Libros de José Fernando Rey Ballesteros

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Página 2 – Espiritualidad digital

La lepra, la gripe, la gracia…

diez leprososCuando los leprosos acudieron a Jesús, se quedaron a distancia. Se pararon a lo lejos, y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». La lepra era señal de impureza, y, por respeto, no se acercaron. Ojalá los imitaran mis penitentes, porque tengo a media parroquia con gripe, y algún pecador, además de confesarme los pecados, me va a transmitir los gérmenes si siguen confesando cara a cara en lugar de usar la rejilla. Y, como acabe yo en cama, ¿a quién confieso?

Volviendo a lo importante: Mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se postró a los pies de Jesús. ¿Ves cómo se han acortado las distancias? Mientras estaba sucio, se quedaba lejos. Ahora, cuando está limpio, se aproxima hasta besarle los pies.

No es lo mismo estar en pecado que estar en gracia. Un alma en pecado siempre reza desde lejos; el alma en gracia reza en intimidad con Cristo. Por eso, si estás en pecado, haz caso a Jesús: ve al sacerdote, confiesa. Y, si andas griposo, ve por la rejilla, por favor. Luego, ya en gracia, abraza al Señor. Al sacerdote, mejor déjalo, hasta que te cures. Gracias.

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El Siervo

Jamás entenderemos la hondura de la parábola del siervo inútil si la leemos deprisa. Porque rápidamente pensamos que el Hijo de Dios, autor de la parábola, es el Amo, y a nosotros nos corresponde el papel del servidor.

Trasladémonos a la Última Cena: Os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre (Mt 26, 29). Después de realizar su trabajo labrando o pastoreando  (que ambas labores realizó el Hijo de Dios), Jesús piensa ya en la comida que le aguarda en casa.

Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú. Antes de pasar al reino de su Padre, el Siervo tenía que alimentar a sus señores. Y, en la Cruz, nos entregó su cuerpo como alimento y su sangre como bebida. Después, cuando consumó su servicio, pasó a comer y beber con su Padre.

Lo sorprendente de la parábola es que el Hijo de Dios asumió primero el papel del siervo. Y así nos marcó el camino a nosotros.

Dios ya te ha servido a ti. Ahora, dime: ¿sirves tú a Dios?

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Tan pobre como Lázaro

La parábola de Lázaro y Epulón es la historia de un hombre tan pobre, tan pobre, que sólo tenía a Dios.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

¡Qué paradoja! Quien ni siquiera recibía las migas de la mesa del rico, sin embargo alimentaba a los perros con sus llagas. Tan pobre era, que ni su propia sangre le pertenecía. ¿Te recuerda a Alguien?

Quizá Epulón creía en Dios. Quizá rezaba. Puede que tuviera a Dios, pero lo tenía como «una cosa más», entre las miles de cosas que poblaban su vida. Quizá no se conformaba con ser rico en bienes materiales, y deseaba tener igualmente bien alimentado el espíritu. Pero, cuando se tiene a Dios, y se tienen mil cosas más, Dios suele quedar sepultado entre cosas.

Tú tienes cosas… Tienes que usarlas, pero no las hagas tuyas; sé capaz de vivir sin ellas. Porque, si quieres salvarte, debes ser como Lázaro: tan pobre, tan pobre, que sólo tengas a Dios, y no puedas prescindir de Él para nada.

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Al menos, sé listo

Le diagnosticaron una enfermedad mortal e irreversible. Siendo consciente de que le quedaban apenas unos pocos años de vida, decidió gastar todos los ahorros que había acumulado en disfrutar de los placeres de que se había privado hasta entonces. Cometió pecados terribles. Después murió. Y murió solo y triste.

El que Jesús nos ponga como ejemplo a un administrador infiel que ha derrochado los bienes de su amo no es una incitación a la corrupción, sino a la astucia. La parábola parece pronunciada con cierta sensación de impotencia, como si Jesús quisiera decirnos: «Si no queréis ser santos, sed, al menos, listos».

Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Y aquel hombre fue empleando el dinero de su amo en hacer amigos que le garantizasen el futuro.

No te digo nada nuevo: vas a morir. ¿De qué te sirve exprimir los pocos años que quedan de tu vida, si después no encuentras morada donde disfrutar la eternidad? Emplea tus bienes en obras buenas, que te granjeen la amistad del Señor y de los santos, y así, cuando mueras, tendrás un hogar eterno en el Cielo.

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Ojos de misericordia

Si me preguntas dónde reside la misericordia, tendré que contestarte que, más que en las obras, la misericordia reside en la mirada.

¿Cómo mira, en la parábola del hijo pródigo, el hermano mayor a su hermano pequeño? ¿Quién es su hermano, para él?: Ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres. Ni siquiera lo llama «hermano». Es el «hijo de su padre». La acusación que formula es verdadera; aquel joven había malgastado el dinero de su padre en excesos y pecados. Pero los ojos del hermano mayor no pueden ir más allá.

¿Cómo mira el padre ultrajado a su hijo? Se le conmovieron las entrañas… lo cubrió de besos… «Este hijo mío estaba muerto y ha resucitado». Es su hijo amado, el que perdió su vida, y ahora vuelve arrepentido. Por eso, en lugar de acusarlo, lo abraza.

Así te mira Dios cada vez que te confiesas. No temas nunca acercarte a Él, por muchos que sean tus pecados.

Y así deberías mirar, tú también, a quien te ofende. Si tus ojos, en lugar de clavarse en la ofensa, se clavan con compasión en la desgracia de quien te ha ofendido, serás misericordioso. Aprende a mirar.

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