Las palabras que ahora pronuncia Jesús sólo se entienden como respuesta a la pregunta que los judíos le hicieron al comienzo del discurso: ¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto (Jn 6, 30-31).
Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. La respuesta es terriblemente provocativa, debió dolerles. Pero podríamos seguir con más milagros: murió el leproso sanado de la lepra, murió el ciego que recobró la vista, murió la hemorroísa sanada por el manto del Señor, y murió Lázaro, quien salió del sepulcro.
Este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Quien comulga, sin embargo, tiene vida eterna, y pasará a través de la muerte como quien cruza una puerta hacia el cielo.
Y con todo, muchos, como aquellos hombres, prefieren la muerte a la vida. Cúrame a la abuela, ya se confesará cuando esté sana. Padre, déjeme de absoluciones y pida a su Dios que encuentre trabajo.
Por eso, a la hora de misa, están en el bar. Vientre lleno y alma vacía.
¡Si conocieran el don de Dios!
(TP03J)











