Tú, pecador

Fiesta de la Presentación del Señor – Espiritualidad digital

Y el templo se llenó de gozo

Aquella mañana, el templo se llenó de alegría. La mayoría de quienes allí estaban no notaron nada, iban a lo suyo y no prestaban atención; tenían ojos y no veían; tenían oídos y no oían; honraban a Dios con los labios, pero su corazón no estaba en el templo, sino en otro lugar. Sin embargo, algunas almas escogidas, cuyos corazones estaban elevados al cielo esperando el consuelo de Dios, se llenaron de ese júbilo y lo hicieron resplandecer en sus rostros.

Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos. Los labios de Simeón manaron una alegría serena y sobrenatural. Y Ana, la vieja profetisa, alababa a Yahweh, viendo compensados sus ayunos con aquel banquete de Amor divino. Y el silencio embelesado de la Virgen, y el gozo contenido de José…

Pido al cielo esa misma alegría para ti y para mí; para nuestras almas en gracia, que son templos donde habita el Espíritu de Cristo. Nuestros ojos no han visto al Salvador, como lo vieron los de Simeón; pero mora en nosotros, como moró en las entrañas de la Virgen, y nos llena por dentro, como llenó el Templo de Jerusalén aquella mañana.

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