Evangelio 2020

Martes de la 4ª semana de Cuaresma – Espiritualidad digital

¿Podré darte, al menos, lástima?

algo peorMe hubiera gustado ver los ojos de aquel pobre hombre, postrado en tierra durante treinta y ocho años, cuando, tras preguntarle Jesús si quería quedar sano, le respondió:

Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina.

Me hubiera gustado ver la impotencia en su mirada, en esas pupilas que, desde el suelo, mirando hacia arriba, le decían al Señor mucho más de lo que hablaba la lengua: «¡Señor! ¡Si yo quiero! Pero… mira cómo estoy. ¿No te doy lástima?».

Fueron los ojos del paralítico, no sus palabras, los que conmovieron las entrañas de Jesús.

Hoy quisiera yo rezar con esos ojos. Y mirar al Señor como un pobrecillo, cubierto de pecado y de miseria, incapaz de limpiarse a sí mismo y de dar un paso más allá de sus estrechas fronteras. Con mi mirada quisiera decirte, Jesús: «¡Si yo quiero! Quiero hacer tu voluntad, quiero darte gloria con mi vida, quiero caminar en tu presencia, quiero entregarte mi corazón por entero, quiero ser tuyo hasta en los pliegues más íntimos de mis entrañas… ¡Pero no lo sé hacer! Hace años que quiero todo eso, y aún no te he dado apenas nada. ¿Podré darte, al menos, lástima?».

(TC04M)

(HOMILÍA EN AUDIO PARA QUIENES NO PUEDEN ASISTIR A MISA HOY) (Pulsar en el enlace con el botón derecho para descargarla)

 

MÁS MATERIAL PARA REZAR EN CASA DURANTE LA CUARENTENA:

(MEDITACIÓN DE 30 MINS.) (Pulsar en el enlace con el botón derecho para descargarla)

 

La piscina accesible

La traducción litúrgica del evangelio de hoy omite un versículo cuya procedencia es dudosa:

Esperaban la agitación del agua. Porque el Ángel del Señor bajaba de tiempo en tiempo a la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua quedaba curado.

Por dudosa que sea la procedencia del versículo, sin él no se entiende el drama de aquel paralítico. Aunque fuese a rastras, podía alcanzar la piscina. Pero, sin ayuda, no podía llegar el primero. Tendría que haber previsto el Ángel una agitación «paraolímpica» de cuando en cuando. Pero no la previó.

Jesús lo mira y se conmueve. Él traerá otra agua. Y esa agua, que manará de su costado abierto, curará la peor enfermedad del hombre: el pecado. No habrá que correr para alcanzarla, porque es agua para quienes están postrados. Bastará con mirar a la Cruz y dejarse bañar. Que no sólo recibe el perdón quien está el primero en la cola del confesonario. También lo recibe quien tiene que esperar a que confiesen otros cinco antes que él. El único que no lo recibe es quien se dice: «Hay mucha gente esperando. Ya vendré a confesar otro día».

(TC04M)