Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

28 marzo, 2026 – Espiritualidad digital

No separéis al hijo de la madre

En el relato de Mateo, son dos los animales que acompañan a Jesús en su entrada en Jerusalén.

Trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Sé que es una pregunta estúpida, quizá infantil, pero a menudo me asaltan preguntas de ese estilo: ¿En cuál de los dos iba montado Jesús, en la borrica o en el pollino? Si preguntamos al profeta Zacarías, nos burlará con una doble respuesta: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila. ¿En qué quedamos?

Me quedo con el pollino. Cosas mías. Es que quiero pensar que esa pareja, madre e hijo, eran una señal. Si, tratándose de dos animalitos, Jesús no quiso separar al hijo de su madre, al pollino de la borrica, ¿cómo no iba Dios Padre a querer que la Virgen María acompañara a su Hijo Jesús durante las horas más amargas y dolorosas de su vida?

Hace apenas una semana decía Tomás: Vamos también nosotros y muramos con él (Jn 11, 16). Vamos, vamos también nosotros. Tomemos la mano de María y entreguemos con Él nuestra vida en esta Semana Santa que hoy comienza.

(DRAMOSA)

El porquero de Agamenón

Fue Antonio Machado quien, en su «Juan de Mairena», popularizó la frase: «La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero». En este caso, Machado se parece más a Agamenón. Pero Caifás se parecía a su porquero.

Os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera. Machado o Caifás, Agamenón o su porquero, da igual quien lo diga. En la frase del sumo sacerdote hay más verdad de la que él mismo podía imaginar.

Porque la nación entera, la Humanidad entera entregada en sacrificio era incapaz de expiar un solo pecado venial. ¿Cómo puede el sacrificio de un hombre reparar el honor ofendido de la majestad de Dios?

Sólo de una forma: con el sacrificio de un hombre que sea Dios. Y ése, un hombre que es Dios será el «uno» que morirá por el pueblo.

Recuérdalo al mirar al Crucifijo, y míralo con mirada de fe: Es Dios muriendo por ti. Repítetelo una y otra vez, mientras repasas sus llagas, las marcas del látigo en su piel y las espinas que coronan su cabeza. No parece ni hombre, parece un gusano pisoteado… pero es Dios muriendo por ti. Póstrate y da gracias.

(TC05S)

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