Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Pascua – Página 4 – Espiritualidad digital

¡Muéstranos a Cristo!

Estoy seguro de que quienes leéis estas líneas pedís cada día muchos favores al Señor. Pero, creedme, lo más grande, lo más importante que podéis y debéis pedir es vuestra unión con Cristo. Implorad que estéis tan estrechamente unidos al Señor que podáis decir al mundo lo mismo que el propio Cristo dice acerca de la unión entre su Padre y Él.

Quien me ha visto a mí ha visto al Padre.

Ojalá podáis decir: «Quien me ha visto a mí ha visto a Cristo».

Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras.

Ojalá podáis decir: «Lo que digo y lo que hago no lo digo ni lo hago por mi cuenta. Todo viene de los sentimientos del corazón de Cristo».

Pero, además de pedirlo, para lograr esa unión debéis tener una intensa vida de oración. Una vida de oración que sea, no una mera concatenación de peticiones, reflexiones y propósitos, sino un verdadero diálogo de Amor con Cristo, en el que os sumerjáis en su intimidad.

Porque, al igual que pidió Felipe a Jesús, el mundo nos está pidiendo: «Muéstranos a Cristo y nos basta».

(TP04S)

La Pascua y la Cruz

Confesaba a mis feligreses este pasado domingo que me enfadé cuando, para felicitarme la Pascua, un hombre me dijo: «¡Cristo ha resucitado! La Cruz ha quedado atrás». ¡Cómo va a quedar atrás la Cruz! La Cruz es la puerta del cielo y la clave para entender la vida. Es el centro del Cosmos. Y hasta al mismo cielo ha llevado Cristo sus llagas. Aparta de la Cruz la mirada, y todo se desmorona. Por eso desconfío de algunas espiritualidades que parecen estar desplazando la Cruz y buscando otro centro. Eso no es cristianismo, son juegos florales para burgueses.

La Iglesia sigue mirando a la Cruz en Pascua. Por no mirarla, muchos pasan la vida dándose de puñetazos con la adversidad y renegando de su suerte, como si Dios los hubiese olvidado. No han entendido dónde está la verdadera bendición del cristiano.

El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Una mirada al Crucifijo te hace entender que no eres más que Él, y que es una dicha compartir su suerte. La paz en el dolor. Cuando creemos que todo va mal, esa mirada nos hace entender que todo va bien.

(TP04J)

¿Quiénes son sus ovejas?

puertaPuede parecer despreciativo:

Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas.

Si alguien quisiera interpretarlo mal, diría que esas personas, que no pertenecen al rebaño del buen Pastor, están irremediablemente predestinadas a la condena. Y ¿qué culpa tienen de no ser de su rebaño?, ¿quién decidió por ellas a qué rebaño pertenecían?, ¿quién se las entregó a Satanás?

No. Jesús no desprecia a esas personas. Jesús llora porque esas personas lo desprecian a Él. Porque han decidido que de ningún modo quieren ser de los suyos. Y quien no es de Cristo es de Satanás, no hay término medio. Por eso no creen, porque no quieren fiarse.

Muchos dicen no tener fe, y hasta envidiar a quienes la tienen. Pero si les señalas el camino hacia la iglesia te dirán que de ningún modo van a recorrerlo, que no se fían de los sacerdotes ni del Papa.

Nadie te ha asignado al rebaño de Satanás. Salvo tú mismo, si no confías en la llamada del buen Pastor. Pero, si te fías, si te entregas a Él rendidamente y lo sigues, serás oveja suya, y Él te conducirá al cielo. Incluso si para ello debe llevarte sobre sus hombros.

(TP04M)

Locuras de Amor

Estoy seguro de que muchas madres darían la vida por sus hijos. Y la dan. Pero ¿tú darías tu vida por tu perro? ¿Conoces a alguien que lo haría? Y, si alguien lo hiciera ¿qué pensarías?

El buen pastor da su vida por las ovejas… yo doy mi vida por las ovejas. Jesús lleva la alegoría demasiado lejos. Ningún pastor da su vida por las ovejas.

Salvo que haya enloquecido. Y, loco de amor por sus ovejas, él mismo se haya vuelto oveja y se haya mezclado con ellas. Pero esas ovejas, en lugar de venerar a su pastor y agradecerle semejante humillación, se vuelven contra él, lo apresan, lo cubren de salivazos, le arrancan la piel a tiras y lo matan. Y el pastor convertido en oveja se muestra más bien cordero, se deja matar, y pide perdón para su rebaño.

Es una locura. Cuando los hombres hacemos locuras, somos capaces de llegar hasta el ridículo. Pero cuando es Dios quien enloquece de Amor, sus locuras hacen temblar la tierra y dejan al hombre con la boca abierta. De vergüenza y de asombro.

Permíteme que copie el texto de una canción: «¡Oh, Jesús, Amor mío, cuánto me has amado!»

(TPA04L)

Esa llamada que debes atender

Tres de la tarde. Acabas de terminar de comer. Y suena el teléfono. Un número desconocido. Te lo estás temiendo, pero atiendes igualmente la llamada. «Buenas tardes, mi nombre es Filomena y le llamo de xxxx para mejorar su contrato de…». De nada. Cuelgas. Te la han vuelto a pegar. Bloqueas el número. Hasta la siguiente llamada.

Cuelgas porque sabes que a esas personas no les importas. Sólo quieren tu dinero. Y te quieren decir lo que debes hacer o con quién debes contratar, no para ayudarte a ti, sino a ellos. Desde algún lugar desconocido quieren pastorearte para comerse, si no tu carne, al menos tus bolsillos.

El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. Escucha ahora al buen Pastor, Cristo. ¿Qué gana el Señor con que tú lo sigas? En mi caso, disgustos. ¿Alguien te cobra entrada por ir a misa? Y al sacerdote no le pagan más porque le hagas caso. Pero le importas. Quiere que vayas al cielo.

Creo que del buen Pastor puedes fiarte. No le cuelgues.

(TPA04)

La muerte por ingesta de conservantes

Maldita curiosidad. Se me ocurrió entrar en una de esas páginas que te informan sobre lo saludables que son los alimentos que compras en el hipermercado. Fui introduciendo los productos de mi lista de la compra, y me tuve ya por cadáver. Lo que no provoca cáncer provoca diabetes; lo que no provoca diabetes dispara el colesterol; y lo que no dispara el colesterol te sube el azúcar o el ácido úrico. No se salvó ni la baguette. Estoy condenado a muerte por ingesta de conservantes. ¡Ay de mí!

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. ¡Menos mal! Porque yo creía que la comida de este mundo, aunque no te salvara de la muerte, al menos la aplazaba y te permitía esperarla con buen sabor de boca. Pero ahora veo que mi lista de la compra no aplaza la muerte, sino que la provoca. Ni verdadera comida, ni verdadera bebida; es veneno ultraprocesado.

La comunión es buena para la salud. La del alma, claro. Pero, teniendo vida eterna en el alma, el colesterol es menos tóxico que un pecado venial.

Y, como hoy he comulgado, me abriré una lata de anchoas. Que me dejen en paz.

(TP03V)

Lleno el vientre y vacía el alma

Las palabras que ahora pronuncia Jesús sólo se entienden como respuesta a la pregunta que los judíos le hicieron al comienzo del discurso: ¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto (Jn 6, 30-31).

Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. La respuesta es terriblemente provocativa, debió dolerles. Pero podríamos seguir con más milagros: murió el leproso sanado de la lepra, murió el ciego que recobró la vista, murió la hemorroísa sanada por el manto del Señor, y murió Lázaro, quien salió del sepulcro.

Este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Quien comulga, sin embargo, tiene vida eterna, y pasará a través de la muerte como quien cruza una puerta hacia el cielo.

Y con todo, muchos, como aquellos hombres, prefieren la muerte a la vida. Cúrame a la abuela, ya se confesará cuando esté sana. Padre, déjeme de absoluciones y pida a su Dios que encuentre trabajo.

Por eso, a la hora de misa, están en el bar. Vientre lleno y alma vacía.

¡Si conocieran el don de Dios!

(TP03J)

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