Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Página 2 – Espiritualidad digital

Se fue sin decir adiós

Jesús se ha marchado. Eso es innegable. Después de resucitar, y tras aparecerse a los discípulos durante cuarenta días, a la vista de ellos ascendió a lo más alto del Cielo. Desde entonces, no hemos vuelto a ver su rostro.

Pero, al marcharse, no dijo «adiós». Ni siquiera dijo «hasta pronto». Lo que dijo puede parecer desconcertante; pero, superado el desconcierto, el alma se llena de alegría: Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.

Pensamos en el Cielo como en un lugar al que llegaremos en un futuro lejano, y, en ese caso, la Ascensión ha alejado de nosotros al Señor hasta que logremos alcanzar ese lugar. «¡Sufra ahora, y goce después!». Ahora toca pasar mil penalidades para poder, después de muertos, reencontrarlo y gozar de su Amor.

¡Qué terrible error! El Cielo está más cerca de nosotros que nosotros mismos. El Espíritu lo trae a nuestras almas, y, con Él, llega al corazón la presencia de Cristo. Confiesa tus pecados, comulga con fervor, reza con recogimiento, y paladea la gracia de Dios en tu alma. Si Jesús no te dijo «adiós» es porque, aunque se ha ido, vive dentro de ti.

(ASCA)

El don de piedad

Solemos llamar «piadosas» a personas que pasan mucho tiempo en la iglesia. Pero hay quien pasa mucho tiempo en la iglesia y no es nada piadoso. Y hay quien reza mucho, pero reza como un pagano. La piedad no se mide así.

El don de piedad es uno de los siete dones del Espíritu, y, cuando se posa en lo profundo del alma, la rejuvenece hasta tal punto que el cristiano se vuelve niño, tan niño que casi no sabe hablar, tan niño que apenas balbucea: «Papá», «Papito».

Vivimos, entonces, como hijos pequeños de Dios. Nada nos altera, porque nos sabemos rodeados de los fuertes brazos del Padre, y en ellos dormimos en medio de las mayores contrariedades.

Cuando pedimos, pedimos con atrevimiento y confianza, como los niños, que saben que su Padre los ama, y quiere lo mejor para ellos. Y cuando Dios escucha la súplica de sus pequeños, se enternece y sonríe. Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere.

En ocasiones, para un niño, la mejor súplica consiste en mirar a Dios con ojitos de pena y musitar: «¡Papá!». ¡Eso es piedad!

(TP06S)

Cara a cara

Cuando alguien te dice «voy a verte», no quiere decir que vaya a acercarse a tu casa, llamar a la puerta, esperar a que le abras, y marcharse después, diciendo: «Ya te he visto. Me voy». «Voy a verte» significa muchas cosas: entre otras, que quien te lo dice se alegra al ver tu rostro, y que pretende pasar un rato contigo para hablar cara a cara.

Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Tras su Ascensión, el rostro del Señor se ocultó. Pero Él vuelve, en Pentecostés, por su Espíritu, porque Jesús no sabe, ni quiere, estar sin nosotros. Entra hasta el fondo del alma, se aposenta allí, y nos ve. Ve hasta lo más profundo de nosotros, nos sondea y nos conoce, nos mira complacido y se deleita en los tesoros que Él mismo ha dejado en nuestra alma.

También nosotros lo vemos. Surgen, en el alma, dos frutos del Espíritu: la fe y la alegría. Por la fe, lo vemos, y, al verlo, nos alegramos con un gozo sobrenatural que nadie nos puede arrebatar. Y así, por esa presencia del Paráclito en nosotros, vivimos, Cristo y yo, cara a cara.

(TP06V)

Ver, o no ver

Lee, en paralelo, estas dos frases del Señor: Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver… Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

Si las lees así, en paralelo, como situando una debajo de la otra, entenderás que, cuando no vemos al Señor, estamos tristes, pero, cuando lo vemos, nos llenamos de alegría. Ver, o no ver… He ahí el dilema.

¡Oh, Jesús! Cuando te perdemos de vista, sólo vemos nuestros problemas. Y, cuando sólo vemos nuestros problemas, ellos nos tapan los ojos, y dejamos de verte a Ti.

Si no te perdiésemos nunca de vista, estaríamos siempre alegres, y nada podría acabar con nuestro gozo. Por eso te pedimos, Señor, que derrames tu Espíritu sobre nosotros, y que ese Espíritu nos bendiga con los dones de sabiduría y ciencia.

El don de sabiduría dejará, en el paladar del alma, tu nombre como miel, y te saborearemos gustando tu dulzura en todo momento. Y el don de ciencia abrirá nuestros ojos para verte a Ti detrás de toda criatura y de todo acontecimiento. Hasta nuestros problemas se volverán transparentes para que contemplemos, tras ellos, tu faz misericordiosa.

¡Ven, Espíritu Santo!

(TP06J)

¡Acuérdate!

Mañana es un gran día. Yo que tú, para no olvidarme, crearía un recordatorio en el teléfono que te avise, mañana por la mañana, de que comienza el decenario al Espíritu Santo. Si eres de memoria frágil, configúralo para que te lo recuerde cada mañana durante diez días, hasta Pentecostés.

Porque el Espíritu vendrá con especial fuerza sobre aquellos que lo hayan invocado con fervor. Y tengo el presentimiento de que, este año, el Paráclito va a venir con una fuerza enorme; sin alboroto, pero con la dulzura de la brisa y la potencia del huracán perfectamente mezcladas en un soplo.

El Espíritu hablará de lo que oye, porque nos revelará la intimidad de la Trinidad beatísima. Y comunicará lo que está por venir, porque será prenda del Cielo, que llenará el alma con la esperanza de los bienes futuros.

Él nos guiará hasta la verdad plena, porque la verdad plena es Cristo, y Él nos esconderá en el corazón del Salvador. Dice el Señor: Él recibirá de lo mío y os lo anunciará, porque tomará los sentimientos del corazón de Cristo, y empapará con ellos el corazón del cristiano.

¿Ves cuántos motivos para hacer bien el decenario? ¡Mañana comenzamos!

(TP06X)

Amores, desengaños y celo de almas

Treinta y cinco años, y soltero. Vivía solo, comía solo, dormía solo, y presumía de ello. Se burlaba de los amigos casados, que apenas tenían tiempo para sí mismos, y se ufanaba de ser un hombre libre. Con treinta y seis se enamoró, con treinta y siete se casó, y a los treinta y ocho tuvo su primer hijo. A los treinta y nueve era el ser más feliz de mundo. ¿Cómo había podido estar tan solo hasta entonces? Lo que había experimentado como libertad se le mostraba ahora como pobreza, y, aunque ya no le quedaba tiempo para él, reconocía que el amor había dado sentido a su vida.

Cuando venga el Paráclito, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. Mientras no conoces el Amor de Dios, el mundo puede parecerte un lugar habitable y cómodo donde echar raíces. Pero cuando has gozado una sola gota de ese Amor, te das cuenta de que el mundo no cree en Cristo, no merece verlo, y, además, va camino de la muerte. Entonces quisieras ser, en el mundo, otro Cristo, para que todos despierten como has despertado tú. Celo de almas, se llama.

(TP06M)

Lo contrario de «rollo»

Definamos «rollo»: un rollo es la historia carente de interés y mal contada que te atiza un pesado cuando no tiene nada mejor que hacer. Te «suelta» un «rollo», y, mientras escuchas, los minutos se te vuelven horas. Una voz interior te atormenta: «¡A ver si acaba!»

Lo contrario de «rollo» es una historia interesante y bien contada, que te sumerge dentro de ella, y despierta tu interés hasta tal punto que las horas se te vuelven minutos. Hay libros y películas que uno desearía que no terminasen nunca.

Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. Esto va más allá de cualquier buen libro, o de la mejor película. Cuando el Espíritu Santo infunde en tu alma los dones de sabiduría y entendimiento, y te manifiesta lo que Él conoce del Padre y del Hijo, es tal la dulzura con que se expresa, y la hermosura de lo que comunica, que la vida se te pasaría en un vuelo mientras lo escuchas. Entonces comprendes que el Cielo debe ser eterno, porque, en la contemplación de esa belleza, mil años pasarían como un día.

(TP06L)