Libros de José-Fernando Rey Ballesteros

7 marzo, 2026 – Espiritualidad digital

El miedo a ser felices

Mucha gente tiene miedo a Dios. Y no me refiero ahora a quienes temen el castigo divino, sino a quienes no se atreven a acercarse más al Señor por temor a que les pida demasiado. Hace años me dijo un hombre: «No volveré a sus misas. Ya le he calado a usted. Usted quiere que sea santo, y yo quiero ser un cristiano “normal”». No volvió. También recuerdo cómo una joven me dijo que no quería hacer ejercicios espirituales por miedo a que Dios le pidiera que entrara en un convento. Hizo los ejercicios, y es la religiosa más feliz del planeta.

Si conocieras el don de Dios… ¡Qué equivocados estamos! ¡Qué injustos somos con Dios! Y, en esa injusticia, siempre salimos perdiendo. Porque Dios no nos pide cosas. Él no necesita nada de nosotros. Sólo quiere que conozcamos su Amor, y que ese Amor llene nuestros corazones como agua viva que riega los campos, como agua fresca que apaga la sed.

Este Dios enamorado está empeñado en hacernos felices, y nosotros parecemos empeñados en no permitírselo por miedo a enamorarnos de Él y a desprendernos, cautivos de ese Amor, de las cuatro bagatelas que nos atan a este mundo.

(TCA03)

El hombre que no tenía corazón

Puede que no sea el personaje principal. La llamamos «Parábola del hijo pródigo» y adjudicamos el papel protagonista al hijo menor. El hijo mayor, como el padre, queda como un personaje secundario. Pero yo le daría el Óscar al mejor personaje secundario. Se podría hacer un spin-off sobre su vida.

En tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.

Nunca abandonó la casa de su padre, pero… ¡no tenía corazón! Tenía una piedra dentro del pecho. Si hubiese tenido corazón, las palabras de su padre le habrían conmovido: Tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. ¿Cómo es posible que no albergase ni un ápice de gratitud?

Medita tú esas palabras y, si tienes corazón, te conmoverán. Porque quizá fuiste una vez el hijo pródigo, pero ya no lo eres. Hace tiempo que vives con Dios. No te endurezcas, deja que su misericordia te conmueva cada día… y te llenarás de amor por ese hermano que se fue.

(TC02S)

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