Tú, pecador

Pascua – Página 3 – Espiritualidad digital

Peregrinos que pisan fuerte

caminoNos viene a la cabeza el recuerdo de los mártires cuando escuchamos las palabras del Señor: Como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia.

Pero los mártires no agotaron el contenido de esta profecía del Señor. Cualquier cristiano que ame verdaderamente al Señor, aunque no llegue a sufrir muerte violenta a causa de su nombre, percibe la misma hostilidad. Este mundo no es habitable para un hijo de Dios. Violencias, mentiras, injusticias, frivolidad, blasfemias, insolencia… Estamos rodeados de pecado por todas partes, y ese pecado, por desgracia, se filtra muchas veces en nuestras almas. Por eso nos sentimos extranjeros, nos sabemos peregrinos, añoramos la Patria de cielo y soñamos con llegar a ella.

Y, con todo… amamos locamente a este mundo tan lleno de pecado. ¿Cómo podríamos redimirlo, si no lo amamos primero? Lo amamos, lo sufrimos y, si es preciso, lo abrazamos como lo abrazó Jesús en la Cruz. Nuestros pasos de peregrinos deben pisar fuertemente esta tierra y llenarla del perfume de Cristo. No nos sienta bien encerrarnos en «burbujas piadosas»; preferimos pasar por esta tierra derramando amor entre quienes no conocen al que me envió.

(TP05S)

Capitanes distintos, distintas guerras

Cada vez que pulso el teclado, aparece una letra en la pantalla. Es casi instantáneo. Con la lavadora sucede lo mismo: pulso el botón y ella, inmediatamente, comienza a cargarse de agua para limpiar.

Cuando hice el servicio militar (porque yo lo hice, aún quedamos unos cuantos), el capitán me decía: «No piense, Rey, no piense». Yo sufría al escuchar aquello, siempre me ha gustado pensar, pero entiendo que tenía razón. No se puede ser contemplativo en la guerra.

Afortunadamente, en el combate por la salvación del alma las cosas son distintas. Jesús ha hablado, hasta hoy, de «guardar» sus mandatos y permanecer en sus palabras. Quiere que las saboreemos y se nos llene el alma de su dulzura. Porque este combate es combate de Amor, y el amor requiere sosiego y contemplación.

Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Por primera vez, aparece en el discurso la palabra «hacer». Es el alumbramiento que sigue a la gestación del «guardar». Porque de poco nos serviría rezar si, después, no entregamos la vida. Os he destinado para que vayáis y deis fruto. Pero, primero… «piense, Rey, piense y contemple. Después, vaya a dar la vida sin contemplaciones».

(TP05V)

El irrenunciable deseo de ser felices

¿Puede una persona renunciar a su felicidad en bien del prójimo? ¿Es egoísta la búsqueda de la felicidad? ¿Le dirías a alguien que se busca a sí mismo porque quiere ser feliz?

La respuesta a las tres preguntas es «no». Podemos renunciar a nuestro tiempo, a nuestros bienes, a nuestros caprichos, a nuestras comodidades… Pero la búsqueda de la felicidad nos caracteriza como seres humanos. No podemos renunciar a ello. Más aún: quienes nos rodean necesitan que seamos felices. Si hay algo de lo que no puedes dudar respecto a la voluntad de Dios sobre ti, es de que Dios quiere que seas feliz. La felicidad no es un artículo de lujo.

Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Te diré que el Señor fue feliz incluso en la Cruz. Estuvo triste y sufrió, pero, más allá de su tristeza y su dolor, fue infinitamente feliz. Porque la felicidad no está en los bienes terrenos, sino en el Amor de Dios. Renunciar a ese Amor sería perdernos.

Por eso, si quieres ser generoso, deja, primero, que Dios te haga feliz. Así podrás conducir a otros a esa misma felicidad.

(TP05J)

Abróchate el cinturón

Para un sarmiento, resulta fácil permanecer unido a la vid. No tiene que hacer nada, le basta con quedarse quieto. Para un cristiano, permanecer unido a Cristo, sin embargo, puede resultar difícil. Se recoge en oración, asiste a la santa Misa, y se abraza fuertemente al Señor. Pero en cuanto sale de la oración, en cuanto la misa termina, un vendaval de urgencias, preocupaciones, quehaceres y pasiones se conjura para arrancar al sarmiento de la vid y lanzarlo a tierra.

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Al finalizar la oración, o al salir de misa, deberíamos atarnos a Cristo con un «cinturón de seguridad», para que la velocidad de la vida que llevamos no nos aparte de Él. Te mostraré, por si te ayuda, algunos cinturones que podrían mantenerte pegado a tu Señor mientras conduces por la autopista de la jornada:

Una frase del evangelio que repitas mil veces. Un crucifijo en el bolsillo que puedas acariciar. Un parón de segundos para dar gracias. Una mirada a un cuadro de la Virgen… Y no te conformes con un rato de oración por la mañana. Reza el Rosario y asiste a Misa cada día. Todo eso te ayudará a «permanecer».

(TP05X)

Dos lecciones de amor

Con más razón que nadie, Jesús fue llamado «Maestro». Todas sus palabras son enseñanzas para nosotros. Y, en las que hoy nos regala el evangelio, se ocultan dos lecciones de amor:

Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre. Nos cuesta entenderlo. Quien ama no se alegra al ver partir al ser amado. Y, sin embargo… Preguntadle a María Magdalena, ante aquel «No me retengas», de Jesús. Preguntadle a la Virgen santísima, cuando al pie de la Cruz dejó escapar a su Hijo. Hay más amor en dejar escapar al ser amado que en retenerlo, cuando el amado parte para cumplir con su destino. Llora, sí, el corazón, pero se alegra el alma, porque aquél a quien amamos alcanzará su plenitud.

Es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo. «¿Por qué habla usted tanto de obediencia, cuando Dios nos pide amor?», me preguntó un ejercitante durante un retiro. Le respondí: Porque la única forma de amar verdaderamente a Dios es la obediencia filial. Si amar es dar la vida, a Dios le entregamos la nuestra cuando la empleamos, libre y amorosamente, en hacer su voluntad.

(TP05M)

Una comunión cierta

Cuando recibimos la comunión sacramental, el cuerpo de Cristo y el nuestro se unen, y –siguiendo a san Agustín– es más el cuerpo del Salvador el que devora el nuestro que al revés, porque, por esa comunión, nuestros miembros resultan incorporados a Él.

También la escucha de la Palabra (con mayúscula, porque escuchamos al Verbo) produce una cierta comunión, o, mejor, una comunión cierta.

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. Es preciso, para que esta íntima comunión tenga lugar, que escuchemos la Palabra con el corazón abierto, acogiéndola en lo más profundo del alma. No nos empeñemos en desentrañarla, o en extraer rápidamente consecuencias o propósitos de lo que hemos leído o escuchado. Más bien, dejémosla resonar en el corazón, incluso aunque no entendamos, para que la voz llene el alma, aunque el entendimiento quede ayuno. Ya vendrá, cuando le plazca, el Paráclito, y Él será quien os lo enseñe todo, y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

Cuando escuchamos así, la Palabra va invadiendo dulcemente el espíritu, que queda colonizado por ella. Y, con ella, vienen el Padre y el Amor.

(TP05L)

Jesús y Ángela. Jesús y tú

Leí, hace algunos años, la vida de santa Ángela de Foligno. Y me impresionó tremendamente el modo en que Jesús, en aquellas revelaciones, se dirigía a esta mujer como un pretendiente que cortejase a su amada. Le decía: «Toda tu vida, tu manera de comer, beber y dormir, y tu vivir, todo me gusta… Hija mía, querida a mí, más que yo a ti… Templo mío, delicia mía… Tú tienes el anillo de mi amor, y estás prendada de mí, y jamás te alejarás de mí». Comprenderéis que esta mujer, al escuchar aquello, se sintiera abrumada.

Pero no concibo otra manera de relacionarse con el Señor. ¿Podremos cumplir el mandamiento nuevo, como yo os he amado, amaos también unos a otros, si no hemos gustado primero su Amor? Antes de lanzarnos a amar al prójimo, ¿no tendremos que preguntarle a Cristo: «Señor, ¿cuánto me quieres?»?

No se es verdaderamente cristiano hasta que el corazón no ha sido conquistado por ese Amor. No tengas miedo. Arrodíllate ante un sagrario, o ante un crucifijo, y pregunta: «Jesús, ¿tú me amas?». Después, calla y escucha.

Sólo quien se deja amar puede cumplir el Mandamiento Nuevo. Hay que ser muy feliz para ser santo.

(TPC05)

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