Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Pascua – Página 2 – Espiritualidad digital

Estamos en la gloria

ascensiónSi no se explica bien, el misterio de la Ascensión del Señor puede marcar la vida con un lema un tanto perturbador: «Sufra ahora, y cobre después». En otras palabras: «Chicos, yo ya he cumplido. Ahora me voy al Cielo, y os dejo señalado el camino y la puerta abierta. Recorredlo, y, cuando hayáis entregado la vida, os estaré esperando». Y a uno le dan ganas de preguntar, como los niños: «¿Falta mucho? ¿Cuándo llegamos?».

Pero no es así. Pablo dice que Dios nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el Cielo con Él (Ef 2, 6). No dice «nos resucitará», ni «nos sentará». No falta mucho, ya hemos llegado. Lo que se nos pide es que permanezcamos.

El que crea y sea bautizado se salvará. Y no añade «dentro de cien años». ¡Claro que se nos ha prometido una gloria eterna tras la muerte! Pero esa promesa no es un sobre con la inscripción «no abrir hasta Navidad». Esa promesa la pregustamos hoy. En cada comunión, en cada hora de oración, en cada jaculatoria, estamos ya en el Cielo. Esto, amigos míos, es la gloria bendita. Aunque, por un tiempo, todavía duela. Pero ¡bendito dolor!

(ASCB)

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Oscuras claridades

Quizá no sea una de las mejores películas de la Historia (no lo es), pero la interpretación de Anthony Quinn en «Barrabás» (Richard Fleischer, 1961) es portentosa. «Dios debería hablar más claro» –se quejaba Barrabás, asediado por las dudas sobre la fe– «o dejarme en paz». Pero ese «hablar más claro» del Barrabás de Fleischer sabemos bien lo que significaba: hubiera deseado que Cristo resucitado apareciese ante sus ojos, le dijera con palabras humanas su mensaje, y después, tocándolo, le diera fuerzas para cumplir la misión. En definitiva: Tomás. ¿Quién no ha deseado ver y tocar? Aunque, si hubiéramos visto y tocado, ¿qué tendríamos ahora, sino un recuerdo? ¿Basta un recuerdo para sostener la vida?

Viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. El claramente del Señor va referido a otra claridad. Es la claridad del Espíritu, que imprime en el alma la noticia del Amor divino. Los ojos siguen ciegos, y las manos sedientas, pero el corazón se llena de una luz sombría, o de una sombra luminosa que es más fuerte que el sol. No lo sé decir mejor, pero esa oscuridad clarísima no es un recuerdo. Es Verdad.

(TP06S)

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Caribdis, Escila y tú

Que la virtud está en el medio ya lo decían los griegos hace unos cuantos siglos. Y en el medio está el lugar del cristiano: en el mundo sin ser del mundo.

Por seguir con los griegos, llamemos a los extremos Caribdis y Escila.

Caribdis es el miedo al mundo que puede llevar al seglar a encerrarse en «ambientes cristianos», piadosas burbujas donde el mundo no lo contamine, pero desde donde no puede anunciar el Evangelio a quienes no creen.

Escila es el espíritu frívolo que lleva al cristiano a mundanizarse. Por no ser diferente, se llena de mundo por dentro, y participa en todos los pecados con los que el mundo ofende a Dios.

Vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. El cristiano está en el mundo, y ama a quienes allí viven. Pero es ciudadano del Cielo. Sus tristezas y alegrías son distintas de las de los hombres. Porque al cristiano le entristece el pecado y le alegra Cristo, mientras al mundo le alegra el pecado y le asusta Cristo.

Si un día me alegra más el chismorreo que la misa, tendré que convertirme urgentemente.

(TP06J)

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Un cordón sanitario en la azotea

Muchas veces, en el evangelio de san Juan, dice Jesús que Él no habla por cuenta propia, sino que dice lo que el Padre le ha ordenado. Pensé que era virtud del Hijo, pero ya se ve que es costumbre de familia, algo habitual en la Trinidad:

El Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye.

Si en la Trinidad Santísima se practica esta buena costumbre, ¡qué necios seríamos si no tomásemos buena nota! ¡Cuántos males vienen de hablar por cuenta propia, cuántos estropicios por decir lo primero que nos viene a la cabeza! Si, al menos, una vez que la sentencia aterriza en nuestra azotea, antes de permitir que desembarquen las palabras les preguntásemos de dónde vienen… Así podríamos tender un cordón sanitario para todas aquéllas que traen pasaporte de las vísceras. Y son muchas. Y muy peligrosas.

Mañana comenzamos el decenario al Espíritu Santo. Pero, ya desde hoy, pidámosle el don de consejo. Que nuestra palabra sea siempre sopesada y espiritual, como corresponde a personas de vida interior. Que no hablemos por cuenta propia, sino que sean nuestros labios instrumentos dóciles de Dios.

(TP06X)

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Desátanos, Señor…

Se acerca la fiesta de la Ascensión. A lo largo de estos días de Pascua, el Señor nos ha ido preparando para contemplar su subida al Padre: Subo al Padre mío y Padre vuestro (Jn 20, 17), me voy a prepararos un lugar (Jn 14, 2), os alegraríais de que vaya al Padre (Jn 14, 28)… Y, hoy mismo: Ahora me voy al que me envió. Desde aquel «no me retengas» del Resucitado a María Magdalena, ha dejado claro que Él no está atado a nada ni a nadie de este mundo. Cristo ama con Amor infinito a cada criatura, pero también con infinita libertad: su Padre es su único apego.

Ojalá nuestra vida transmitiera a los hombres el mismo mensaje: «Me voy a Cristo. A Él le pertenezco. Y nada de este mundo me atará ni me alejará de Él».

¡Cuántas cadenas! ¡Cuántos apegos! «Voy a rezar, pero, antes, terminaré de responder a los whatsapps. Voy a misa, pero, antes, paso un momento a comprar algo. Voy a hablarle de Dios a este amigo, pero, antes, me lo pensaré, no vaya a ser que se ría de mí».

Desátanos, Señor, de todo lo que no nos ate a Ti.

(TP06M)

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El nuevo y discutible «testimonio»

Nuestro mundo hace cosas extrañas con las palabras. Incluyo, desgraciadamente, a nuestro «mundo eclesial».

También vosotros daréis testimonio. Leemos esto, y de inmediato nos vamos al circo. Porque, hoy día, la palabra «testimonio» ha adquirido tintes circenses, al estilo de aquellos espectáculos donde se exhibía a la mujer barbuda.

Una prostituta convertida, un cocainómano que se ha encontrado con Dios, un ladrón evangelizado en la cárcel, una actriz porno que ahora le reza a la Virgen, un punki que ya va a misa todos los días, un médico abortista convertido en fraile… Se nos llenan las webs religiosas de «testimonios» y, en las parroquias, ante cualquier retiro de jóvenes, tienes que buscar a algún ex-degenerado cuya vida haya sido lo más escandalosa posible y cuya conversión haga estremecerse al auditorio.

Total: que los que llevamos desde pequeños yendo a misa, los que somos «normalitos» y no hemos surcado las profundidades del abismo, porque estáis conmigo desde el principio, somos un asco. Si no te has drogado o prostituido, no tienes nada que decirle al mundo.

Me apena escribir esto. No pensé que testimonio fuese sinónimo de thriller. Había creído que testimonio es confirmar, con tu alegría, que Cristo vive. Perdón.

(TP06L)

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El nuevo «primer mandamiento»

En su primera carta, san Juan da un vuelco sumamente atrevido al primer precepto de la Torah, que mandaba al hombre amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados (1Jn 4, 10). Entre aquel primer precepto y esta carta del apóstol ha tenido lugar un acontecimiento fundamental y sobrecogedor. Tras esperar, durante siglos, al amor del hombre, el propio Dios ha descendido y ha entregado al hombre su Amor en el Hijo.

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Esto lo cambia todo. Porque, a partir de ese momento, en que Dios ha entregado amorosamente a su Hijo, la salvación ya no es algo que se obtenga mediante un empeño, sino un don que se recibe como se recibe un beso.

O como se reciben el Bautismo, la absolución y la comunión. La principal tarea del hombre sobre la tierra, ahora, más que amar a Dios, es dejarse querer por Él. Somos niños.

(TPB06)

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