Esa falsa dicotomía entre Marta y María, trabajo y oración, lleva a muchos a un desdoblamiento que les hace sufrir inútilmente. Quisieran estar todo el día ante el sagrario, porque, en cuanto salen de allí, pierden la presencia de Dios. O les cuesta encontrar tiempo para rezar, porque andan afanados en sus mil urgencias.
No nos salvaremos sin rezar, pero rezar tampoco basta: hay que entregar la vida. Y es preciso estar tan unidos a Cristo cuando nos postramos ante la custodia como cuando freímos un huevo o cerramos un acuerdo comercial.
El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Sin Mí no podéis rezar. Y sin Mí no podéis freír un huevo porque, si lo haces sin Mí, sólo os servirá para muerte. Un huevo frito en unión conmigo, no sólo sabe mejor, sino que es parte de la Última Cena, porque es prolongación de la Eucaristía.
¿No lo entiendes? Pasa todos los días media hora ante un sagrario, comulga y enamórate. Y así, enamorado, trabaja con Cristo en el taller de José, haz deporte con Cristo, y fríe un huevo en la sartén de la Virgen.
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