Liber Gomorrhianus

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

¡Contratado!

Me hace gracia la respuesta de aquellos hombres ociosos a quienes el dueño de la viña preguntó: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Ellos, seguramente con desgana, dijeron: Nadie nos ha contratado.

Me hace gracia porque, en el sentido profundo de la parábola, el propietario de la viña es Dios. Y eso de que Dios me ofrezca un contrato de trabajo se me hace estrafalario. ¿Tendré que presentar mi «curriculum vitae»?

Pues estamos apañados. Porque mi CV está repleto de pecados. ¿Cómo me contratará Dios con semejante recomendación?

No será por mi CV. Será por quien se lo presenta. Porque Cristo ha tomado mi vida en sus manos, con todo su historial de traiciones, y la ha subido a la Cruz. Allí la ha lavado con su sangre, y, desde allí, se la presenta al Padre.

Entonces, a la vista de esas manos llagadas que le entregan mi CV, Dios me dice: «¡Contratado!». Pero ya debo corregir los términos, que no se llama contrato, sino alianza. Es mucho más, del mismo modo que una boda es más que el papel sobre el que los novios firman.

Ahora debo trabajar para Él. Le pertenezco. Me ha contratado.

(TOA25)

Si al menos una semilla diera fruto…

Es como la lluvia: no puedes bebértela toda, ni tan siquiera mojarte con todas las gotas. Cuando yo era niño, recuerdo que alzábamos la cabeza cuando llovía, y abríamos mucho la boca, queriendo bebernos aquella agua caída del cielo.

La semilla es la Palabra de Dios. Es la primera lectura, y el salmo, y después el evangelio. Cada día, la liturgia es como nube mañanera, que llueve la Palabra de Dios sobre los hombres.

No puedes meditar todo, memorizar todo, considerar todo. Lo desearías, pero no puedes. Hay semillas que caerán al borde del camino, otras que te encontrarán distraído y se perderán entre los abrojos de tus preocupaciones…

Pero, al menos, guarda cada día una palabra, una frase de la Escritura. Los de la tierra buena son los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia. Que al menos un versículo permanezca en tu memoria durante todo el día. Escoge el que más hondo te llegue. Y, después, repítelo una y otra vez, en los mil trances de la jornada, hasta la noche. Así –te lo aseguro–, al menos esa semilla dará fruto al ciento por uno.

(TOI24S)

La mala prensa de las buenas noticias

Jesús se comparó a sí mismo con Jonás en numerosas ocasiones. Ambos fueron enviados, de parte de Dios, a un pueblo pecador. Pero, en un aspecto, Jesús y Jonás fueron esencialmente distintos. Jonás anunció la inminencia de un castigo, mientras que Jesús anunció la buena noticia del reino de Dios.

Esa buena noticia es la de su misericordia y su amor hacia los pecadores. El mismo Dios que envió a Jonás para anunciar el castigo de Sodoma y Gomorra envía ahora a su Hijo para que el mundo se salve por Él.

Seguían a Jesús algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades. Para ellas, la noticia de la misericordia de Dios había sido su salvación. Ese Amor las rescató y llenó de alegría sus vidas.

Paradoja: A Jonás lo creyeron, y Sodoma y Gomorra ayunaron hasta aplacar la cólera de Dios. A Jesús lo mataron. No todos se alegraron, como aquellas mujeres. Quienes se creían justos se sintieron acusados por su inocencia. Como el hermano mayor del hijo pródigo, se entristecieron cuando debían alegrarse.

¿Por qué nos resulta más fácil creer las malas noticias que las buenas? ¿Por qué nos cuesta menos asustarnos que alegrarnos?

(TOI24V)

Miedo y envidia

Siento miedo y envidia ante el relato de la conversión de Leví. Quizá sea mejor que comience por el final.

Envidia. Me produce «santa envidia» el modo en que Mateo cambió radicalmente su vida con tanta agilidad ante una sola palabra del Señor. Yo escucho esa palabra todos los días, y quisiera ser tan ágil como ese publicano a la hora de cambiarlo todo. Pero los publicanos y prostitutas del evangelio sabían que estaban lejos, que eran pecadores, y que debían convertirse. Llegada la ocasión de enderezar sus vidas, la aprovecharon.

Miedo. Me produce miedo el pensar que yo estoy cerca de Jesús, y, por tanto, no estoy llamado a una conversión tan radical. ¿Estoy tan seguro de ser menos pecador que un ateo de cuya boca no se aparta la blasfemia? He visto, en muchas personas, cómo los pecados, en lugar de desaparecer, se mimetizan cuando el alma se acerca a Dios, y adoptan formas piadosas. Una vez mimetizados, la sensualidad espiritual –por ejemplo– es mucho más difícil de discernir que la burda lujuria. Y el cotilleo piadoso es mucho más difícil de reconocer que la murmuración grosera.

Sígueme… ¿Es por Mateo, o por mí? ¿O por los dos?

(2109)

Bailando y llorando

Si quieres saber lo que es el baile, no entres en una discoteca. Allí los cuerpos, dejados a sí mismos, se dejan arrastrar por la música como un tronco se deja arrastrar por las olas. Dejarse llevar no es bailar. Si quieres saber lo que es el baile, acude a una representación de ballet. Allí los cuerpos, tras horas de práctica y mucho estudio, dialogan con la música y crean ámbitos nuevos, donde surge la belleza como fruto del diálogo entre música y danza.

Si quieres saber lo que es llorar, no mires a un niño con una rabieta. El llanto que conmueve es el de quien ha recibido una herida en el corazón y la llora en silencio.

Hemos tocado la flauta y no habéis bailado. Hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado.

Dios quiere que bailemos y lloremos. El baile del enamorado de Cristo es fruto de una escucha atenta de su palabra que mueve su cuerpo para entregarlo amorosamente al servicio de la voluntad divina. Y el llanto del cristiano es fruto de una mirada embelesada al Crucifijo, en la cual los dolores del Señor traspasan el corazón del discípulo y se vierten en lágrimas de fuego.

(TOI24X)

En voz baja, y gritando

Se acercó Jesús a la viuda que enterraba a su único hijo: No llores… ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! Por el poder de estas palabras, cesó el llanto de la mujer, y volvió a la vida el joven.

Fíjate cómo, a la viuda, Jesús le habla en voz baja. Al muerto, sin embargo, le grita, como gritó a Lázaro. No te extrañe. Cuando sufrimos, Dios se acerca a nosotros y nos habla al oído. Si no le escuchamos, la culpa es nuestra: estamos tan encerrados en nuestro dolor, que no somos capaces de dejarnos consolar ni por el mismo Dios. Una persona me decía: «Lo estoy pasando muy mal. ¿Cómo quiere que rece?». El dolor de quien sufre así no admite consuelo. Pero, si oramos desde el dolor, escucharemos esa voz dulce de Dios.

Sin embargo, ante la muerte, Dios grita. Cuando nos sepultamos en el pecado, nos alejamos de Dios, y Dios debe gritar. A veces quisiera yo gritar la absolución a algunos penitentes que me parecen seguir en lo hondo de un pozo muy negro. El grito de Dios espanta las tinieblas, y saca a los muertos de sus tumbas. Por eso, al morir, Jesús gritó.

(TOI24M)

Un pagano sabio

Dios admirado es, casi, tan sobrecogedor como Dios llorando. Porque la admiración se produce cuando uno se ve sorprendido por la belleza inesperada. ¿Qué puede haber que sorprenda a Dios? ¿Qué puede haber que Él no espere? ¿Qué belleza puede cautivarlo a Él? Y, sin embargo…

Al oír esto, Jesús se admiró de él.

Es el milagro de la Encarnación. Siendo Dios, nada podía admirarlo. Pero, en su humanidad santísima, cabían la sorpresa, la novedad y la admiración. También el llanto. Como hombre, Jesús iba aprendiendo igual que cualquiera de nosotros.

Se admira Jesús de la fe de quien ni siquiera se había sentido digno de acudir a Él. Aquel centurión había enviado unos ancianos de los judíos para que intercediesen por él, pensando, quizá, que aquellos hombres eran más dignos ante Dios.

Un pagano sabio. Hizo lo que hacemos nosotros cuando acudimos a los santos para que presenten ante Dios nuestra oración. Yo, cuando hablo con Dios, me dirijo a Él como a un Padre bueno a quien amo. Pero, a la hora de pedir, siempre actúo como aquel centurión: busco la intercesión de los santos y de la Virgen. Confío más en sus méritos que en los míos.

(TOI24L)

Con tu corazón, no puedes

He conocido a personas que, durante la misa, al llegar la oración del Padrenuestro, cierran los labios en el momento de decir «como también nosotros perdonamos».

«– No puedo perdonar, padre. – ¿Deseas perdonar? – Lo deseo. – ¿Puedes orar por quien te ofendió? – Me cuesta, pero puedo. – ¿Y no puedes perdonar? – De corazón, no puedo».

Te copio este diálogo porque es frecuente. Y te aseguro que son personas de bien quienes se quejan así. ¡Cómo no quejarse, cuando el final del evangelio de hoy es tan terriblemente claro!:

El señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Ese de corazón es el que nos duele. Porque marca la frontera de nuestra impotencia. Podemos querer perdonar, podemos orar por quien nos ha ofendido e incluso tratarle bien. Pero perdonar «de corazón» … Se nos escapa. ¿Qué haremos?

Lo que ha hecho los santos. Clavar nuestro corazón en la Cruz, y perdonar con el Corazón de Cristo, traspasado en el Leño. Allí nos lo ha entregado, para que con Él amemos y perdonemos a quienes nosotros no sabemos amar ni perdonar.

(TOA24)

Obediencia filial

«Obediencia» se dice de muchas formas. Los ordenadores y las lavadoras son obedientes. Pulsas una tecla, y la máquina realiza su función. Hablaríamos, en ese caso, de una obediencia «pasiva», que se limita a dejarse manipular.

Existe, también, una obediencia jerárquica, como la que se practica en el ejército y en los órganos de gobierno de cualquier institución. El subordinado escucha y obedece, sin que necesariamente se identifique con lo que hace, aunque procure hacerlo lo mejor posible. Es su deber, y punto.

La obediencia filial, y más la que debemos al Señor, es distinta. Todo el que viene a mí, escucha mis palabras, y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece… Fíjate en la delicadeza de la expresión, y entenderás cómo debes obedecer. Primero te acercas a Él, ya sea ante un sagrario, en lo profundo de tu alma, o en la persona de sus ministros. Luego escuchas sus palabras, y las atesoras como atesora el amante las palabras del ser amado. Después, el hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien. Entonces lo cumples. O, mejor, la palabra atesorada se cumple sola. Estás sólidamente cimentado en la Roca.

(TOI23S)

Dolores que valen la pena

Contemplad despacio uno de esos lienzos hermosos donde la Virgen aparece junto a la cruz de su Hijo. Aprenderéis muchas cosas.

No vayáis a pensar que allí se reúne todo el sufrimiento, y fuera de ese cuadro no existe el dolor. Hay dolor en los hogares, en las escuelas, en las calles y en las tabernas. Todos sufrimos. Sufre el creyente, y sufre el incrédulo. Lo que marca la diferencia no es la cantidad o intensidad del sufrimiento, sino el motivo.

Hay quienes sufren dolores de bisutería. No valen ni el peso de las lágrimas que los lloran. Son padecimientos egoístas y caprichosos. Sufren porque no se salen con la suya, porque no los tienen en cuenta los hombres, porque no gozan la salud que quisieran, porque se sienten solos o despreciados… Todo su dolor comienza y termina en ellos mismos.

Mira a María. Su dolor es grande, sobrecogedor, maravilloso y redentor. Sufre los dolores de su Hijo Jesús, que son dolores de Amor por los pecados de los hombres. Ese dolor la ha convertido en madre tuya y mía: Ahí tienes a tu hijo. Son dolores de parto.

Dime, ¿no querrías cambiar tus dolores por los suyos? Anda, pídeselo.

(1509)