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Pascua – Página 4 – Espiritualidad digital

Cristo como camino

El camino que va de mi casa a la estación lo puedo recorrer caminando en 15 minutos. Lo hago muchos días. Pero ¿cómo recorro a una persona? ¿Cómo recorro al Hijo de Dios que me dice: Yo soy el camino ?

Una respuesta fácil: «Haz lo que Jesús te dice». De acuerdo, su palabra es vida eterna y, cumpliéndola, viviré. Pero, en ese caso, Él no es el camino, sino el que me muestra el camino. ¿Por qué, entonces, dice que el camino es Él?

Vamos con una segunda respuesta: «Haz lo que haría Jesús, y Jesús será entonces tu camino». Pero, ¿estoy seguro de saber lo que haría Jesús? Cristo rompió todos los esquemas y reventó todas las expectativas. ¿Cómo voy a saber lo que haría Jesús en el siglo XXI? Además, si lo supiera y ajustara todos mis actos a lo que Él haría, ¿conservaría yo mi libertad?

Creo que la respuesta correcta la ofrece san Pablo: Tened en vosotros los sentimientos de Cristo (Flp 2, 5). Adéntrate en la llaga de su costado, deja que los sentimientos de su corazón llenen el tuyo y, después… haz lo que te dé la gana. «Ama et quod vis fac».

(TP04V)

Los «seguratas» del Paraíso

Cuando abrimos el evangelio, el cielo se despliega ante nuestros ojos. Esas palabras que allí leemos no se pueden comparar con ninguna otra palabra de este mundo. ¿No has sentido nunca, mientras meditabas la palabra de Dios, que estabas palpando el Paraíso? Yo sí.

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. Saber «esto», cuando «esto» son las palabras de Cristo, sus enseñanzas y los sentimientos de su corazón es un gozo inmenso, y mientras lo saboreamos somos transportados por el Espíritu hasta las puertas del cielo, a lomos del don de entendimiento. Pero cumplir esas mismas palabras supone cruzar la puerta y entrar. Por eso, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica.

¿De qué nos serviría escuchar y quedarnos quietos, plantarnos en las puertas del cielo y no entrar, como si fuéramos los guardas de seguridad del Paraíso? ¡Ay de nosotros, si fuera así! Seríamos entonces semejantes a Herodes, de quien está escrito que escuchaba a Juan con gusto, aunque lo mató después.

Señor, concédenos escuchar tu palabra y gozar de su dulzura. Pero concédenos, sobre todo, obedecerte y ponerla en práctica. Porque no hay nada más triste que quedarse en la puerta y no entrar.

(TP04J)

Demasiados inputs

Entro en el templo. Hay cinco personas orando. Cuatro están mirando la pantalla del móvil. No pasa nada, no te extrañe. El móvil cumple ahora el papel que antes cumplía el libro; tú también lo usas, recuerda. Vale, no me enfado. Pero yo no tengo puestos los airpods, como esa señora. Déjala, estará escuchando una meditación. No sé…

Mientras avanzo por el templo, paso cerca de uno de los orantes y, disimuladamente, lanzo el ojo hacia su móvil… ¿Y ese chat que tiene abierto? ¿Está chateando con el Paráclito por WhatsApp? ¡Venga ya!

Son demasiados inputs. No podemos centrarnos en nada, rápidamente salta una alerta y hay que mirar hacia otro lado. Y, así, nada cala, todo queda en la epidermis.

El Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir. Y sé que su mandato es vida eterna. La palabra de Dios tiene tal poder que, si la dejáramos entrar hasta el fondo del alma, ella sola se cumpliría y nos santificaría. Pero, en el camino que va del ojo al corazón, siempre llega un mensaje que desvía nuestra atención, y la palabra se pierde. Así nos va.

Sin silencio, la santidad es imposible.

(TP04X)

Sobre cómo escuchar a Dios

No todas las ovejas pertenecen al rebaño del buen pastor. ¿Cómo hará Él para separar las suyas y llevarlas a las verdes praderas de su reino? Simplemente, abrirá sus labios y las llamará.

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen.

Tan sencillo como eso… O tan difícil.

Si estás esperando a escuchar, como Abrahán o como Samuel, una voz venida del cielo que te saque de la cama a medianoche, lo más seguro es que esa voz sea la de tu hijo pequeño que no puede dormirse y te pide agua. Pero no te garantizo que vaya Dios a pronunciar tu nombre haciendo temblar las paredes del dormitorio.

La voz del Señor la escuchas abriendo los santos evangelios. ¿Qué más quieres, si allí está cuanto Jesús ha querido decirte? Léelos despacio, dejando que esas palabras resuenen en lo profundo del alma, y estarás escuchando al buen pastor.

Y, si quieres más… Entonces, calla. Quédate en silencio ante el sagrario, y en ese silencio escucharás el silencio de Dios. Acógelo, y te dirá aquello que no pudo ser escrito en los evangelios, porque la única palabra que lo expresa es el silencio amoroso de Jesús.

(TP04M)

Esa vida que se desborda

Desde el domingo de resurrección, no ha cesado de aparecer en la liturgia la palabra «vida». Dios envió a su Hijo –dijo Cristo a Nicodemo– para que quienes creen en Él tengan vida, Él es el pan que baja del cielo y da vida al hombre, y Él es –escuchamos hoy– el buen pastor que ha venido para que sus ovejas tengan vida, y la tengan abundante. Estamos ya en la cuarta semana de Pascua, y la vida mana a borbotones desde ese manantial sagrado de la liturgia.

Se trata de una vida nueva, que no se identifica con el latir del corazón, sino con el gozo del alma en gracia. Muchos, cuyos corazones dejaron de latir hace años, disfrutan esa vida para siempre. Y muchos, cuyos corazones laten sin parar por las calles y avenidas, sin embargo, están muertos.

¿Y tú? ¿Qué vida estás viviendo? ¿Gozas de esa vida nueva, notas su alegría en tu alma, saboreas ese aire fresco del Espíritu? ¿O sigues atrapado en esa vida antigua que desemboca en la muerte? ¿Cuáles son tus penas y alegrías, las de ayer o las de este hoy eterno que Cristo ha abierto para ti? Si aún duermes… ¡Despierta!

(TP04L)

Chicos buenos y ovejas de Cristo

ovejasEl mejor retrato de lo que es un discípulo de Cristo lo dibuja el propio Jesús en la alegoría del Buen Pastor:

Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna.

Un discípulo no es un «chico bueno». El joven rico (¿te acuerdas de él?) era un chico bueno. Rezaba, cumplía los mandamientos, y no salía de botellón por las noches. Pero existe una enorme diferencia entre el discípulo y el buen burgués que reza y cumple. El buen burgués reza, pero él decide cuánto (en ocasiones, muchísimo, incluso «más de la cuenta»). Da limosnas, a veces cuantiosas, pero él decide el importe, y ya puede la Iglesia estarle agradecido. Cumple los mandamientos –¡faltaría más!–, y así piensa que se ha ganado el cielo. Su religiosidad está tan controlada como el resto de su vida. Controlada por él, claro.

La oveja, sin embargo, es pura necesidad. El pastor la guía, le da de comer, la saca del establo y le muestra el camino. Ella, más que hacer, se deja cuidar. Y es que, mientras el burgués dice a Dios: «Haré esto», el santo pregunta: «¿Qué quieres que haga?».

(TPC04)

La respuesta de Simón Pedro

Cuántos santos, cuántas vírgenes, cuántos mártires hubieran respondido a Jesús con las mismas palabras y la misma sinceridad de Simón Pedro:

– ¿También vosotros queréis marcharos?

– Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

Años antes, cuando Simón no era sino un rudo pescador de Galilea, hubiera sabido bien a quién acudir en caso de apuro: a su hermano, a sus compañeros de trabajo, a sus amigos, a su familia… ¡a su suegra! Al fin y al cabo, a ellos acudía cada jornada, al terminar el trabajo, y con ellos descansaba, reía y discutía. Pero una mañana, cerca del Jordán, conoció a Jesús, y lo amó de tal forma que ya no podía concebir su vida sin Él.

Es cierto. Son millones los seres humanos que viven sin Cristo. Y la vida se les hace más o menos soportable, porque no lo han conocido nunca. Pero, una vez has conocido a Jesús, y has gustado aunque sólo sea una gota de su Amor en el paladar del alma, la mera idea de pasar un minuto sin Él se vuelve insoportable.

Díselo tú también: «Señor, ¿a quién acudiré si no te tengo? No permitas que viva sin Ti».

(TP03S)

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