Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

18 julio, 2026 – Espiritualidad digital

El misterio del mal y la paciencia de Dios

El misterio del mal es el gran obstáculo que muchos encuentran para aceptar la existencia de Dios. «Si Dios existe, ¿por qué hay guerras? ¿por qué hay injusticias? ¿por qué mueren inocentes? Si Dios existiera, no lo permitiría».

Realmente quieren decir: «Si Dios existiera, tendría que hacer lo que haría yo». Sólo admiten a un dios a su imagen, no conciben que Dios pueda sorprenderles ni, desde luego, que sean ellos quienes deberían imitar a Dios.

He escrito al comienzo de estas líneas «misterio del mal». El que Dios otorgue al ser humano el don de la libertad, y no le retire ese don cuando el hombre se vuelve contra Él o contra su hermano es algo que nos desborda por todas partes y nos deja boquiabiertos. Pero cerrar de un portazo la puerta del misterio y darse la vuelta es propio de mediocres. Abrir los ojos y contemplar es de sabios.

Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Habrá una siega, un juicio final, un tiempo en que todo será trigo. Pero, hasta que ese día llegue, Dios quiere que convivamos con el mal, que lo suframos, que lo redimamos. Por eso plantó una cruz en el centro del campo.

(TOA16)

La gran evasión

Me he acordado del punto 132 de «Camino»: «No tengas la cobardía de ser “valiente”: ¡huye!».

Huir no siempre es de cobardes. Lo es cuando es preciso entablar combate. Pero, por ejemplo, quien está cautivo debe procurar huir. Y también el soldado a quien quieren hacer prisionero.

Los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron. Él los curó a todos.

¿Acaso no trata de eso el cristianismo? Precisamente, de escapar con Jesús de la muerte y ser sanado al contemplarlo. Mira cómo, en un incendio, la gente abandona su casa y sale con lo puesto buscando la ruta de huida. Eso hacemos nosotros: dejamos todo atrás menos a Cristo y, siguiéndolo, nos adentramos en el desierto como hicieron los hebreos siguiendo a Moisés.

Después, en esa huida, lo seguimos hasta el Calvario y, allí, Él rompe la trampa de la muerte abriendo en ella una grieta en forma de Cruz. Y por esa grieta, tras Él, escapamos hacia el cielo.

¿Quién quiere perder tiempo dándose de mamporros con los demonios? Nosotros no. Nosotros escapamos. La vida y la Pasión de Cristo son la gran evasión, nuestro Éxodo.

(TOP15S)

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