Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

18 marzo, 2026 – Espiritualidad digital

Por qué no lo llamamos Pepe

Lo de los «Pepes» ya sabéis de dónde viene. Antiguamente, en los escritos espirituales, junto al nombre de José se añadían, entre paréntesis, las siglas «p.p.», que nada tenían que ver con la política española, sino con las palabras «padre putativo». Suena fatal, era una forma de dejar claro que José era padre de Jesús «según pensaban».

Menos mal que desaparecieron las siglas, aunque lo de los Pepes permanezca. Porque, aun siendo verdad que José no intervino en la concepción virginal del Hijo de Dios, el santo patriarca no fue padre meramente «putativo» de Jesús. Fue verdadero padre. Educó al Niño Dios, le dio todo el amor y la protección que un buen padre da a su hijo, y Jesús lo llamó «abbá», papá, como todos los niños llamaban a sus padres.

Por eso es también padre nuestro. Porque somos miembros de Cristo. Y no nos dirigimos a él diciendo: «José, padre putativo mío», sino «San José, mi padre y señor». Por eso tampoco lo llamamos Pepe.

Encomiéndate a él. Pídele protección y auxilio. Porque, como sucede con la Virgen, estar cerca de José es estar cerca de Jesús. Dile, como un niño asustado a su papá: «No me sueltes».

(1903)

La Pasión del Hijo de Dios

Si las he contado bien, son nueve las veces que, en el evangelio de hoy, aparece la palabra «Padre».

El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace.

Si no nos adentramos en ese abismo de tinieblas y dulzura que es la intimidad del Hijo con el Padre, no entenderemos jamás la Pasión del Señor. Porque toda la Pasión, desde los postres de la Última Cena, es un grito filial del Hijo al Padre. Jesús parece estar tan concentrado en ese grito, que hasta los golpes, latigazos, clavos y espinas le duelen de lejos. El verdadero dolor llora a su Padre desde lo más profundo del corazón.

Y así, estremecido en pavor y angustia implorará a su Abbá que aparte el cáliz, para inmediatamente prometerle obediencia. Le suplicará que perdone a quienes lo matamos, gemirá buscándolo y preguntándole por qué lo abandonó. Y finalmente, como el niño que se echa encima de papá, entregará el Espíritu a sus manos para descansar, no en la muerte, sino en su Padre.

(TC04X)

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