Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Página 2 – Espiritualidad digital

Los peligros de la doble vida

Se sorprendió Bartolomé de que Jesús le dijera: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño»… «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Jn 1, 47-48). Sin duda, lo que sucedió bajo la higuera, cuando Bartolomé pensaba que nadie lo veía, fue algo noble. Por eso dice Jesús que es un israelita sin doblez: es el mismo cuando lo ven que cuando no lo ven, a oscuras que bajo los focos.

En «Nacida ayer» (George Cuckor, 1950), un joven periodista le dice a la novia de un mafioso: «No hagas nada que te avergonzara ver publicado en  primera página del “New York Times”». Es un gran consejo.

Nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Ten cuidado con la doble vida. Si algo tienes que hacer entre tinieblas, si tienes que esconderte para que no te vean, teme. Porque lo que escondes se conocerá, en esta vida, o el día del Juicio. Si no quieres que algo se sepa… no lo pienses.

Pero, sobre todo, teme por ti. La doble vida te parte en dos. Y, partido en dos, no eres dos; eres medio. Estás muerto.

(TOA12)

Sólo para los muy pobres

En cierta ocasión, san Francisco fue asaltado por unos ladrones. Salió huyendo, y ellos lo persiguieron hasta la cueva donde vivía. Una vez allí, se dio la vuelta, y, sonriendo, les ofreció la poca comida que guardaba. Ya comprenderéis que poco tenía que perder aquella alma de Dios; su único deseo era, más bien, ganar para Cristo los corazones de quienes le robaban.

Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos. La única persona capaz de cumplir estas palabras es quien, como el santo, ha dado todo por perdido, y nada quiere conservar en este mundo. Todo lo doy por perdido, y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo (Flp 3, 8).

No podrás poner la otra mejilla si no has renunciado a tu orgullo. No podrás entregar túnica y manto si no has renunciado al abrigo. No podrás acompañar dos millas a quien te lo pide si no has renunciado a tu tiempo. Y no podrás ganar a Cristo si, primero, no has dado por perdido todo en este mundo.

(TOA07)

No bajes el listón; déjate levantar

Rebajar la exigencia del Evangelio es traicionar a la verdad. Leemos el Sermón de la Montaña, e, inmediatamente, nos disculpamos: «Bueno, no es para tanto. Aunque Jesús dice: El que se casa con la repudiada comete adulterio, yo os digo que esa mujer puede rehacer su vida si encuentra amor en otro hombre». Consideramos imposible cumplir el Evangelio, y, como no tenemos fe, bajamos el listón para volverlo posible, soñando que Dios nos respaldará. ¡Ay de nosotros!

Más nos valdría afrontar la verdad: el Evangelio es imposible de cumplir. La Ley era difícil, el Sermón de la Montaña es imposible. Esforzándome, puedo evitar matar o adulterar. Pero si el que se deja llevar de la cólera o el que mira a una mujer deseándola merece el Infierno… Entonces no puedo salvarme.

¿Qué haré? Rebajar el listón es una idiotez y una estafa. Prefiero a san Agustín: «Dame lo que mandas, y manda lo que quieras». Me arrodillaré, pediré el milagro de un corazón nuevo, acudiré a la oración y a los sacramentos, y dejaré que la gracia divina me renueve interiormente. Ella, con mi pobre cooperación, hará posible en mí lo que para mí es imposible. Dios me hará santo.

(TOA06)

Ventanas abiertas a la luz

El Sermón de la Montaña no estaba dirigido exclusivamente a las personas que escuchaban al Maestro. Jesús pronunció aquellas palabras pensando en nosotros:

Vosotros sois la luz del mundo.

Se refiere a ti. Y, para que entiendas hasta qué punto esa llamada es signo de predilección divina, te diré que Jesús dijo algo idéntico de sí mismo:

Yo soy la luz del mundo (Jn 8, 12).

¿Entiendes que estás llamado a ser «otro Cristo»? Aunque no de la misma forma. Jesús es el sol. Tú y yo debemos ser unas ventanas abiertas, que iluminan la habitación. En la medida en que nos hacemos transparentes a la gracia, llenamos de claridad la tierra.

¿En qué se te nota que eres cristiano? Quienes no frecuentan la iglesia no te ven rezar. Y si, fuera del templo, vives como viven los demás…

Si estás alegre en medio de las dificultades, serás luz. Si perdonas incluso las peores ofensas, serás luz. Si te preocupas por todos, serás luz. Si no hablas mal de nadie, serás luz. Si sabes encontrar un momento a solas con un amigo para hablarle de Cristo, serás luz. Y, si todos los cristianos fuéramos luz, el mundo estaría muy iluminado.

(TOA05)

No bastan las palabras

Pienso en lo cómodo que estoy en mi despacho, frente al ordenador, escribiendo sobre lo que más me gusta escribir, sobre Cristo. Dejando aparte el esfuerzo mental de encontrar las palabras adecuadas, ¡es tan fácil! Y sé que hago lo que Dios quiere, pero no puedo evitar sentir vergüenza.

Jesús recorría toda Galilea enseñando.

Durante tres años, Jesús no tuvo dónde reclinar la cabeza. Sus días pasaron en constante movimiento, predicando por todas partes el evangelio. Igual les sucedió a los Doce: abandonaron sus casas para dormir, muchas noches, a la intemperie, y pasar, muchos días, pisando caminos mientras llenaban de luz el aire.

Puedo llegar más lejos con un dedo sobre el ratón que Jesús con todas sus caminatas… Pero no es lo mismo. Dejarse la vida en el camino no es igual que pulsar «enter».

Os haré pescadores de hombres. No dejaré de escribir; no podría. Pero quisiera no olvidar –y que no olvides– que pescar hombres supone mucho más. De nada sirve echar la caña si no te has puesto a ti mismo como cebo para que los hombres se te coman, y, al comerse tu vida, sean pinchados por el dulce anzuelo del Amor de Cristo.

(TOA03)

“Evangelio

Así te ha amado Dios

Desde que el pueblo de Israel salió de Egipto, cada año, al llegar la Pascua, se sacrificaba un cordero en las casas de los hebreos. Sin embargo, año tras año, aquel pueblo continuaba sumido en la esclavitud del pecado. Ninguno de esos corderos pudo limpiar las culpas de los pecadores, precisamente porque pertenecían a los mismos culpables; eran corderos de los hombres, y no puede lo sucio limpiar su propia suciedad.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Llegada la plenitud de los tiempos, Dios entregó a los hombres un cordero que no procedía de ellos, y que, por tanto, no estaba manchado con sus culpas, porque era el Cordero de Dios, su propio Hijo. Lo puso en manos de los pecadores, y supo, desde el principio, que lo matarían, y que aquella muerte sacrificial redimiría los pecados de los hijos de Adán.

Piénsalo bien, y muere de gratitud. ¿Quién, de entre nosotros, entregaría a su hijo único en manos de otra persona, si sabe que esa persona lo matará cruelmente? Pues eso es lo que ha hecho Dios, y lo ha hecho por amor a ti. Así te ha amado Aquél que te creó.

(TOA02)

“Evangelio