El hombre que voló los puentes

Durante muchos años traté de verme a mí mismo en Judas. Yo también he traicionado a Cristo, lo he entregado a la muerte con mis pecados. ¿Qué me distancia de él?

Hace tiempo que dejé de hacer ese ejercicio. Y no porque no me vea capaz de esa traición, sino porque comprendí que la traición de Judas no es como la de Pedro. Pedro, como yo, flaqueó, fue presa de su soberbia y de su debilidad, pero lloró su culpa, volvió al Cenáculo, y se abrazó a Cristo resucitado en cuanto pudo hacerlo. Judas, en cambio, cambió de bando. En Getsemaní nos damos cuenta de que ya está en el otro lado, en el de los verdugos, forma parte de esa cuadrilla.

Judas jamás volvió al Cenáculo, eso le hubiera salvado. Pero, además de traicionar a Jesús, rompió con los hermanos, eligió la orfandad. ¿Qué le quedaba después de tomar consciencia de su traición? Había volado todos los puentes, ya sólo le quedaba la muerte, y en ella se precipitó.

Dicen que «corruptio optimi pessima» (la corrupción de lo mejor es lo peor). Quien ha tenido intimidad con Cristo y después rompe con Él se despeña en un abismo terrible.

(XSTO)