La Resurrección del Señor

Pascua – Página 2 – Espiritualidad digital

La oración en nombre de Jesús

No entiendes las palabras de Jesús: Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Has pedido a Dios muchas cosas que no has recibido. Y siempre concluías tu oración diciendo: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». Por eso piensas que esas palabras de Jesús no se han cumplido en ti.

Es que no es eso. Te lo explicaré con un ejemplo que se nos quedará pequeño, pero de momento servirá. Supón que una madre dice a su hijo: «Ve a la tienda y pide en mi nombre tres barras de pan. Diles que más tarde iré yo a pagarlas». Al niño le darán el pan, porque va en nombre de su madre. En la tienda conocen a la madre y se fían de ella. El niño no ha tenido que hacer otra cosa sino pedir, en nombre de la madre, lo que la madre quería.

Pedir en nombre de Jesús es dejar que el Espíritu de Jesús pida en ti lo que Jesús quiere. A esa petición el Padre no puede negarse. Sin embargo, cuando empleas el nombre de Jesús para pedir lo que quieres tú… Dios, entonces, te dará lo mejor. Aunque no sea lo que pediste.

(TP06S)

Alegrías prestadas y gozos eternos

Mucha gente, cuando toca con los dedos la felicidad, siente miedo. Piensa que aquello no puede durar; que, tarde o temprano, sucederá algo terrible que tire por tierra el castillo de naipes. Y ese miedo les impide disfrutar plenamente de la dicha.

Yo lo comprendo. Sienten que toda alegría es prestada, y que los préstamos se devuelven. Tienes salud, disfrútala… pero mañana enfermarás. Has triunfado, me alegro… pero pronto puedes fracasar. Has vencido a la tentación, has evitado el pecado y has obrado bien, qué alegría… pero antes de esta noche podrías sucumbir. Podríamos seguir, la lista de alegrías prestadas es casi interminable.

Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Cristo, que ascendió a los cielos, vuelve en su Espíritu, se asienta en tu alma y te regala su alegría. No te la presta, te la regala. Es la alegría con que su Amor ilumina el alma. Si enfermas, te sigue amando. Si fracasas, te sigue amando. Si pecas, ¡te sigue amando!

Por eso, si tu alegría es el Amor de Cristo, no temas. Nadie te la quitará. Sólo tú podrías perderla si vuelves la espalda a ese Amor. No lo permita Dios.

(TP06V)

Tristezas que esconden alegrías

alegría¡Cómo nos hubiera gustado estar allí, escondidos tras un arbusto, para contemplar ese momento en que el rostro de María Magdalena, empapado en lágrimas, se iluminó de repente al reconocer a Jesús! En ese instante, en ese rostro, se cumplieron las palabras que Cristo pronunció en la Última Cena:

Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

Si María no hubiese llorado al Jesús que creía perdido, no se habría alegrado al recobrarlo resucitado. Si, en lugar de volver al sepulcro en busca del cuerpo del Maestro, se hubiera alegrado con quienes festejaban su muerte, habría muerto con ellos.

Escribo esto porque sé que, muchas veces, el camino de la fe se nos muestra como un camino de tinieblas, mientras el mundo, el demonio y la carne nos deslumbran con sus luces de neón. Se queja el adolescente de que sus padres quieren llevarlo a misa, cuando sus amigos se han reunido para un partido de fútbol. Y le cuesta al adulto perdonar una ofensa y tender la mano, cuando lo fácil sería volar los puentes con la persona «tóxica». Pero hay tinieblas que esconden mucha luz detrás de ellas, y jamás lo sabremos si no la cruzamos.

(TP06J)

El secreto de Jesús

Sorprende que, cuando apenas le quedan horas para abandonar este mundo, Jesús diga a los suyos: Muchas cosas me quedan por deciros. ¿De modo, Señor, que te marchas, y te llevas tu secreto?

La respuesta es «sí». Jesús se marchó, y se llevó consigo su secreto. Ese secreto no está escrito en los evangelios. Cuando, tras leer el evangelio, lo cierras, a Jesús aún le quedan muchas cosas por decirte. Te ha dejado en esas páginas lo que podías asimilar, pero su secreto no cabe en un libro, ni tampoco lo escucharás en un sermón.

Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. El secreto de Jesús sólo el Espíritu te lo puede comunicar. Lo hará sin palabras, con su «toque delicado que a vida eterna sabe», según nos enseñó san Juan de la Cruz. Y, cuando lo haga, tampoco tú podrás comunicarlo, pero lo guardarás como un tesoro en lo profundo del alma.

Mañana comienza el decenario al Espíritu Santo. Invoca mucho al Paráclito durante esos diez días. Él, cuando venga, llevará tu oración a otro nivel: el de la intimidad y el secreto, el del Amor. Será deleite y anticipo del cielo.

(TP06X)

El niño que quería ir al cielo

Se me ha acercado una madre asustada. Una buena madre. Le habló del cielo a su hijo de seis años, y tantas maravillas le contó del destino que espera a quienes aman a Dios que el pequeño, desde entonces, le repite una y otra vez que quiere morirse para ir al cielo. Ahora mamá se pregunta si no se habrá extralimitado al ilusionar a su niño con la gloria.

Mamá tendrá que decirle al pequeñín que la muerte es mala, y que no debe desearla; que al cielo llegaremos cuando Dios quiera; y que, antes de eso, tenemos un trabajo que hacer aquí. Pero mamá no se ha extralimitado. La reacción del niño es tan normal que nos deja mal a todos.

Porque, cuando crecemos, ya no somos así. Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: «¿Adónde vas?» Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. «Me voy al cielo, y no me preguntáis por el cielo, sino que os entristecéis de que me vaya. Preferís retenerme aquí a venir conmigo. Preferís que os ayude a vivir bien a que os lleve al cielo. Deberíais volver a ser niños».

(TP06M)

Desde el principio estáis conmigo

Cuando se lee a san Juan, hay que tener cuidado con determinadas palabras. No las usa como nosotros. Por ejemplo, tú puedes decir: «Llevo viendo este partido desde el principio, y es aburridísimo», y te refieres a que ya estabas atento cuando el árbitro pitó el inicio del juego. Pero Jesús, en el evangelio de Juan, dice a sus apóstoles: También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. ¿Y crees que se refiere a que llevan juntos tres años, desde el comienzo de la vida pública del Señor?

En el principio existía el Verbo (Jn 1, 1).

Con la expresión «el principio», Juan nos eleva sobre el tiempo y nos lleva a la eternidad, al terreno de Dios. Y ese desde el principio estáis conmigo, en boca de Jesús, quiere decir: «Habéis nacido de Dios, yo os he rescatado del tiempo y os he llevado al Padre para que compartáis mi mismo origen. Habéis nacido de lo alto, del agua y del Espíritu, sois hijos de Dios. Por eso daréis testimonio de mí, porque me conocéis como Dios».

Has resucitado con Cristo. Desde el principio estás con Él. Tienes su Espíritu porque has nacido de Dios. Da testimonio.

(TP06L)

Un cero pelotero

Se me acercó en cierta ocasión una persona, y con estas palabras me entregó el balance de su vida: «Mire, padre, yo voy a ir al cielo con un cinco. Porque, si Dios me pide que lo ame sobre todas las cosas y ame al prójimo como a mí mismo, la primera mitad la cumplo, quiero mucho a Dios, pero al prójimo no lo quiero nada en absoluto».

Y se quedó tan fresco. Acababa de hacerme el retrato perfecto de la falsa religiosidad. Es la espiritualidad burguesa del consumidor de religión, que se arrodilla en la iglesia y podría decirle a Dios: «Qué bien estoy aquí contigo, y no ahí fuera aguantando a mi familia, a mis vecinos o a mis compañeros de trabajo. Menudos pelmazos».

Le dije que llegaba tarde. Hace tiempo que esos dos mandamientos se convirtieron en uno: Que os améis unos a otros como yo os he amado. No tenía un cinco, sino un cero. Pelotero.

La verdadera religiosidad busca en la oración el Amor de Cristo, y encuentra en el prójimo el motivo para amar a Cristo. Sólo rezas de verdad cuando sales de la oración con deseos de entregar la vida a tus hermanos.

(TPB06)

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