Cuando el alma ni se acuerda del apuro

Difícil de explicar, y difícil de entender. Pero se trata de algo tan grande que no quiero renunciar a intentarlo.

Tengo comprobado –y tú también– que el dolor duele más cuando pensamos en él que cuando sólo duele. El darles vueltas a los propios padecimientos es un ejercicio que convierte los pinchazos en llagas a base de removerlos. Dice el Señor que la mujer, cuando ha dado a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.

Hay un momento y un lugar donde la muerte ha quedado definitivamente atrás. Hablando del cielo, dice Isaías que de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento (Is 65, 17). De ese momento habla Jesús: Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría.

El error es pensar que hay que esperar al final de la vida para gozar ese momento, una vez haya concluido nuestro funeral y nuestro cuerpo descanse bajo tierra.

Ese momento se puede alcanzar ya cuando hay vida espiritual. Y puede estar el espíritu tan embebido en la contemplación de Cristo que ni se acuerde de que la carne está sufriendo.

(TP06V)