¡Qué atrevimiento!

¡Pero cómo se atreven! Hay que entrar en la cabeza de los fariseos, palpar su escándalo. ¿Quién se han creído que son esos tipos? ¿Pues no están arrancando espigas y comiéndolas en pleno sábado? ¿Y no se dan cuenta de que estamos aquí delante? ¿Es que no tienen vergüenza? Y su Maestro no les reprende.

Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado.

Jesús les habla de un atrevimiento mayor, cuando David y los suyos entraron en la casa de Dios y comieron de los panes de la proposición, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino solo a los sacerdotes. Al lado de aquello, lo de las espigas no llegaba ni a pecado venial.

Pero, para atrevidos, nosotros. ¿No comemos cada día la carne de Cristo y devoramos su sangre? ¿Existe atrevimiento mayor? Y con qué alegría, con qué naturalidad lo hacemos, como si fuera lo normal.

Demos un paso más en el atrevimiento. ¡Es lo normal! Lo es para un hijo de Dios, incorporado al cuerpo de Cristo por la gracia.

Aunque esa «normalidad» no debería dejar de sobrecogernos nunca. Ojalá temblásemos de gratitud en cada comunión.

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