Señorío

Tres preguntas hicieron los escribas, y a las tres respondió Jesús sabiamente: les habló de los impuestos, de la resurrección y del mandamiento mayor. Seguidamente, les hizo una sola pregunta. Y a esa pregunta no supieron responder:

Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?

Decís que el Mesías es hijo de David, pero nadie llama Señor a su hijo. ¿Cómo es posible?

Nosotros conocemos la respuesta. Y está llena de luz. Porque, efectivamente, Jesús es, ante los hombres, hijo de David. Pero David vio en Él un señorío que no viene de la carne ni la sangre, sino de Dios. Es Dios. Y David, misteriosamente, proféticamente, lo sabía.

También nosotros, que hemos nacido de lo alto, hemos heredado ese señorío. Somos hijos de Dios, somos unos señores. Y como tal deberíamos vivir.

Comamos como unos señores. Alimentémonos con el cuerpo y la sangre del Señor.

Vivamos como unos señores, en el Hogar de Nazaret, la casa de la Señora, y en la Iglesia, palacio del gran Rey.

Suframos como unos señores, con la paciencia y la serenidad de Cristo.

Muramos como unos señores, sentados en el trono de la Cruz.

Hagamos honor a nuestro señorío.

(TOP09V)