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Espiritualidad digital – Página 51 – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Reloj, no marques las horas

La gente se equivoca con la vida eterna. Piensan en una vida interminable, como si, al finalizar el partido y ser alcanzados por la muerte, el árbitro celestial pitara una prórroga infinita. Pero eso no es la vida eterna. Además, la vida es «terminable». Se acaba con la muerte. No hay prórroga.

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Cuando conoces a Cristo, cuando lo contemplas y caes rendido ante Él, cuando tú lo miras y Él te mira en medio de esa noche de la fe, ¿no te parece que escapas del tiempo? Es lo del bolero, para que me entiendas: «Reloj, no marques las horas, haz esta noche perpetua, para que nunca se aleje de mí, para que nunca amanezca». Eso, pero hecho verdad.

Da pena que la oración de muchos cristianos sólo consista en «Dame, perdóname, gracias, haré esto, evitaré aquello». No contemplan, están atrapados en el tiempo.

Dejaos levantar. Mirad con mirada de fe. Habitad la eternidad. Gozad el Amor. Y, cuando el árbitro pite el final del partido, los noventa minutos serán absorbidos por ese reloj que no marca las horas. El gozo eterno.

(TP07M)

Reunionitis

Me convocan a tantas reuniones que, muchas veces, pienso que alguien confunde la eficacia con el tiempo que pasamos sentados (en sillas espantosas, por cierto). Olvidaron aquel refrán: «Reunión de pastores, oveja muerta». Otras veces creo que es inseguridad. Alguien necesita vernos juntos para comprobar que no nos hemos escapado. Y otras veces –perdón, perdón– lo tomo como mera estupidez.

Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Ojalá cuidemos la única reunión que importa, esa reunión que no es reunión, sino unión: la de todos los hombres –no todos los cristianos, sino todos los hombres– unidos en Cristo como los miembros están unidos a la cabeza. Y, para alcanzar esa unión, nos dispersemos, salgamos de esa sala con el aire ya viciado y nos introduzcamos en el mundo como la sal en el alimento. Luego nos vemos ante el altar, recibimos la formación que necesitamos, y un «podéis ir en paz» nos lanza de nuevo al campo de batalla.

No somos más eficaces porque nos reunamos mucho, sino porque llevemos las manos llagadas de Cristo hasta los extremos más alejados de la tierra.

(TP07L)

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