Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

11 julio, 2026 – Espiritualidad digital

Si la tierra estuviera viva…

La tierra rechazaría, la tierra escupiría, la tierra mataría y la tierra abrazaría.

La tierra rechaza: Una parte cayó al borde del camino. No quiere la semilla, no le interesa en absoluto. Estás en misa, y ni siquiera prestas atención. Si, tras la proclamación del evangelio, te preguntan por la antífona del salmo que repetiste cuatro veces, ni te acuerdas.

La tierra escupe: Otra parte cayó en terreno pedregoso. Te has creído que la palabra de Dios es un chicle: la saboreas y después la tiras. Eres puro sentimiento. Qué bonitos los cantos de la misa. Hoy has llorado al comulgar. Dos horas después, cuando llegas a casa, ya no hay quien te aguante. Ahora lloran ellos.

La tierra mata: Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Tus mil preocupaciones, tus «problemas personales», tus afanes y distracciones son cuchillos que matan la palabra en cuanto entra. ¿En qué estás pensando? Nunca en Dios.

La tierra abraza: Otra cayó en tierra buena. Traes la palabra ya leída desde casa. Prestas atención, la acoges como el más preciado tesoro. Al comulgar, te la repites. Y sales de misa meditándola. Y procuras no soltarla en todo el día. Como quien abraza.

(TOA15)

Una de aeropuertos

Acabo de leer «El detalle», una extraordinaria novela de Jesús Carrasco. Con mucho sentido del humor describe las colas interminables que se forman en los aeropuertos ante los mostradores de facturación. Y, como he sufrido esas colas, sé que a todos los penitentes de esa procesión les une un mismo deseo: el de llegar al mostrador, dejar las maletas, y pasar al otro lado para subir al avión.

¿Imagináis que alguien pudiera estar tan a gusto en esas colas, y tan feliz de arrastrar su maleta que decidiera permanecer allí?

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna. Podría escribirse en piedra sobre un mostrador de facturación: «Quien deje aquí las maletas volará y llegará a su destino».

Pero muchos se acercan a Cristo sólo para recibir: «Señor, dame esto. Señor, concédeme aquello. Señor, quiero…». Venga, más cosas para la maleta. Y cuando llega el momento de facturar, de dejar el equipaje para seguir a Cristo, no se desprenden de nada.

Lo peor es que, cuando llegue la facturación obligatoria, a la hora de la muerte, seguirán abrazándose a sus maletas. Pobres necios.

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