Cadenas que nos atan

Me encontraba de visita en casa de una anciana a quien llevo cada semana la Comunión. Y, al poco de entrar yo, salió de casa su hija. Pasados diez minutos, entró nuevamente en casa: «Me he tenido que volver. Me había dejado aquí el teléfono móvil». Cogió su teléfono y volvió a marcharse con el gesto contrariado de quien había perdido diez minutos de vida.

Me dio que pensar. Sobre todo, porque lo que le sucedió a esa mujer me puede suceder a mí. Alguien nos ha atado al teléfono móvil con una cuerda de no sé cuántos metros de largo, los suficientes para estirarse durante diez minutos y paralizarnos después. ¿Estamos realmente ganando libertad con todos estos artefactos, o estamos siendo esclavizados por las cosas? ¿Somos más libres que aquellos discípulos de Jesús que salían de una aldea sin previo aviso para dirigirse a otra tan ligeros de equipaje como los pájaros?

Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Renunciar a todos los bienes no significa dejar de usar las cosas que nos ayudan. Pero examina si estás atado a algo que no sea al propio Cristo.

(TOI31X)