Limitaciones de la IA
Si yo pidiera a la inteligencia artificial que me resumiera las bienaventuranzas, me diría… No quiero saberlo. Porque, dijera lo que dijera, mentiría. Incluso aunque dijese la verdad, esa verdad sería la correspondiente a una millonésima parte del discurso: la accesible a la inteligencia. Pero el discurso va dirigido más al alma que a la inteligencia, y la IA no tiene alma.
Yo tengo alma. Y –modestia aparte– mi alma resume mucho mejor que todos los artefactos, porque en ella queda impresa una verdad sencilla y llena de vida.
Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra…
En resumen: Bienaventurados los que no necesitan sino a Dios.
Porque si necesitas riquezas, necesitas defenderte, necesitas pasarlo bien, necesitas vengarte o necesitas prestigio, los bienes de este mundo –salud, dinero y amor– te fallarán y serás un desgraciado. Pero si no necesitas sino a Dios, y teniéndolo a Él te ves capaz de prescindir de todo lo demás, Dios no te fallará nunca.
Y, luego, que la IA diga lo que le venga en gana. Es un algoritmo frío. En lo que yo te escribo hay alma.
(TOP10L)











