La Resurrección del Señor

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo B) – Página 2 – Espiritualidad digital

Obraréis milagros mayores

Buscad, en los evangelios, a un solo enfermo que implorara de Jesús la sanación y no la obtuviera. No lo encontraréis.

La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males. Jesús no negó la curación a ningún enfermo que se lo pidiera con humildad; incluso curó a muchos que no se lo habían pedido, como el soldado Malco o el paralítico de la piscina probática.

Cuando, en 1917, la Virgen apareció en Fátima, los videntes le rogaron por multitud de enfermos. Ella respondió: «Algunos se curarán». Y algunos se curaron. No todos. Yo he visto sanaciones milagrosas. También he peregrinado a Lourdes con enfermos, y esos enfermos murieron. Murieron todos en los brazos de la Inmaculada.

Cristo ya no sana a todos los enfermos. No os enfadéis si no obtenéis el milagro. Ahora los cielos están abiertos, ahora la muerte es camino hacia la Vida. Por eso, ahora Cristo sana las almas. Vienen enfermas al sacramento del Perdón, y la absolución obra siempre el milagro; un milagro mucho mayor que la resurrección de Lázaro. Todo aquel que acude contrito al confesonario resulta curado. Allí es donde ahora se derrama el poder sanador de Jesús.

(TOB05)

El corazón en los labios

Allá por el siglo pasado, cuando estudiaba Derecho, sufrí al peor profesor que he tenido en mi vida. Sacaba de la cartera un manual descatalogado, que no estaba ni en la Biblioteca de la Facultad, y comenzaba a leer a toda velocidad hasta que concluía la clase. Nos las veíamos negras para tomar apuntes a ese ritmo. Hasta que alguien, felizmente, se hizo con el manual, lo fotocopió, y nos pasó a todos la tabla de salvación. A partir de aquel momento, las clases se vaciaron; sólo quedamos cuatro alumnos poseídos de un discutible sentido de la responsabilidad. Afortunadamente, a los cuatro nos aprobó sin examinarnos, como recompensa por nuestra paciencia.

Les enseñaba con autoridad, y no como los escribas. Siempre he pensado que los escribas eran como aquel profesor mío: leían lo que otros habían escrito, y aburrían a las piedras. Pero llegaba Jesús, abría los labios, y sus palabras ardían. ¡Este hombre se cree lo que dice! ¡Habla de lo que ama! ¿Cómo no escucharlo? Temblaban los demonios, se indignaban los fariseos, y caían rendidos de amor los discípulos.

Cuando hables de Cristo, pon el corazón en los labios. Te entiendan o no, que noten que estás enamorado.

(TOB04)

“Evangelio

Cristianos

¿Qué es un cristiano? De un admirador de Jesús diríamos que es un «fan». ¿Para qué quiere Cristo un club de fans? A un seguidor de la doctrina de Cristo lo llamaríamos, más bien, «cristista». Pero un cristiano es alguien que pertenece a Cristo. La madre de un sacerdote amigo mío murió señalando el crucifijo y diciendo: «Le pertenezco». Era cristiana.

A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él. Aquellos primeros no fueron tras la doctrina de Jesús, sino tras el propio Jesús. Se sentían cautivados por Él.

¡Qué lástima, no haberlo visto! Por un lado, pienso que estar allí hubiera conllevado un riesgo terrible: ¿Y si no lo hubiera reconocido? ¿Y si no lo hubiera creído? ¿Y si me hubiera dado la vuelta, como el joven rico? Pero, por otro lado, pienso que Jesús tuvo que tener un magnetismo tremendo. Entonces creo que, si le hubiera mirado a los ojos, me habría rendido por completo ante Él. Nunca lo sabré.

Hay personas empeñadas en cumplir la doctrina cristiana que, sin embargo, apenas conocen a Cristo. ¡Qué religión tan aburrida! Tú enamórate primero, y cumple después.

(TOB03)

“Evangelio

¿Por qué se te hace larga la misa?

aburreImagínalo: Es domingo y, como cada domingo, vas a misa. Supongo que a la de siempre, a esa hora que te viene bien. Perfecto. Y cuando entras en la iglesia y haces la genuflexión, sale una voz del sagrario: «¿Qué buscas?»

Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ya ves, es la misma pregunta que Cristo hizo a Andrés y Juan, pero, ahora, te la hace a ti. «¿Qué buscas?»

Estás en un aprieto. Llevas tanto tiempo acudiendo a misa cada domingo, que apenas sabes responder.

«Busco tu ayuda, Señor, porque sufro y necesito tu consuelo y tu auxilio».

«Busco el cielo, no quiero condenarme, por eso vengo a cumplir con el precepto dominical».

«Busco la santidad. Quiero ser santo, y sé que no puedo serlo sin la Eucaristía».

Muy bien, muy bien. Pero ahora escucha la respuesta de Juan:

¿Dónde vives?

Ojalá fuera también la tuya:

«Te busco a ti. Vengo a tu casa porque vives aquí, y yo quiero vivir contigo. Quiero pasar mi vida a tu lado, ya no sé vivir sin ti».

Claro que, si ésa es tu respuesta, no tendría sentido que pasaras la misa mirando el reloj, ¿verdad?

(TOB02)

“Evangelio

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