Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

25 abril, 2026 – Espiritualidad digital

Esa llamada que debes atender

Tres de la tarde. Acabas de terminar de comer. Y suena el teléfono. Un número desconocido. Te lo estás temiendo, pero atiendes igualmente la llamada. «Buenas tardes, mi nombre es Filomena y le llamo de xxxx para mejorar su contrato de…». De nada. Cuelgas. Te la han vuelto a pegar. Bloqueas el número. Hasta la siguiente llamada.

Cuelgas porque sabes que a esas personas no les importas. Sólo quieren tu dinero. Y te quieren decir lo que debes hacer o con quién debes contratar, no para ayudarte a ti, sino a ellos. Desde algún lugar desconocido quieren pastorearte para comerse, si no tu carne, al menos tus bolsillos.

El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. Escucha ahora al buen Pastor, Cristo. ¿Qué gana el Señor con que tú lo sigas? En mi caso, disgustos. ¿Alguien te cobra entrada por ir a misa? Y al sacerdote no le pagan más porque le hagas caso. Pero le importas. Quiere que vayas al cielo.

Creo que del buen Pastor puedes fiarte. No le cuelgues.

(TPA04)

¡Sin miedo!

¡Cuántas veces, después de una predicación, me he dicho: «Menudo rollo les has metido»! Estaba cansado y supuse que se me notaría, que faltaría vibración y garra porque no tenía ni lo uno ni lo otro. Y entonces se me acerca alguien dándome las gracias por lo mucho que le ha ayudado la prédica. Cuando se marcha, se me caen todos los complejos. Y me doy cuenta de que es Dios quien actúa, yo sólo debo poner lo que tenga (por poco que sea) y el deseo de servirlo.

Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban. La primera parte es necesaria. Si, por miedo a equivocarte, o por esa falsa humildad que te lleva a creer que no eres digno te niegas a hablar de Cristo, Cristo no será predicado ni conocido. Ningún ángel bajará del cielo para hacer el trabajo que tú no haces. Pero si confías en Dios y abres los labios para proclamar su nombre, aunque todo tu discurso quede en un tartamudeo, Dios convertirá tus pobres palabras en instrumentos de salvación para quien te escuche. Y sabrás que no has sido tú.

(2504)

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