Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Pascua – Página 2 – Espiritualidad digital

No te vayas

En los once primeros versículos del capítulo 15 de san Juan, el verbo «permanecer» aparece diez veces. Por diez veces seguidas, en tan poco tiempo, te suplica el Señor que vuestro amor –el que os tenéis Jesús y tú– no sea cosa de un rato. Es grito de enamorado: «¡Quédate conmigo! ¡No te vayas!».

«Haces» tu oración, y le dices al Señor palabras ardientes. Pero, a los quince minutos de terminarla, esos mismos labios están despellejando al político de turno, al vecino de enfrente, o al cuñado de cuota. La misma lengua que arde con jaculatorias, a la media hora, se deleita saboreando la mentira. Y Jesús, a quien ya no escuchas, llora: «¿Por qué te has ido? ¡Quédate!».

¿Cómo puedo, Jesús, permanecer a tu lado todo el día, toda mi vida? Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. «Mi palabra no es un pañuelo de usar y tirar. Vienes, enjugas con él lágrimas ardientes, y lo tiras al salir. ¿Acaso se deshizo Verónica del velo con que enjugó mi rostro? Pues, más que en ese velo, están mis rasgos impresos en mi palabra. Guárdala, como la guardó en su corazón mi Madre, y estaremos juntos todo el día».

(TP05J)

Más dulces que la miel

Más preciosos que el oro, más que el oro fino; más dulces que la miel de un panal que destila (Sal 19, 11). Esto dice la Escritura sobre los mandatos de Dios. Sorprende que, antes de cumplirlos, el hebreo se deleite saboreándolos. Nadie disfruta recitando la Ley de Arrendamientos Urbanos. Sin embargo, el buen judío paladea la Torah.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros… Más dulces aún que aquella Torah, las palabras del Señor deben ser saboreadas. Ellas son la savia que une a la vid con los sarmientos. En la medida en que el cristiano recuerda las palabras de Jesús, permanece unido a él.

No es tan raro. Un «te quiero» que acaricia los oídos del enamorado puede repetirse en su pensamiento cien mil veces en un día. Las palabras de Cristo son el «te quiero» de Dios.

Sé que tienes todo el Evangelio en tu smartphone. Pero no sólo tu smartphone tiene memoria. Tú la tienes también. Úsala. Memoriza las palabras de Jesús y repítelas en tu interior. Él permanecerá en ti, y tú en Él.

(TP05X)

No te ha dejado solo

Si alguien que está contigo en casa te dice: «me voy y vuelvo», tú entiendes que baja al supermercado a por un refresco y una bolsa de patatas, y que en diez minutos lo tendrás de regreso con las viandas. Fácil, ¿no?

Pero si Jesús dice: Me voy y vuelvo a vuestro lado, las cosas no son tan simples.

Me voy significa que el Señor desaparece de nuestra vista. Es una despedida en toda regla. Tras su Pasión, y exceptuando las pocas apariciones que protagonizó después de resucitar, el rostro de Jesús está oculto a nuestros ojos. Es a ellos, a nuestros ojos, a quienes Cristo dice: Me voy. ¡Pobres ojos nuestros! Y más pobres aún si pretenden consolarse de la ausencia de esa divina Faz con un maratón de series. Guarda la vista, por favor.

Y vuelvo a vuestro lado significa que el mismo Jesús, oculto a nuestra mirada, vuelve a nuestras almas por su Espíritu. No lo vemos, pero está; está más cerca que si estuviera ante los ojos, porque mora en nuestras almas en gracia.

No lo olvides, para que nunca te asustes. Aunque tus ojos vean tinieblas, Cristo mora en ti. No te ha dejado solo.

(TP05M)

Frutos de vida eterna

sarmientoSi Dios te preguntara, después de tu muerte, cuando seas llamado a su presencia, por los frutos de tu vida, ¿en qué pensarías? ¿Qué te gustaría responder?

«He tenido cinco hijos. Los cinco están casados, y bien casados. Los cinco han realizado estudios universitarios y tienen buenos trabajos. Estoy satisfecho de mi vida. Creo que puedo morir tranquilo». No me invento nada. He escuchado estas palabras. Y me he preguntado: «¿Eso es todo?».

Dirige tu mirada al árbol de la Cruz, que es, también, el árbol de la Vida. Fíjate en sus frutos: la Iglesia, los santos, los mártires, las vírgenes, la gracia que llegó a tu alma en el Bautismo y fue renovada en la Penitencia, la comunión que vas a recibir…

El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante. No se refiere Jesús a estudios universitarios, matrimonios, trabajos y prosperidad material. Todo eso es fruto caduco, que se agosta tras la muerte. Si de verdad quieres que tu vida dé fruto, abrázate fuerte a Él, como se abraza el sarmiento a la vid. Y ofrece tu vida pidiendo almas, almas en gracia, que gocen vida eterna.

Por cierto: ¿Van a misa tus hijos?

(TPB05)

El cielo dentro de ti

Probablemente, el comienzo del capítulo 14 del evangelio de san Juan sea una de las lecturas más socorridas en los funerales: En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros.

Sin embargo, no te aconsejo esperar al último aliento para encontrarle sentido. Lo tendrá entonces, pero lo tiene también hoy; el evangelio nunca es sólo «para mañana».

La casa del Padre de Jesús está en tu alma en gracia, y en ese «castillo interior» –como lo llamaba santa Teresa– hay muchas moradas. Cristo ha muerto en Cruz y ha subido al cielo para preparar ese lugar en lo profundo de ti. Después de alcanzar el cielo, vuelve a ti por su Santo Espíritu. Ojalá estés ya haciendo hambre de Pentecostés. El Paráclito, cuando venga, te tomará de la mano y te llevará con Él al santuario interior. Y allí, donde mora Jesús por su Aliento, morarás también tú con Él.

Refugiado en lo profundo del alma, estarás en el mundo sin ser del mundo. Vivirás en Dios.

(TP04V)

Transparencia

La belleza de la humanidad santísima de Cristo, esa belleza que ha enamorado a los místicos y ha cautivado a los santos, reside en su transparencia. Tiene la finura del aire más limpio, que permite respirar su frescor mientras los ojos lo traspasan para clavarse en el horizonte. Ese aire, que es el Aliento de Dios, el Espíritu Santo, une al Padre y al Hijo, precisamente, en la transparencia.

El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí ve al que me ha enviado. La mirada, hechizada con dulce hechizo divino por la humanidad del Verbo, no se remansa en ella, sino que la traspasa hasta clavarse en el seno del Padre. Y vemos al Padre en el rostro del Hijo, y creemos en el Padre cuando entregamos al Hijo la vida, y el mismo Padre, cuando quiere hablar, deposita sus palabras en los labios del Hijo.

Quizá, si te dejas secuestrar por esa mirada, el mismo Aire te haga transparente a ti también, y pueda ver a Cristo quien te vea; y escucharlo quien te escuche; y creer en Él quien te trate a ti.

(TP04X)

Deberías beber más

No pretendo causar envidia, pero tampoco puedo evitar que algunos me envidiéis; cargadlo a mi cuenta. No imagináis lo que supone, para el sacerdote, la comunión con el cáliz. Cuando el sacerdote acerca el cáliz a sus labios, se siente como si estuviera bebiendo, directamente, de la llaga del costado abierto del Salvador. Bastan unas gotas para que el alma se embriague por completo, y se llene de vida el corazón. No hay nada igual en este mundo, os lo aseguro.

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna. La semana pasada, en el discurso del pan de vida, explicaba el Señor como da de comer a los suyos. Hoy, sin embargo, revela cómo les da de beber. El agua y la sangre que brotan de su pecho son manantial de vida abierto para que el cristiano acuda, aplique sus labios, y beba sin recato ni moderación. Por eso está escrito: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío (Sal 42, 2). Y también: Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación (Is 12, 3).

Ojalá bebieras más.

(TP04M)

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