Entras en el templo. El Santísimo está expuesto en la custodia. Los fieles de rodillas o sentados, pero todos con la mirada fija en la sagrada Hostia. Te acercas a uno de ellos y, en voz baja, para no romper el silencio, le preguntas: «¿Y tú qué miras?». No te sabe responder. Sabe perfectamente lo que hace, pero no puede traducirlo en palabras. Porque allí no hay una pantalla, no está viendo un partido de fútbol ni una serie de TV. Lo que mira parece un pedazo de pan y no se mueve. Sin embargo, él no puede retirar sus ojos de allí. Si le obligas a que te responda, te dirá: «Estoy viendo a Dios».
Me habéis visto y no creéis… Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna.
Aquellos hombres veían a un hombre como ellos, y no creyeron que fuera el Hijo de Dios. Lo que nosotros vemos ni parece Dios ni parece hombre, sino que parece pan. Pero no podemos apartar la vista de allí, porque creemos que es el Hijo de Dios.
Bienaventurados los que crean sin haber visto (Jn 20, 29).
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