Así escribe san Pablo: El Hijo de Dios, Jesucristo, no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí (2Cor 1, 19).
Lo mismo podría decirse de la santísima Virgen. En ella sólo hubo sí. Un sí definitivo y llevado hasta el final.
Pero en nosotros… Somos una permanente mezcla de sí y no, de noes que parecen síes y síes que parecen noes, noes que se convierten en síes y síes que se vuelven noes. Menudo trabalenguas.
Llama el padre al primer hijo: Él le contestó: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Llama al segundo: Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. Son modelos tremendamente humanos. El primero es de ésos que siempre quieren agradar, pero realmente no quieren sacrificarse por nadie; pura fachada. El segundo es de aquéllos que siempre están a la defensiva. Les pidas lo que les pidas, su primera respuesta es invariablemente «no». Pero después recapacitan, bajan las defensas y, siempre que puedas sufrir ese primer «no», sabes que cuentas con ellos.
En cuanto a nosotros, hemos dicho algunos síes que nos comprometen. Llevémoslos hasta el final. También hemos dicho algunos noes a Dios; quizá estamos a tiempo de rectificar.
(TOA26)











