Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Página 2 – Espiritualidad digital

Lo que hacemos mirando al cielo

No sé si hago bien encarándome con un ángel. Pero me atreveré.

Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hch 1, 11).

Tendría yo unos diez años cuando cayó en mis manos un cómic mudo, sin palabras, de una sola página. Un hombre se plantaba en la acera mirando al cielo. Y, viñeta tras viñeta, cada persona que pasaba, movida por la curiosidad, levantaba también su cabeza para saber qué estaba mirando aquel hombre. En la penúltima viñeta era una multitud la que miraba hacia arriba. La última viñeta me la reservo para no hacer spoiler.

Eso hacían mirando al cielo. Eso hacemos mirando al cielo. Provocar a los hombres, para que ellos miren también. El santo, como vive mirando al cielo, hace a los hombres levantar la vista. Algunos encuentran lo que no quieren, y se vuelven contra el santo hasta matarlo. Pero otros, muchos otros, descubren el cielo abierto y ya no pueden retirar la mirada de lo alto.

Por eso, aunque nuestros pies estén bien asentados en la tierra, nuestros ojos no se apartan del cielo. Y es que lo que vemos allí nos enamora. Se llama, querido ángel, «esperanza». Y se llama, también, «vida espiritual».

(ASCA)

Por Jesucristo, nuestro Señor

Es arriesgado preguntar en qué pensaba el Señor cuando dijo esto:

Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa.

Como digo, es arriesgado. Pero ¿no dice san Pablo que tenemos la mente de Cristo? ¿No puede el Espíritu Santo, a través del don de entendimiento, iluminarnos sobre la intención del Hijo al pronunciar estas palabras?

Y, confiando en esa luz del Paráclito, yo diría que Jesús, al decir aquello, se refería de manera muy especial a la santa Misa. Porque es allí, en la santa Misa, donde la Iglesia presenta al Padre su oración suprema, y lo hace «por Jesucristo, nuestro Señor». Y, en ese santo Sacrificio, el Padre nos lo da todo. Nos abre el cielo, nos envía al Espíritu, nos alimenta con el cuerpo y la sangre del Hijo y nos santifica. ¿Se puede pedir más?

Por eso la frase concluye diciendo: para que vuestra alegría sea completa. Porque las alegrías de la santa Misa no son comparables a ningún gozo que pueda el hombre experimentar en la tierra. La pena es que muchos no las conozcan.

(TP06S)

Cuando el alma ni se acuerda del apuro

Difícil de explicar, y difícil de entender. Pero se trata de algo tan grande que no quiero renunciar a intentarlo.

Tengo comprobado –y tú también– que el dolor duele más cuando pensamos en él que cuando sólo duele. El darles vueltas a los propios padecimientos es un ejercicio que convierte los pinchazos en llagas a base de removerlos. Dice el Señor que la mujer, cuando ha dado a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.

Hay un momento y un lugar donde la muerte ha quedado definitivamente atrás. Hablando del cielo, dice Isaías que de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento (Is 65, 17). De ese momento habla Jesús: Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría.

El error es pensar que hay que esperar al final de la vida para gozar ese momento, una vez haya concluido nuestro funeral y nuestro cuerpo descanse bajo tierra.

Ese momento se puede alcanzar ya cuando hay vida espiritual. Y puede estar el espíritu tan embebido en la contemplación de Cristo que ni se acuerde de que la carne está sufriendo.

(TP06V)

El Espía

Mañana comienza el decenario con el que nos preparamos para la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. No dejéis de rezarlo, que con esa oración dilataréis el alma para que se llene con el Aire venido del cielo.

El Espíritu Santo es un espía divino. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye, lo que en secreto se dicen el Padre y el Hijo, las palabras íntimas de Amor entre ellos. Nos desvelará incluso los sentimientos más profundos de Cristo, porque Él –dice el Señor– recibirá de lo mío y os lo anunciará. Es un indiscreto, irrumpe suavemente en la intimidad del Hijo y nos la comunica con la misma suavidad.

Por si eso fuera poco, el Espíritu Santo os comunicará lo que está por venir. En el colmo de la indiscreción, y llevando a alturas divinas el arte del espionaje, nos desvelará el plan misterioso de la Trinidad para salvarnos, y nos hará gustar, por adelantado, las delicias celestiales.

Por eso, Dios no tiene secretos para quien cultiva la amistad con el Espíritu Santo. San Pablo, que sabía mucho de esa amistad, llegará a decir: Nosotros tenemos la mente de Cristo (1Co 2, 16).

(TP06X)

La pregunta que nadie hizo

Es un reproche curioso. Cuando Jesús, con un sencillo «sígueme», llamó a sus apóstoles, ninguno pregunto: «¿Adónde quieres que te siga?». Pero ahora, en el momento decisivo, Jesús se queja de que no pregunten:

Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: «¿Adónde vas?». Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón.

Tomás le había dicho: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? (Jn 14, 5). Si no lo sabes, pregunta. Pero no, no preguntó.

Es que les daba miedo preguntar. Ante ellos se abría un abismo de tinieblas. Dale la vuelta a la frase de Tomás: Vas a donde no sabemos. Y esa oscuridad nos aterra. Por eso nos quedamos clavados aquí, llorando tu marcha, en lugar de seguirte y cruzar contigo esa puerta hacia lo desconocido.

Muchos se detienen ante esa puerta. En ella se acaban los caminos. A partir de ella, el único Camino es Cristo. Pero quienes, abrazados a la Cruz, la traspasan, se dan cuenta de que esas tinieblas eran luz, y la luz de este mundo tinieblas. Allí está el cielo; aquí, la muerte. Pero sólo se ve desde ese lado.

(TP06M)

Te has vuelto a olvidar

No he contado el número de veces en que, durante su discurso de despedida, el Señor dice lo mismo con distintas frases. Pero son unas cuantas. Hoy, dos: Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis… Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho. ¿Por qué insiste tanto en que nos acordemos, cuando llegue el momento, de que nos lo había dicho?

La respuesta no puede ser más simple: Porque no nos acordamos.

Cuando todo va bien, y al rezar sentimos tan cerca a Jesús que casi lo podríamos tocar, qué bueno eres, Señor; cuánto te quiero, Jesús; gracias, Dios mío. Pero en cuanto se pone el sol, y perdemos de vista su rostro, y nos rodean las tinieblas, los dolores y la incertidumbre… ¿Dónde estás, Señor? ¿Es que ya no me quieres, o no me escuchas? ¿Es que he hecho algo mal? ¿Por qué me pasa esto?

Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho. Te has vuelto a olvidar. Todo va según el plan previsto. Reza, mira al Crucifijo, y no temas.

(TP06L)

La cicuta de Sócrates y las lágrimas de Jesús

A Jesús lo llamaban «Maestro». Y lo era. Pero era mucho más que eso. Sócrates era un maestro. Y, antes de morir, llamó a sus alumnos y les estuvo impartiendo una lección sobre la inmortalidad del alma hasta que la cicuta hizo su benéfico efecto y puso el punto final a la clase. Sócrates era un pesado.

Jesús también tuvo un último encuentro con sus apóstoles –no alumnos, sino apóstoles–. Y no lo dedicó a impartir lecciones, porque no era un pesado. Lo dedicó a hablar de Amor. Les dijo lo mucho que los quería, y les pidió que permanecieran en su Amor. Jesús venció por goleada a Sócrates en humanidad. Como hombre, me siento mucho más en casa ante el discurso de despedida de Cristo que ante todas las lecciones de Sócrates.

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos… No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros… El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

¡Es tan normal! ¡Y, a la vez, tan sobrenatural! «Me marcho, pero quiero seguir a tu lado. Quiéreme, guarda mis palabras, abrázate a ellas y seguiremos juntos. No te separes de Mí».

¡Tan sencillo!

(TPA06)

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