Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

21 marzo, 2026 – Espiritualidad digital

¿Quién quiere vivir doscientos años?

Hoy muchos sueñan con vivir doscientos años… Habrá que tener cuidado con lo que sueña uno, no vaya a convertirse en realidad. Personalmente, la idea de vivir doscientos años se me antoja agotadora y, sobre todo, muy aburrida. Ante el milagro de la resurrección de Lázaro, debemos tener claro que Cristo no ha venido al mundo para concedernos una vida interminable. Lázaro murió. Murió más tarde, pero murió, porque la vida es terminable. Gracias a Dios. El milagro obrado por el Señor tenía otro significado.

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?

Si crees, sabrás que estamos llamados, no a prolongar indefinidamente esta vida, sino a vivir otra: la eterna. Morirás, pero no morirás para siempre, no serás aniquilado. Tu vida entera, desde el nacimiento hasta el último suspiro, será llevada al gozo de la eternidad y al cobijo del Amor de Dios.

Y, por eso, mientras dura esta vida, lo único que nos importa es entregarla generosamente a Dios y al prójimo, y abrazarnos a la eterna. Hasta que seamos recibidos plenamente en ese Amor.

(TCA05)

Un día en tus atrios

Es muy elocuente la frase de san Juan. Tras haber conspirado contra Jesús y haber tratado de arrestarlo, después de despreciar la tímida defensa que del Señor hizo Nicodemo, se volvieron cada uno a su casa.

Cada uno en su casa, y Dios en la de todos. No es verdad. Porque nos vamos a casa huyendo de Dios. Nos encerramos en nuestros egoísmos, nuestros planes, nuestras soledades y nuestros falsos descansos. Convertimos nuestra casa en ese refugio seguro donde ni Dios puede perturbarnos. Nuestra tumba.

Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa (Sal 83, 11), dice la Escritura. Aunque el atrio de la casa de Dios es el Gólgota. Allí se encuentra la Cruz, puerta del cielo, y allí los humanos se acogen a la sombra de tus alas (Sal 35, 8). Porque las alas de Dios son los brazos abiertos de Cristo en la Cruz.

Claro que, si en tu casa te sientes seguro, el Gólgota, poblado de tinieblas, ultrajes y muerte, parece el lugar más inseguro del mundo. No te dejes engañar. Allí están tu madre, tu Señor y tu Hogar. Deja tu casa vacía y refúgiate a la sombra de esas alas.

(TC04S)

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad