hacemos con los ojos?

Hace tiempo que, en España, no es éste uno de los tres jueves que «relucen más que el sol». Cosas de la conciliación.

Si no hubiéramos tenido que conciliar, hoy celebraríamos la Ascensión. Y leeríamos, en la Liturgia de las Horas, ese precioso poema de fray Luis de León: «¿Qué mirarán los ojos que vieron de tu rostro la hermosura que no les sea enojos? Quien gustó tu dulzura, ¿qué no tendrá por llanto y amargura?». El poeta se introduce en la piel de los apóstoles, desolados por la marcha del Señor, y viene a decir en su gemido: «Después de haber visto tu belleza, ¿adónde miraremos ahora, si ya todo nos decepciona?».

Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver. Y nosotros, Jesús, que nunca te hemos visto, ¿adónde miramos, hasta que vuelvas?

Para empezar, a la carretera, no vayas a tener un accidente. Y a la tele, si la serie es buena. Pero no dejes que tus ojos se queden enganchados en criatura alguna… Cuélgalos de la Hostia, de la Escritura y del Crucifijo. Allí estarán bien guardados hasta que pase este «poco» que a nosotros se nos hace eterno.

(TP06J)

Silencios vivos

Nos enseña la teología que la revelación concluye con la muerte del último apóstol. Así pues, desde que san Juan murió, podemos decir que Dios ya ha dicho todo lo que tenía que decir al mundo, y que nos lo ha dicho en su Hijo Jesús.

Muchas cosas me quedan por deciros… Sorprende, entonces, que el Señor hiciera esta declaración horas antes de morir. ¿Qué son esas muchas cosas que Jesús no dijo durante su vida mortal? ¿Podemos llegar a conocerlas?

Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Si Jesús dejó pendientes muchas cosas por decir, es porque esas muchas cosas no caben en palabras humanas. Son silencios de Amor, de vida y de verdad. No es el Hijo encarnado quien puede pronunciarlas, sino el Espíritu quien las anuncia en su silencio.

No. No todos pueden recibirlas. Sólo pueden recibir esa noticia quienes aman el silencio, escuchan el silencio y habitan el silencio. En esas almas escogidas imprime el Paráclito la noticia del Amor.

Mañana comienza el decenario al Espíritu Santo. Busca el silencio en estos días. Escucha a Dios.

(TP06X)

Conviene

os conviene que yo me vayaEse os conviene que yo me vaya, salido de la boca del Señor, es extraño. Nos cuesta entenderlo, porque si algo nos conviene es que Jesús no se marche, que esté siempre con nosotros. Es necesario entender cómo el Señor se ha marchado sin dejarnos solos, y cómo, en esa dolorosa marcha que celebraremos el día de la Ascensión, hemos salido ganando.

Si Jesús no se hubiera marchado, si se hubiera quedado en esta tierra tal como habitó junto a sus discípulos, ¿qué oportunidades habríamos tenido de verlo cara a cara? ¿Tú has visto al Papa? Y, si lo has visto, ¿cuánto tiempo has hablado con él? Yo logré saludar a Juan Pablo II durante algo más de medio minuto.

Jesús se ha marchado, ha renunciado a esa presencia física en el mundo, para volver, por su Espíritu, con una presencia interior que llena el alma. La Ascensión da paso a Pentecostés. Lloran los ojos, porque no lo ven, y los oídos, porque el timbre de su voz lo hemos perdido, pero alcanza el alma en gracia más intimidad de Amor con Cristo que la que hubieran podido darle años de presencia física. Por tanto, aunque nos duela, nos conviene.

(TP06M)

Testimonio sin luces de neón

En nuestros ambientes eclesiales, últimamente la palabra «testimonio» ha adquirido tintes de espectáculo. Organizas un encuentro diocesano, y buscas a alguien que lo amenice con un testimonio. A ser posible, alguien que tenga una historia impactante, porque vivimos de impactos. Un drogadicto que ahora es monje; una religiosa que antes fue delincuente habitual; un médico abortista que ahora dirige una asociación pro-vida… Y, finalizado el testimonio, grandes aplausos, como en un concierto. Los que hemos ido a misa toda la vida y no hemos delinquido no tenemos nada que hacer en esos auditorios. Pobres de nosotros.

Cuando venga el Paráclito, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. ¡Qué gran noticia, para los que hemos conocido al Señor «desde el principio», y no hemos estado en la cárcel, ni nos hemos drogado, ni hemos formado parte de bandas de delincuentes! También nosotros estamos llamados a dar testimonio, y nada menos que como lo da el Espíritu. Testimonio de amor.

No necesitamos auditorios, ni aplausos. Sólo calles, bares, oficinas, supermercados, casas… Con el amor que mostremos a nuestros semejantes, daremos testimonio de que Cristo vive y ama a todo hombre. ¡No está mal!

(TP06L)

Paz a los hombres que ama el Señor

A la luz de las palabras del Señor, queda claro que existen una paz del mundo y una paz de Dios. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo.

La paz de Dios no viene al cuerpo, sino al alma, y viene para quedarse. Puedes estar en silencio absoluto, cómodo en un sillón, pletórico de salud y en paz con todo el mundo. Pero, por dentro, no encuentras reposo, porque estás en guerra; en guerra con Dios, aunque no lo sepas. Porque no aceptas tu historia, porque te rebelas contra acontecimientos que Dios permite para tu bien, porque no quieres darle a Dios lo que te está pidiendo o, sencillamente, porque le diste la espalda un día a tu Creador y no has vuelto a dirigirte a Él. Por eso no descansas.

¿Por qué no te reconcilias con Dios? El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Confiésate, llénate de esa gracia, acoge a Dios en tu alma. Y, aunque el mundo, el demonio y la carne te declaren la guerra, te llenarás de una paz inalterable.

(TPC06)

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