Liber Gomorrhianus

Martes de la 3ª semana de Cuaresma – Espiritualidad digital

Ten entrañas

A la parábola que hoy nos presenta el evangelio se la ha llamado «parábola del siervo sin entrañas». Me gusta el nombre, porque la diferencia entre el señor y el siervo radica, precisamente, en las entrañas, en el corazón.

Dios tiene un corazón tierno y compasivo. ¿Acaso no dice el señor, en el relato: tuve compasión de ti? Así es Dios. Después de que nosotros lo afrentamos, cuando nos ve presos de nuestras culpas, nos mira y piensa: «¡Pobrecito!». Esa compasión de Dios ha sido nuestra salvación. Porque, si hubiera pensado, al vernos esclavos de la muerte: «¡Merecido lo tienen!», tú y yo estaríamos condenados al Infierno para toda la eternidad.

«¡Merecido lo tiene!» ¿Nunca lo has pensado, cuando has visto sufrir a quien te hizo daño? ¿Nunca has dicho «Ésta me la pagas»? Sé sincero…

No olvides que has sido mirado con ojos compasivos por Dios. Recuerda cuánto lo has ofendido, y avergüénzate. Porque un pecador que ha sido mirado con lástima no debería endurecerse ante nadie. Nunca, por mucho que vivas, te afrentarán tanto como tú has afrentado a Dios.

Por eso, cuando te ofendan, recuerda tu pecado, y mira con ojos compasivos a tu hermano. Ten entrañas.

(TC03M)

La misericordia nunca se improvisa

misericordia   ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Permitidme hablar claro: lanzarse como un valiente a practicar la misericordia con el prójimo es una insensatez. Y es la forma más rápida de acabar siendo un déspota, por puro hartazgo. No estamos preparados para la misericordia, sino para la crueldad. Cosas del pecado original.

   Antes de lanzarse a practicar la misericordia, es preciso dar dos pasos que nos preparen para ello. Y el primero es recibir la misericordia de Dios: como yo tuve compasión de ti. Hay que confesarse; hay que recibir la absolución sabiendo que es pura gracia, puro Amor divino que no merecemos. Debemos meditarlo hasta llorar.

   El segundo paso es ser misericordiosos con nosotros mismos: si Dios ha sido paciente con nosotros, ¿por qué nos enfadamos, llenos de soberbia, cada vez que pecamos? ¿Por qué no nos tratamos bien, y nos llevamos de nuevo al confesonario para recibir la misericordia de Dios, que no se agota?

   Cuando hayamos dado esos dos pasos, podremos acercarnos al hermano, que está lleno de miserias, como nosotros. Y será más fácil tratarlo como Dios nos ha tratado, como nos tratamos a nosotros mismos. Ahora sí.

(TC03M)

No estrangularás

estrangular   No conozco la lista de morosos de mis lectores, e ignoro si alguno de ellos ha tenido que recurrir al cobrador del frac para cobrar sus deudas, pero estoy seguro de que la parábola del siervo sin entrañas no va referida, principalmente, a cuestiones económicas. Éstas son sólo una muestra, un símbolo de deudas más acuciantes y difíciles de cobrar.

   Agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes». ¿Para que recurrir al cobrador del frac, cuando uno sabe estrangular al prójimo y sacudirlo hasta que paga?

   Le has recordado a tu marido diez mil veces que debe hablar más contigo; pero vas a dejarlo sin aire y no podrá hablar más. A tu mujer le has repetido hasta la saciedad que debe respetar tus manías; pero la pobre ya no sabe qué manía respetar primero. En tu trabajo no paras de quejarte de que no se te valora; pero tus superiores y tus compañeros están hartos de valorar lo quejica que eres.

   Eres un pesado. Todo el mundo te debe algo, y tú no debes nada a nadie. Espero, por tu bien, que a Dios no le dé por estrangularte hasta que pagues la deuda que tienes con Él.

(TC03M)