Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Página 2 – Espiritualidad digital

Cuando Jesús habló de los hombres a Dios

Durante tres años, Jesús habló de Dios a los hombres. Les anunció el Amor de su Padre, les explicó las delicias del reino de los cielos, les mostró la misericordia y el perdón del Creador… ¿Cuántos le creyeron? ¿Cuántos le entendieron? ¿Cuántos recordaron sus palabras? Jesús murió abandonado de los suyos e incomprendido.

Pero, antes de morir, alzó los ojos a lo alto, y habló de los hombres a Dios: Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé vida eterna a los que le has dado. Te ruego por ellos… En esa oración sacerdotal, ofreció su vida al Padre pidiendo, para nosotros, vida eterna. Y Dios, que aceptó el sacrificio, derramó el Espíritu Santo sobre todo hombre que quiera acogerlo. Frutos de esa oración sacerdotal, y de ese sacrificio, son los santos, y los mártires, y las vírgenes, y tu alma en gracia, y la mía.

Apréndelo: debes hablar de Dios a los hombres, pero, cuando lo hagas, cuenta con el fracaso, y no lo temas. Habla de los hombres a Dios, y ese fracaso se convertirá en vida eterna para muchos.

(TP07M)

¿Dónde vives?

Fuera de casa, rayos y centellas. Llueve, truena, cae granizo y las calles se han llenado de ladrones que acechan. Dentro de casa, calor, paz, compañía de seres queridos, amor de padre y de madre, alimento y descanso. Dime, ¿dónde prefieres pasar el día?

Os he hablado de esto para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas.

Fuera del alma, debilidad del cuerpo, incomprensión de las gentes, fracasos y angustias, urgencias, prisas, ruidos, ingratitud, exigencias de unos y otros… Dentro del alma, Dios, el Espíritu que trae consigo al Padre y al Hijo, el Amor inefable, la paz de Cristo. Dime, ¿dónde prefieres pasar la vida?

Mientras quemaban su cuerpo en una parrilla, san Lorenzo bromeaba: «Por este lado ya estoy hecho. Dadme la vuelta. La carne ya está lista; podéis comer». ¿Acaso no le dolían las llamas? Le dolían, pero, sencillamente, él no estaba allí. Estaba recogido dentro del alma, mientras el cuerpo se quemaba. Tenía paz.

¿Dónde vives? ¿Vives en tu alma, o vives en tus problemas? Sufre tus problemas con paciencia, y haz lo que tengas que hacer. Pero no les entregues tu corazón. Ten el corazón recogido en Dios, y tendrás paz.

(TP07L)

¡Cómo te la has jugado, Jesús!

¡Cómo te la has jugado con nosotros, Jesús! Te marchaste al Cielo, nos dejaste aquí, y no te hemos vuelto a ver. ¡Si, al menos, nos hubieras dejado ciegos! Sin embargo, esos ojos, que no pueden ver tu rostro, son golpeados por el brillo de las criaturas. Y, en medio de todo eso, nos pides que creamos. Todo sería más fácil si te viésemos. Pero el Cielo nos parece lejano, mientras los seres creados se nos muestran ¡tan cerca! Contaminación lumínica, ya sé.

Sé que, si te hubieses quedado en carne, te habríamos crucificado mil veces más. Y, si te mostraras en gloria, tu brillo nos cegaría, y mataría nuestra libertad. Por eso entiendo, Jesús, que no hay otro camino para el amor que el de la fe. Pero, ¡cómo te la has jugado, marchándote así! Más de la mitad de la Humanidad te rechaza.

Se volvieron a Jerusalén con gran alegría.

Danos fe, Jesús, para que nuestras almas te vean y te amen locamente. Y que nuestra alegría, como la de aquellos apóstoles, muestre ante las miradas de los hombres, ebrias de falsos brillos, el resplandor de tu rostro. Quizá, así, se decidan a levantar sus corazones al Cielo.

(ASCC)

El día y la hora

Permaneced atentos al reloj, y no quitéis ojo al calendario, porque hay una hora, y también un día. No me refiero al smartwatch que lleváis en la muñeca, ni la app «calendario» de vuestros smartphones. Hablo del tiempo de Dios.

Viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre claramente. Es la hora en que fue derramado el Espíritu de la verdad, quien imprime en nuestros corazones la noticia sin palabras, en anuncio inefable de Dios. Es la hora en que el corazón de Jesús, traspasado por la lanza, derrama sangre y agua. Es la hora de quienes, como María y Juan, están allí, recibiendo ese manantial de luz.

Aquel día pediréis al Padre en mi nombre. Es el día, tan esperado, de Pentecostés. Es el día en que el Espíritu orará en nosotros con gemidos inefables. Anteayer comenzamos el decenario, y así vamos preparando el corazón para que el Paráclito, cuando llegue, lo inunde todo. Ese día pediremos, no desde nuestros corazones enfermos, sino desde el corazón del propio Cristo. Pediremos en Amor, porque el Espíritu es Amor, y el Padre mismo nos ama, y nosotros amamos al Hijo… y seremos escuchados.

(TP06S)

Dime cómo estás triste…

Me han preguntado, en ocasiones, si es un pecado la tristeza. Responder que sí sería una temeridad, cuando el propio Jesús, en Getsemaní, afirmó: Me muero de tristeza (Mt 26, 38).

Hay una tristeza que es pecado y es fruto del egoísmo. Aparece cuando nos empeñamos en dar vueltas y vueltas en la cabeza a nuestros pequeños o grandes problemas, y los convertimos en centro del Universo, cerrándonos sobre nosotros mismos y sepultándonos en nuestra propia fosa.

Hay, también, una tristeza santa. Es la tristeza del Señor, la que angustia su corazón a causa de nuestras culpas, la que hace llorar al pecador contrito, la que causa las lágrimas del santo ante la increencia de los hombres.

Y hay una tristeza que no es, en sí misma, ni santa, ni pecaminosa. Es la tristeza natural que experimentamos ante cualquier desgracia: la muerte de un ser querido, la humillación, el fracaso…

Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

La primera tristeza sólo se vuelve alegría cuando el pecador se convierte. La segunda se vuelve alegría cuando Dios responde a ella con su Amor. Y la tercera se vuelve alegría cuando la lloramos en el corazón de Cristo, nuestro consuelo.

(TP06J)