Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

Domingos de Tiempo Ordinario (ciclo C) – Página 2 – Espiritualidad digital

Tan pobre como Lázaro

La parábola de Lázaro y Epulón es la historia de un hombre tan pobre, tan pobre, que sólo tenía a Dios.

Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.

¡Qué paradoja! Quien ni siquiera recibía las migas de la mesa del rico, sin embargo alimentaba a los perros con sus llagas. Tan pobre era, que ni su propia sangre le pertenecía. ¿Te recuerda a Alguien?

Quizá Epulón creía en Dios. Quizá rezaba. Puede que tuviera a Dios, pero lo tenía como «una cosa más», entre las miles de cosas que poblaban su vida. Quizá no se conformaba con ser rico en bienes materiales, y deseaba tener igualmente bien alimentado el espíritu. Pero, cuando se tiene a Dios, y se tienen mil cosas más, Dios suele quedar sepultado entre cosas.

Tú tienes cosas… Tienes que usarlas, pero no las hagas tuyas; sé capaz de vivir sin ellas. Porque, si quieres salvarte, debes ser como Lázaro: tan pobre, tan pobre, que sólo tengas a Dios, y no puedas prescindir de Él para nada.

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Al menos, sé listo

Le diagnosticaron una enfermedad mortal e irreversible. Siendo consciente de que le quedaban apenas unos pocos años de vida, decidió gastar todos los ahorros que había acumulado en disfrutar de los placeres de que se había privado hasta entonces. Cometió pecados terribles. Después murió. Y murió solo y triste.

El que Jesús nos ponga como ejemplo a un administrador infiel que ha derrochado los bienes de su amo no es una incitación a la corrupción, sino a la astucia. La parábola parece pronunciada con cierta sensación de impotencia, como si Jesús quisiera decirnos: «Si no queréis ser santos, sed, al menos, listos».

Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa. Y aquel hombre fue empleando el dinero de su amo en hacer amigos que le garantizasen el futuro.

No te digo nada nuevo: vas a morir. ¿De qué te sirve exprimir los pocos años que quedan de tu vida, si después no encuentras morada donde disfrutar la eternidad? Emplea tus bienes en obras buenas, que te granjeen la amistad del Señor y de los santos, y así, cuando mueras, tendrás un hogar eterno en el Cielo.

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Ojos de misericordia

Si me preguntas dónde reside la misericordia, tendré que contestarte que, más que en las obras, la misericordia reside en la mirada.

¿Cómo mira, en la parábola del hijo pródigo, el hermano mayor a su hermano pequeño? ¿Quién es su hermano, para él?: Ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres. Ni siquiera lo llama «hermano». Es el «hijo de su padre». La acusación que formula es verdadera; aquel joven había malgastado el dinero de su padre en excesos y pecados. Pero los ojos del hermano mayor no pueden ir más allá.

¿Cómo mira el padre ultrajado a su hijo? Se le conmovieron las entrañas… lo cubrió de besos… «Este hijo mío estaba muerto y ha resucitado». Es su hijo amado, el que perdió su vida, y ahora vuelve arrepentido. Por eso, en lugar de acusarlo, lo abraza.

Así te mira Dios cada vez que te confiesas. No temas nunca acercarte a Él, por muchos que sean tus pecados.

Y así deberías mirar, tú también, a quien te ofende. Si tus ojos, en lugar de clavarse en la ofensa, se clavan con compasión en la desgracia de quien te ha ofendido, serás misericordioso. Aprende a mirar.

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El éxtasis y los camiones

«Posponer» significa «poner detrás». Y así debemos entender las palabras del Señor:

Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Nadie debe interponerse entre Jesús y el discípulo. Cuando se quiere seguir al Señor, las criaturas deben quedar atrás. ¿Nunca has intentado seguir al coche de un amigo, y un camión enorme se ha interpuesto entre los dos? Es molesto, ¿verdad? Por eso lo adelantas, lo pospones; porque no te deja ver a aquél a quien quieres seguir.

Todo esto es verdad. Pero ¿cómo se pospone uno a sí mismo? Si a mí mismo me dejo atrás, ¿quién queda para hacer el seguimiento?

Se llama «éxtasis», y significa «salir de uno mismo». ¿No ves que, muchas veces, tú eres el principal obstáculo entre Cristo y tú? Un dolor, un disgusto, un plan roto, una tristeza… y ya no ves al Señor. Pero quien se enamora queda «extasiado»: se le sale el corazón del pecho en pos del ser amado, y ya ni de sí mismo se acuerda.

Pues eso.

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El Siervo, el camarero, y el amo de la casa

Cuando te conviden a una boda… vete a sentarte en el último puesto.

¿Quién ocupa el primer puesto en el banquete de la Misa? Si respondes deprisa, dirás: «el sacerdote».

El sacerdote es un camarero de Cristo: te entrega la Palabra, te da de comer, y, mientras tú rezas devotamente después de comulgar, él apenas puede hacerlo, porque tiene que darte la comunión a ti. El sacerdote, en misa, es el penúltimo. El último es Cristo, escondidito en la Hostia y entregado como Víctima y como alimento.

El primer puesto, en la misa, lo ocupa el que se pasa la misa chateando con el móvil; el que llega a misa vestido de cualquier forma, porque dice que aquello es su casa y se viste como quiere; el que entra en la iglesia, y, sin hacer siquiera una genuflexión, se sienta en el banco con las piernas cruzadas como si fuera a ver la televisión. Estas personas entran en el templo como si fueran los amos. Mientras tanto, el Señor se entrega como el siervo de todos.

Si, de verdad, quieres ocupar el último puesto en el banquete de la misa, adora al Señor. Póstrate, y sitúate por debajo de Él.

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La salvación «por contacto»

Algunos piensan que la salvación se obtiene por contacto, o por proximidad. Si uno pasa tiempo en la iglesia, si asiste a misa, o le besa los pies del crucifijo de la capilla… ¡Zas! ¡Al cielo! Y si, además, invita a comer al sacerdote, es posible que le reserven un pequeño palco en el reino. No es broma; así pensaban quienes, en palabras de Jesús, le dijeron a Dios tras verse condenados:

Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.

La respuesta del amo es terrible: No sé de dónde sois. Es decir: «Has comido a mi lado, pero no has vuelto a nacer para Dios. ¿De dónde eres? ¿A quién sirves?».

El contacto es importante, porque el roce hace el cariño. Claro que hay que venir a la iglesia, y escuchar la predicación, y besar los pies del crucifijo. Lo de invitar al sacerdote a comer… no sé; no es obligatorio.

Pero si no dejas que ese contacto te contagie, si no te conviertes tú en un crucifijo, si no entras por la puerta estrecha… Entonces tendré que decirte que también los soldados que crucificaron al Señor lo tocaron. Y ojalá nunca lo hubiesen tocado.

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El enfriamiento global

Quizá haya quien piense que habría que reservar estos pasajes evangélicos para enero, cuando la prensa no viene llena de incendios, pirómanos, y subidas de temperaturas:

He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

Sólo faltaba un texto como éste para que nos culpen a los cristianos del apocalipsis climático, como culpó Nerón a la Iglesia primitiva del incendio de Roma.

Te ofreceré una visión del Planeta distinta a la que capta el Meteosat:

Hace un frío terrible; vivimos la peor de las glaciaciones. El amor a Cristo desaparece de las almas, y los corazones se congelan entre pantallas e indiferencias. Muchos cristianos, que acuden a los templos, han refrigerado su piedad sepultándola entre el hielo de una vida burguesa. Van a misa, y rezan, pero todo lo hacen con desgana… Les despierta más pasión el fútbol, o la política, que Jesucristo.

He venido a prender fuego a la tierra

El mundo necesita pirómanos; corazones encendidos de amor a Jesucristo que incendien la Tierra y derritan las almas de los hombres como cera. Cuando provoquemos ese necesario «calentamiento global», el Señor podrá volver tranquilo a instaurar su reino, sabiendo que nos encontrará preparados.

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