El Mar de Jesús de Nazaret

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Página 2 – Espiritualidad digital

¿Quién es «de los nuestros»?

La primera crisis que sufrió la Iglesia vino a cuenta del jamón de bellota. La Ley de Moisés prohibía a los judíos, entre otras cosas, comer carne de cerdo. Pero, un buen día, a la hora del aperitivo, Dios le mostró a Pedro, en una visión, una tabla de ibéricos de Guijuelo, y le dijo: «Come». Simón supo que, a partir, de entonces, la salvación ya no estaba encerrada en Israel, sino que se derramaría a todos los hombres. Pero no todos lo entendieron igual de bien.

Hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros.

Ya, por entonces, los apóstoles apuntaban maneras. Pero se dejaron traspasar por el Espíritu, y sus corazones se abrieron hasta convertirse en «católicos», universales.

Hoy, las fronteras no las traza el jamón, sino las ideologías: «Éste es de izquierdas», «éste vota a los populistas». Son formas de decir: «no son de los nuestros», y protegernos contra ellos.

Pero, de nuevo, nos equivocamos. Todos son «de los nuestros». Simplemente, algunos no lo saben. Y nosotros tenemos el mandato de acercarnos a ellos y anunciarles que Dios los ama, que son «de los nuestros».

(TOB26)

“Evangelio

El niño que fuiste

¿No te has preguntado nunca qué ve Dios en ti, para amarte tanto?

Durante unos ejercicios espirituales, al darse cuenta de lo mucho que Dios lo amaba, un amigo se acercó y me dijo: «Veo lo mucho que me quiere Dios, y pienso: “Le he engañado. Pobrecillo. ¡Qué ignorante!”».

Y tomado a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí».

Ese niño que fuiste un día, antes de pecar, y en cuyos ojos sólo brillaba lo que Dios había dejado en ti… ¿Qué hiciste con él?

Sigue ahí, dentro de ti, aunque sepultado por tu pecado. Por eso, sólo Dios lo ve. Y, al verlo, se enamora de su propia obra, no de tus falsos méritos.

Hoy te sugiero dos tareas: desentierra a ese niño; límpialo de la costra de pecado en que lo sepultaste, para que recupere su inocencia. La segunda tarea quizá sea más difícil aún: mira como mira Dios. Busca al niño que hay dentro de cada persona (también dentro de quienes tan mal te caen o tanto daño te han hecho). Así también tú podrás amarlos.

(TOB25)

“Evangelio

Amores que matan

Pedro quería muchísimo a Jesús… Pero lo quería mal. Quien te quiere mal te puede acabar matando.

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser ejecutado»… Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.

Haríamos lo que fuese por ahorrar dolores a nuestros seres queridos. Y nos equivocamos. Como se equivoca la madre que le da a su hijo cuanto pide, con tal que no sufra. Si su amor no se purifica, lo matará.

Simón estaba dispuesto a matar para evitar el sufrimiento de Jesús… Pero no estaba dispuesto a sufrir con Él. Lo negó tres veces.

¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!

Mira cómo ama, cómo piensa Dios; aprende a amar. Tú le pides al Señor que te libre de tus dolores, y Él, en lugar de acabar con tu dolor, lo sufre contigo. Cuando aprendas, cuando pienses como Dios, sabrás que el amor no consiste en evitar dolor al ser amado, sino en sufrirlo con Él. Y, así, el amor a Jesús no te moverá a querer bajarlo a Él de la Cruz, sino a subir tú a esa Cruz para con Él sufrir, morir y resucitar.

(TOB24)

“Evangelio

Un milagro con exceso

Se le fue a Jesús la mano. Y, queriendo curar a un mudo, curó a cientos a la vez. Cuando, después, quiso arreglarlo, ya no era posible. ¡Cualquiera vuelve a meter la pasta de dientes dentro del tubo!

Será mejor, Señor, que midas tus fuerzas en el próximo milagro.

Te presentaron a un sordo que, además, apenas podía hablar. Y Tú suspiraste y le dijiste: Effetá (esto es, «ábrete»). Pero lo gritaste tan fuerte, que aquella palabra, además de sanar al enfermo que estaba ante ti, alcanzó, con su poder, a los cientos de personas que te rodeaban. De repente, se les soltaron las mordazas de los respetos humanos, y sus bocas, libres de cobardías y demonios mudos, comenzaron a proclamar tu nombre a grandes voces.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

No los culpes, Jesús, por gritar tu gloria. Míranos, más bien, a nosotros. ¡Son tan pocos quienes aclaman tu nombre por las calles! ¡Son tantos los cristianos que enmudecen ante el mundo por vergüenza!

¡Grítalo! Grítalo de nuevo, desde el Cielo, con más fuerza que nunca: Effetá. ¡Y que se acaben los mudos!

(TOB23)

Te siento lejos

Por si acaso te resulta familiar, te relataré una escena terrible:

Él y ella están sentados, comiendo. Hablan poco. Al comenzar el segundo plato, uno de los dos se queja:

– ¿Dónde estás?

– Estoy aquí.

– No, no estás aquí. Estás lejos. Te siento lejos.

– Son cosas tuyas. Estoy aquí, a tu lado. Quizá sea el cansancio.

– No es cansancio. Estás a mil kilómetros de mí.

Tras este breve diálogo se cierne la sombra de una infidelidad. Si un ser querido te siente lejos cuando estás a centímetros de él, deberías mirarte por dentro y sincerarte, primero, contigo mismo. Pero si quien se queja de que te siente lejos es Dios…

Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

Examínate; hay mucho en juego. Rezas, pero tu corazón no late. Cumples, pero no vibras. Dices creer, pero te aburres junto a Dios. ¿Dónde estás? ¿A mil kilómetros de Dios? ¿Quién, o qué, te ha llevado hasta allí? Vengo a decirte que Dios te siente lejos.

Vuelve, vuelve deprisa. Rompe esas cadenas; trae de nuevo el corazón a la alabanza de tus labios. ¿No te das cuenta de que nada ni nadie te hará feliz sino Dios?

(TOB22)