Lirbos de José-Fernando rey ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Página 2 – Espiritualidad digital

Consejos para un veraneo perfecto

Este domingo de julio nos regala un evangelio muy veraniego:

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco. ¡Cuántos de vosotros habréis salido de vuestras casas para buscar ese lugar tranquilo donde descansar!

Claro que esos deseos estivales no siempre se cumplen. Un disgusto familiar, un catarro, un vecino armado con una sopladora que limpia su jardín a la hora de la siesta… O, simplemente, el descubrimiento de que no hacer nada es aburridísimo. ¡Pobre de ti!

Aquí te apunto unos consejos para que tú descanses de verdad.

– Toma el Sol. Busca una iglesia en tu lugar de veraneo. Visítala cada mañana para hacer un rato de oración y deja que el Sol, que es Cristo, tueste tu alma antes de que el sol de la playa achicharre tu piel.

– Aliméntate bien. Comulga diariamente. La paella vendrá después. Y estará más rica.

– Ponte en forma. Acude a confesar, que con tanto pecado encima anda el alma a rastras. Deja que la gracia divina la rejuvenezca, y verás lo ágil que te sientes.

En definitiva: si quieres descansar de verdad, no te conformes con que el cuerpo descanse. Practica el descanso integral: cuerpo y alma. Volverás «nuevo».

(TOB16)

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Sin ánimo de perturbar…

¿Estás de vacaciones? No quisiera turbar tu descanso, pero permíteme una pregunta: ¿Habrías podido salir si hubieses tomado, como plan vacacional, el evangelio de hoy?

Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Lo del bastón está bien. Yo tengo una garrota con la inscripción «Pater», que uso cuando salgo a caminar por el monte. Lo de salir sin pan también vale, porque, al llegar, lo tienes en el Mercadona más cercano. Aunque ¿cómo lo comprarás si no llevas dinero (la tarjeta va incluida en la recomendación del Señor)? ¿Hubieras podido salir sin alforja, bolsa o maleta? ¿Y sin ropa para cambiarte, ni bañador, ni esos bermudas que te pones en Torremolinos?

Está claro: las recomendaciones de Jesús son para caminantes, no para veraneantes. Y ahí radica la verdad de fondo: si el cristiano contemporáneo no anuncia a Jesucristo es porque está atado a demasiadas cosas. Tiene demasiado que perder.

Dos preguntas más, y te dejo seguir descansando: ¿A cuántos no cristianos has hablado de Cristo en el último mes? ¿Qué te impide hacerlo?

¡Felices vacaciones!

(TOB15)

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Una palabra maldita

La lectura de aquella visita de Jesús a su pueblo produce una inmensa lástima. Vivían allí todos sus familiares y amigos. Nazaret debería haber sido hogar para Jesús. Sin embargo…

¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón?

De todas esas palabras, la que usan para referirse al Señor me parece la más dolorosa: éste. Cuando en un lugar donde has vivido toda tu vida te llaman éste, algo se ha corrompido hasta la fetidez. Aquellas personas habían perdido su capacidad de asombro ante el Hijo de Dios. Así no hay salvación posible, porque la salvación es fruto de un amor nacido del asombro.

Pienso en nosotros. Si sólo pudiéramos participar en una misa a lo largo de la vida, ¿cómo lo haríamos? ¿Llegaríamos tarde? ¿Iríamos vestidos de cualquier manera? ¿Llevaríamos el teléfono móvil encendido? ¿Nos marcharíamos corriendo de allí al terminar? ¿Comulgaríamos sin haber confesado?

Cada vez que veo a alguien vestido de veraneante playero en la misa del domingo resuena en mi interior una palabra maldita: éste.

(TOB14)

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El milagro como palabra

Cuando una persona habla, ¿qué importa más, su tono de voz o las palabras que dice? Lo importante son las palabras. ¿De qué le sirve a uno tener una voz preciosa, si no dice nada?

Jesús hizo bien ambas cosas. Sus milagros son palabras maravillosamente pronunciadas, cuyo contenido es vida eterna. Por eso, nunca busques el milagro por el milagro. Escucha, más bien, lo que el milagro quiere decirte.

Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Por la sangre se le va la vida; está enferma de muerte, como lo está el hombre después del pecado. Se le va la vida por el calendario, día tras día, hasta que llega el último.

Le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré». El manto de Jesús, bajo el cual nos alberga, es la Iglesia y los sacramentos. Cuando el agua del Bautismo toca al niño, cuando las palabras de la absolución alcanzan al pecador, el enfermo de muerte recibe vida eterna y queda sanado.

Ya has escuchado el milagro. Ahora proclámalo; que muchos siguen enfermos, tienen el manto del Señor muy cerca, y no lo tocan porque nadie les ha dado la buena noticia.

(TOB13)

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El tembleque interminable

miedoEl relato de san Marcos tiene su gracia. Cuando las olas rompen contra la barca y la llenan de agua, mientras Jesús duerme a pierna suelta, los apóstoles se llenan de miedo. Como nosotros: se nos echan encima, en conjunción de tormenta perfecta, el dolor, el pecado y la muerte. Jesús parece no estar allí, o no escucharnos, o… estar dormido. Viene la angustia, como les vino a los apóstoles. Y los apóstoles –quizá también nosotros– zarandean al Señor: ¿No te importa que perezcamos?

Jesús se restriega las legañas, se pone en pie, calma la tormenta y les reprende: ¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?

Lo curioso es que, después de esto, san Marcos nos cuenta que los apóstoles se llenaron de miedo. ¡Pues menuda gracia! Te mueres de miedo por la bravura de un enemigo y, cuando alguien más fuerte que él lo derrota, te mueres de miedo ante aquella demostración de poder. ¿Qué tiene que suceder para que dejes de temblar?

Que tengas fe. Y que sepas que, al contrario que el poder del pecado y de la muerte, el poder del Señor está de tu lado. ¡Si al menos aprendieras, del Señor, a dormir tranquilo!

(TOB12)

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Lo que aquéllos no entendieron

Sermón de la montañaDices que hubiera sido maravilloso escuchar el Sermón de la Montaña en directo, sentado en la hierba de aquel monte. Pero quienes escucharon entonces no entendieron al Señor. En primer lugar, porque el Espíritu aún no había sido derramado; en segundo lugar, porque aún no habían sucedido los hechos que darían pleno sentido a sus palabras.

El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana. El hombre es Cristo. La semilla, su cuerpo. Durmió de noche un Viernes, y se levantó, de mañana, un Domingo.

La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Tras su resurrección, el árbol de la Iglesia va creciendo y dando frutos hasta la segunda venida del Señor.

Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega. Un día, el grano estará a punto, y llegará la siega. El Hijo del hombre volverá sobre las nubes, seremos arrancados de este mundo, y llevados por Él al Paraíso.

Todo esto no lo entendieron quienes estaban allí. Pero tú y yo lo entendemos y nos gozamos. Alégrate de escucharlo hoy.

(TOB11)

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Relaciones tóxicas

Casi sin querer, y otras veces queriéndolo mucho, a conciencia, huimos de las relaciones «tóxicas». Si el vecino es un pesado, y no puedes decirle «hola» sin aguantar quince minutos de monólogo, prefieres esperar en el descansillo hasta que suba al ascensor. Si el compañero de trabajo está lleno de problemas, intentas mantenerlo a distancia para que no te llore en el hombro. Con aquellos antiguos amigos que ahora reniegan de la Iglesia ya no sales, no vaya a ser que te inciten al pecado…

Compa­decido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». Al tocar al leproso, Jesús contraía impureza legal. Comió con publicanos, se juntó con meretrices y, para mostrarnos su predilección por la toxicidad, incurrió en la maldición de la Cruz para redimirnos. Ya se ve que la toxicidad opera sólo de una parte: eran relaciones tóxicas para Él, y sanadoras para nosotros.

No seas tan «higiénico»: soporta un poco a ese vecino, escucha a ese compañero, sal con esos amigos. No te mancharán; a lo sumo, te robarán tiempo. Pero, en ese tiempo, les darás cariño y, a través de ese cariño, podrás llevarles el Amor sanador de Dios. ¡Mánchate un poco, por favor!

(TOB06)

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