El elogio más raro que he escuchado en toda mi vida me lo dijo una pareja de novios hablando del sacerdote que iba a presidir su boda: «Nos encanta este cura, nos cae muy bien, no parece un cura». ¡Tierra, trágame! Cuando les pregunté: «¿Y eso?», su respuesta fue una mezcla entre Sócrates y Aristóteles: «Es muy molón». El día de la boda me di cuenta de que, efectivamente, aquel hombre no parecía un cura. Pero tampoco aquello parecía una boda. En fin…
No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Yo no molo nada. Y me gusta parecer un cura, porque lo soy. Y no creo que el don que Dios me ha dado tenga que tenerlo guardado como la última carta del mazo para, después de haberme mostrado molón, sacarla y decir: «¡Tatachán, sorpresa, soy cura! ¿A que no lo imaginabais?»
Yo llevo alzacuellos, pero vosotros no necesitáis aparatosos signos externos. Pareced lo que sois: seglares. Y dejad que vuestra fe se note en vuestra alegría, vuestro cariño a todos, y en que habláis de Dios con la naturalidad con que otros hablan de fútbol. No hace falta que seáis molones; sed santos.
(TOP10M)











