Han pasado dos mil años, y muchos no se han enterado todavía. San Pablo lo repitió decenas de veces, y muchos siguen sin enterarse.
Repitámoslo una vez más, a ver si alguno de ellos al menos se entera.
En el pasado, Dios reveló al pueblo escogido su Ley en el Sinaí. En esos mandatos estaba escrito lo que debían hacer los hombres para obtener la bendición del Altísimo. Observa mis mandatos y vivirás (Prov 4, 4).
Pero, llegada la plenitud del tiempo, Dios mostró a los hombres el rostro de su Hijo.
Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños.
Ahora, en Cristo, Dios revela a los humildes, mediante el Espíritu, la hermosura del Hijo y del Padre. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo (Jn 17,3). Ya no se trata de hacer, ni de cumplir. Ahora, el camino a la santidad pasa por contemplar y enamorarse para tener vida eterna.
Antes había que ser santo para ser feliz. Ahora se trata de ser feliz para ser santo.
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