¿Vosotros veis a Dios con vuestros ojos?
No.
Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Desde su ascensión al cielo, Dios encarnado se marchó lejos. Lejos de nuestros sentidos. No lo vemos. Y –creedme– es bueno, aunque duela, que no lo veamos, porque su presencia nos intimidaría y limitaría nuestra libertad.
Envió sus criados a los labradores. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon. Como aquellos labradores, aprovechando la lejanía de Dios, el hombre se ha adueñado de la Creación. Y abomina de aquéllos que le recuerdan que existe un Dios dueño de todo.
Pero si esos ojos, que no pueden ver a Dios, se abrieran bien… Verían su huella en la Creación, en el fluir de la vida, en la palabra de quienes nos recuerdan que ese Dios nos ama… y en la dicha de un tiempo de oración ante un sagrario.
No. Nuestros ojos no pueden ver a Dios. Pero si se abren ante el misterio, el alma cae de rodillas y adora.
Pobres ciegos.
(TOA27)











