Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos del Tiempo Ordinario (Ciclo A) – Página 2 – Espiritualidad digital

Sé feliz

La palabra «bienaventurados» es una de esas palabras que uno sólo encuentra habitualmente en la Biblia. No es un término con el que estemos familiarizados en el lenguaje coloquial. Lo más parecido a ella en el lenguaje del día a día es «felices». Sólo la bienaventuranza es la felicidad verdadera. Los santos han sido las personas más felices de la Tierra.

Bienaventurados los pobres en el espíritu... Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados los que tienen hambre… Bienaventurados los perseguidos…

Así desmantelamos el primer engaño. Ni la riqueza, ni el prestigio, ni la risa hacen feliz al hombre. Sólo lo embriagan. Se puede ser pobre y ser feliz, pasar hambre y ser feliz, ser ultrajado y ser feliz. Jesús, en su discurso, está dibujando un crucifijo. Está gritando: «También en la Cruz seré feliz».

Porque la felicidad sólo la trae el amor. Y si ese amor es el Amor, la felicidad se eleva hasta los límites celestiales de la bienaventuranza. Aunque te falte todo, si gozas del Amor serás la criatura más dichosa.

No te conformes con leerlo. Entra por caminos de oración, goza de la gracia de Dios en tu alma, ama a Cristo y recibe su Amor… ¡Sé feliz!

(TOA04)

La luz del mundo

Aún está viva en la memoria la estela del prólogo de san Juan, proclamado en Navidad: El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre (Jn 1, 9). Y hoy san Mateo reproduce las palabras del Profeta: El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande.

No entendemos el regalo que es la luz hasta que no oscurece y, de repente, todo se torna oscuridad y tinieblas. Y entonces, cuando al insomne lo rodean esos fantasmas que pueblan la noche, devorado por la angustia, anhela el día. Se le vuelven los minutos horas, y hasta llega a dudar de que amanezca. Dios nos libre de los terrores nocturnos.

Imaginad que Cristo desapareciera de nuestras vidas. Que no pudiéramos recitar ni una oración. Que no pudiéramos mirar un crucifijo ni una imagen de la Virgen. Que no hubiese Eucaristía. Imaginad lo que sería la muerte sin Cristo. Y lo que sería la vida sin Cristo: sólo tedio, tristeza y, quizás, una mala embriaguez.

Ahora volved a encender la luz, mirad a Cristo iluminándolo todo. ¡Qué hermosa es la vida entonces! ¡Hasta el dolor se vuelve dulce sufrido con Él!

¿Es o no es Jesús la luz del mundo?

(TOA03)

La obsesión del santo

Un joven, a quien llamamos «el joven rico», se acercó a Jesús preguntando qué tenía que hacer para heredar vida eterna. En su favor diremos que era consciente de que necesitaba salvarse, y de que esa salvación requería que pusiera algo de su parte. Su error consistía en pensar que podía hacer algo para obtenerla. La vida eterna está fuera de nuestro alcance.

Contra lo que muchos piensan, uno no se salva por hacer algo, aunque ese algo sea muy bueno y se haga muchas veces. La Ley no era sino una preparación para la revelación final. Por eso Jesús, cuando el joven le dijo que la había cumplido, le respondió que le faltaba algo.

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. La salvación del hombre es una persona: Cristo. Cristo lo es todo. Encontrarlo y amarlo es pasar de la nada al todo; de la muerte a la vida; de las tinieblas a la luz.

Sólo quien se ha obsesionado dulce y amorosamente con Cristo, quien ha sido irremediablemente secuestrado por su Amor, sabe que está salvado. Él no es quien nos dice cómo salvarnos; Él es la salvación. Abrazadlo, y no lo soltéis.

(TOA02)

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