Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

4 julio, 2026 – Espiritualidad digital

Cuanto más grande seas…

Te copio dos versículos del libro del Eclesiástico:

Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor. Muchos son los altivos e ilustres, pero él revela sus secretos a los mansos (Eclo 3, 18-19).

Hoy dice Jesús a su Padre:

Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.

Cuanto más grande seas, más debes humillarte. Mirad al más grande, a Dios encarnado, colgando de una cruz. Y a personas con la altura moral de un mosquito ciego como Herodes, Caifás, Pilato o los propios soldados escupiéndole, azotándole, insultándole y matándolo. Parece que el mundo es suyo, se creen los amos. Todos han muerto. Cristo vive para siempre y reina sobre cielos y tierra.

Cuanto más grande seas, más debes humillarte. Cuando crees que sabes más que el resto, cuando lo ves todo «tan claro», cuando estás convencido de tener razón… agáchate. Expón tu opinión con sencillez y deja que te lleven la contraria. Ve por el Camino, por Cristo, y reinarás con Él. Lo que es mejor: conocerás los misterios del Amor de Dios.

(TOA14)

Cuando os arrebataron al Esposo

Sé que me he referido a ello más veces. Pero la experiencia ha dejado una huella imborrable en mí. No puedo olvidarlo. Y cada vez que leo estas palabras del Evangelio, vuelvo de nuevo a 2020, a aquellos días del maldito confinamiento causado por el Covid19:

¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán.

Mi sacerdocio me convirtió en un auténtico privilegiado. Pude celebrar misa todos los días. Pero fueron muchísimos quienes sufrieron lo indecible por no poder comulgar, dado que las iglesias estaban cerradas. Les arrebataron al Esposo, aquello fue un error terrible que espero no se repita jamás. Y aquellas personas padecieron el peor de los ayunos: el de la Eucaristía.

Claro que a muchos aquello les daba igual. Hacían pasteles, jugaban a videojuegos, salían a la ventana para aplaudir a las ocho de la tarde, y ni se les pasaba por la cabeza que no habían comulgado. Tampoco comulgaban en tiempos de normalidad.

Sólo quien comulga todos los días sabe lo que es un día sin comulgar. Pero también sólo él conoce la inefable dulzura del Pan de Vida.

(TOP13S)

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