Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Espiritualidad digital – Página 7 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Hoy nos han tendido una escalera

Hoy en Belén nos ha tendido Dios una escalera. Y en su peldaño más bajo, tan bajo que debemos agacharnos para alcanzarlo, hay un pesebre sobre el que está un niño recostado.

El que persevere hasta el final, se salvará. Perseverar hasta el final comienza hoy. Se trata de abrazar a ese niño y no soltarlo hasta que hayamos ascendido a la cima por esa escalera.

Peldaño a peldaño, subiremos un monte, el Calvario, y entonces nos abrazaremos fuerte fuerte, para atravesar, pegados a Él, dificultades, persecuciones, y la misma muerte. No temeremos, Jesús viene con nosotros. Y del mismo modo que Él dirá: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 22, 46), diremos nosotros, con Esteban: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hch 7, 59). Nosotros se lo damos a Él, y Él se lo entrega al Padre. Son los últimos peldaños. Cuando, unidos a Jesús, entreguemos la vida, llegaremos al cielo, a la cumbre.

Y todo, ya lo ves, empieza hoy. Podrías ir entrenando y, antes de decirle en la Cruz «recibe mi espíritu», decirle, en el pesebre, lo que aprendiste de pequeño: «Por eso te quiero tanto y te doy mi corazón. Tómalo, tuyo es, mío no».

(2612)

“Misterios de Navidad

Carantoñas

¿Qué hace un padre con su hijito de tres años? Se agacha y juega con él. Le hace cosquillas y carantoñas. Ríe el niño, ríe el padre. Y, después, lo abraza, lo levanta en alto, y lo besa.

Hoy quiere Dios jugar contigo. Eres tan serio que no lo entiendes. Si supieras lo pequeño que eres lo entenderías. Y sabrías que sólo jugar con Dios puede salvarte.

Mira al Niño Jesús. Y date cuenta de que es Dios agachado. Agachado para jugar contigo. Acércate a Él, sin miedo. Deja que te toque, que te haga cosquillas y carantoñas. Los mayores somos ridículos cuando hacemos carantoñas a los niños. En Dios eso es sobrecogedor. No te sientas ridículo tú; tú eres el bebé. Él es Dios agachado.

Deja que te abrace, que su abrazo te abarque por completo. Pon tu vida en sus manos, suéltalo todo y dáselo. Dile, con Teresa: «Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?»

Y ahora déjate levantar. Y tú, que eres hombre, serás elevado a la altura de Dios. Porque Él, siendo Dios, se ha abajado a la altura del hombre.

Cuando te haya alzado, te besará. Y estarás eternamente junto a Él.

(2512)

“Misterios de Navidad

¡Mirad!

Dice el salmo: Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora; porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa (Sal 129, 7).

A Zacarías le cerró el ángel los labios porque no decía más que tonterías. La pena es que sólo le sucedió a él. Muchos otros hay a quienes les vendría bien el correctivo. Porque, en aquel silencio, Zacarías aprendió a tener vida interior. Y cuando, al fin, sus labios se abrieron, brotaron de ellos palabras de vida. En aquellos nueve meses fue gestado Juan en el vientre de Isabel y la sensatez en el alma de su esposo.

Juan es el centinela de la aurora, el que toca la corneta para despertar al pueblo y anunciarle la salida del sol. Y Zacarías es su profeta, el que presta sus labios a un hijo que aún no puede hablar.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte. Mirad allí, grita el centinela mientras señala al Oriente. Mirad la luz que despunta.

Mira el Belén, mira a la Virgen, mira a José. Esta noche saldrá el Sol.

(2412)

Maestros de escuela

Nos estamos volcando en las parroquias con las familias cristianas. Lo necesitan, porque vivimos tiempos de enorme confusión y debemos sembrar buena doctrina. Por eso organizamos, entre otras cosas, escuelas de padres. Tiene gracia que los padres vayan a la escuela. Quién se lo iba a decir.

Si pudiera, traería a Zacarías e Isabel como profesores en una escuela de padres. Nadie mejor que ellos puede enseñar a los matrimonios jóvenes el tesoro de la paternidad.

Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. He aquí la primera lección: El hijo es siempre una gran misericordia. No es un problema, ni una enfermedad, ni un intruso. Es una gran misericordia, un regalo de Dios, que deposita una vida en manos del matrimonio.

«¿Qué será este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. Segunda lección: El hijo no es un objeto propiedad de los padres. Es una criatura de Dios, llamada por Él a cumplir un plan. Y los padres deben arrodillarse ante ese plan, ayudar al hijo a descubrirlo y animarle a levarlo a cabo. Así serán santos y felices el hijo y los padres.

(2312)

“Misterios de Navidad

¡Qué bueno has sido conmigo!

Las palabras del Magnificat son el fruto de un silencio. Desde que el ángel se retiró, María quedó sumergida en una oración profunda. Mientras se palpaba el vientre, su corazón recorría las Escrituras, y se iba viendo a sí misma reflejada –o, mejor, anunciada– en Ana, la madre de Samuel; en la esposa del rey del salmo 44… Judit, Ester, Rut… Todas ellas están en el Magnificat. En ese tiempo de oración, María comprendió su propia vida y reconoció lo bueno que había sido Dios con ella. ¿Acaso no puede resumirse todo el canto diciendo «¡Qué bueno ha sido Dios conmigo!»?

El Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo.

¿Por qué no compones tu propio magnificat? Pide luces al Espíritu y repasa tu historia viendo en ella las maravillas de Dios. Aparca tus quejas hasta después de las fiestas (y si quedan aparcadas para siempre, mejor aún) y llénate de gratitud. Gracias por que me creaste, gracias por que me amas, gracias por mis padres, gracias por mi bautismo, gracias por la fe, gracias por los amigos, gracias ¡por los dolores!, gracias por lo bueno que has sido conmigo.

Ya estás preparado para recibir al Señor.

(2212)

“Misterios de Navidad

La épica del silencio

¿Qué esperaban los judíos del Mesías?

Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, cual guerrero implacable, sobre una tierra condenada al exterminio; empuñaba la espada afilada de tu decreto irrevocable, se detuvo y todo lo llenó de muerte (Sab 18, 14-16).

Eso esperaban: Un guerrero, un rey armado hasta los dientes que sembraría muerte y cataclismos hasta la victoria final. Pero no entendían que aquella guerra no se libraba con espadas de acero, y que aquella muerte sería la del propio Ungido. No entendieron la épica del silencio.

José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo.

Por eso no lo reconocieron: porque llamó suavemente a puertas pequeñas, como María y José, y esas puertas se abrieron sin hacer ruido sobre los goznes de la obediencia.

No busques la Navidad en el ruido. Escucha la llamada silenciosa, confiesa tus pecados, ora, abre las puertas del corazón a María y a José. Entra en la épica del silencio, y deja el ruido para los del matasuegras.

(TAA04)

“Misterios de Navidad

Una mujer de rodillas

Una mujer de rodillas no es un militar en primer tiempo de saludo.

El militar recibe una orden. Se cuadra ante su superior y, a partir de ese momento, la misión queda en sus manos. Cuando esté cumplida, en primer tiempo de saludo dirá a su superior: «¡Sin novedad!».

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret. Llamamos a esta escena «anunciación». Y hay motivo para ello. Dios no está dando una orden a la Virgen; le está anunciando su plan de salvación. Será la Trinidad misma quien lo lleve a cabo. El Padre enviará al Espíritu a las entrañas de María, y el Espíritu dejará allí al Hijo encarnado. Después, ese Hijo redimirá la tierra y rescatará al hombre sepultado en el pecado y la muerte.

A la Virgen se le pide permiso. Sin ese permiso no habrá redención. Por eso no se cuadra como el soldado, sino que se postra enamorada: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Treinta y tres años más tarde, será el Hijo quien diga al Padre: Está cumplido (Jn 19, 30).

¿Te atreverás a decirle a Dios: «Haz lo que quieras conmigo»?

(2012)

“Misterios de Navidad

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