Se habla mucho en la Biblia de la ira de Dios. Y no sólo, como creen algunos, en el Antiguo Testamento; también en el Nuevo:
El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.
Mucha gente se vuelve tonta con esto. No les cuadra, no acaban de imaginarse a Dios airado. Yo tampoco lo imagino. Al menos, como nos airamos nosotros. No creo que Dios enrojezca, que le salga humo hasta por las orejas y te envíe un rayo para chamuscarte la rabadilla. Dios no hace esas cosas.
Pero peor aún es ignorar estas menciones y decidir pasar a otra cosa. ¿Qué es la ira de Dios?
Supón que, en un día soleado, decides encerrarte en el sótano y sumergirte en las sombras. ¿Dirás que se ha enfurecido el sol contigo y te niega su luz? Has sido tú quien se ha sepultado en tinieblas. El sol lo permite, no irrumpe a la fuerza en tu sótano. Pues la sombra es la ira de la luz. Y esa terquedad tuya por sepultarte en la muerte es la ira de Dios.
(TP02J)











