Algunas personas se atormentan porque en la Misa, durante la consagración, les asaltan todo tipo de pensamientos. Una mujer se me quejaba de que, en ese momento, se ponía a pensar en comida. Decía un sacerdote mientras intentaba recordar algo que no acababa de venirle a la cabeza: «Bueno, ya me lo recordará el demonio durante la consagración».
¡Y qué más da! Con lo breve que es ese momento, si lo pasas despejando balones fuera como un portero de fútbol no lo aprovecharás. Te daré un consejo que a mí me hace bien: Deja suelto al pensamiento como a un perrito al que desatas la correa. Y tú márchate de allí y pon el alma en los ojos.
El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo.
Mientras el pensamiento se entretiene con bocadillos, detalles olvidados y bagatelas varias, tú abre bien los ojos y deposita tu atención en la Hostia que eleva el sacerdote. Mira el cielo abierto, mira a los ángeles adorando a Jesús Eucaristía, mira al Espíritu cubriendo el altar… y goza, y adora.
Que no siempre tiene el alma que estar en la cabeza. Aprende a llevarla a la mirada.
(TP03M)











