Liber Gomorrhianus

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Donde hay confianza…

Aquí va una historia real, con nombres ficticios: Encarnita era la delicadeza en persona; se deshacía en atenciones conmigo. A su marido, Antonio, lo tenía yo por un buen hombre. Un día llamé por teléfono, y Encarnita descolgó: «¡Ay, padre, qué alegría oír su voz! ¿Está usted bien?». Le pregunté por Antonio, y «ahora se pone». No imaginó que el teléfono captara su voz: «¡Antoniooooooo! ¿Estás sordo, o qué te pasa? ¡Que te llama el cura, levanta de ahí!». Entonces supe que Antonio era un santo.

«Donde hay confianza, da asco». Podemos ser encantadores con los de fuera, e insufribles en casa. Al Señor le sucedió con los suyos. Quienes mejor debían tratarlo, los nazarenos, lo despreciaron; se habían acostumbrado a Él como Encarnita, en un mal día, se acostumbró a Antonio. Mientras tanto, muchos paganos, como aquella cananea, lo recibieron con una fe que asombró al propio Dios: ¡Mujer, qué grande es tu fe!

Pienso en la cananea, en Encarnita, y en nosotros. ¿Nos habremos acostumbrado al Señor? Entramos en la iglesia con el móvil encendido, nos sentamos con las piernas cruzadas, hablamos en el templo como en el mercado, omitimos la genuflexión, comulgamos sin confesar… «¡Antonioooooo!». Pobre Jesús.

(TOA20)

La segunda inocencia

Hace pocos días, en España, una mujer con gran protagonismo en la actualidad política convocaba una rueda de prensa. Me llamó la atención que emplease la frase «no somos inocentes», cuando lo que, realmente, quería decir era «no somos ingenuos». Esa acepción de la palabra «inocente», en el sentido de «ingenuo», está mejor expresada con el vocablo «inocentón».

La inocencia se aplica, normalmente, a quienes quieren defenderse de una acusación y, también, a los niños. De los niños se dice que son inocentes, porque no aún no han conocido el mal, y, por tanto, no han cometido pecado.

No impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos. Ser como un niño no es ser un niño. La inocencia del niño no deja de ser una forma de ignorancia. Ser como un niño, sin embargo, supone recuperar esa inocencia cuando ya se ha conocido el mal. Es fruto de una conversión. Esa «segunda inocencia», la de quienes vuelven a ser niños tras renegar del pecado, es la de muchos santos. Y es preciso gritar a grandes voces que, con la ayuda de Dios, es posible. El pecado tiene vuelta atrás.

(TOI19S)

Esa forma «piadosa» de pecar

En ocasiones, los pecados del mundo se mimetizan, y, bajo capa de piedad, se infiltran en los miembros de la Iglesia. Por ejemplo: hay matrimonios jóvenes que saben que la anticoncepción constituye un pecado mortal. Pero, interpretando a su manera la «Humanae Vitae», emplean los métodos naturales con la misma frivolidad con que otros emplean los anticonceptivos. Su pecado es doble: el de la anticoncepción, y el usar la doctrina de la Iglesia a favor de su egoísmo.

Católicos de misa diaria que jamás se divorciarían para casarse con otra persona acuden a los tribunales eclesiásticos en busca de una nulidad que les permita contraer nuevas nupcias. No les mueve un deseo de conocer la verdad, sino que buscan por todos los medios una nulidad; y, finalmente, muchas veces la encuentran. Su pecado también es doble.

Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse… Trae cuenta, y es cuenta divina. Pero debéis saber que, en ocasiones, el matrimonio, como cualquier vocación, es la cruz en la que uno debe inmolarse. Y, cuando ese momento llega, bajarse de la cruz sigue siendo una deserción. Con papeles, o sin ellos. Con métodos naturales, o sin ellos.

(TOI19V)

Seres imperfectos pidiendo perdón

Cuando el criado de la parábola, angustiado por la amenaza de ser vendido junto a su familia para pagar su deuda, implora clemencia ante el rey, le dice: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. No le mueve el dolor de haber sido injusto con un rey que le prestó dinero. Su petición es egoísta; desea librarse del castigo. No obstante, el rey se compadece, y va más allá de lo que el criado pedía. En lugar de diferir la deuda, la perdona.

La atrición es ese dolor de los pecados cuyo único motivo es el temor del infierno. No suscita en el alma la gracia, como sucede con la contrición. Pero es suficiente para poder confesar los pecados, y recibir con fruto la absolución. También el hijo pródigo recibió el perdón de su padre, a pesar de no tener más dolor que el hambre.

No esperes a tener unas disposiciones perfectas para confesar. Si ya fueras perfecto, no tendrías que confesarte. Dios es bueno y comprensivo, no temas. Para confesar válidamente, basta con que tengas pecados y no quieras condenarte. Si pides perdón, tal como estás, el amor no se hará esperar, y un día confesarás con contrición.

(TOI19J)

La misteriosa libertad para pecar

Cada vez que oigo hablar de la Iglesia como instancia de poder, me entra la risa. Cualquier concejal de mi pueblo tiene más poder que el Papa. Porque si el concejal ordena que no aparquemos en una calle, puede multar a quien desobedezca o llevarse el vehículo con la grúa. Pero si sale Francisco a la plaza de San Pedro a decir que perdonemos las ofensas, y quienes allí están no quieren perdonar, ni el Papa les multa, ni el párroco les pone un monaguillo de guardia para comprobar que cumplen la enseñanza.

Así debe ser; el bien no se practica bajo coacción. Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas (…) Si no te hace caso, llama a otros dos (…) Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso…

Tres veces dice Jesús si no hace caso. Porque el hombre debe actuar libremente. Y si, tras tres advertencias, el amonestado no se enmienda… Considéralo como un pagano o un publicano. Es decir, déjalo en paz y reza por él.

Bendita libertad, con todos sus riesgos. Si Dios permite pecar al hombre, ¿quién somos nosotros para impedirlo por la fuerza?

(TOI19X)

Toda tú eres de Dios

En el salmo 44 estaba escrito, acerca de la esposa del Rey: Quiero hacer memorable tu nombre por generaciones y generaciones, y los pueblos te alabarán por los siglos de los siglos (Sal 44, 18). En esas palabras se vio reflejada María, y así cantó ante Isabel: Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.

Son muchas, María, las generaciones que han pasado desde entonces. Y, tal como anunciaste, todas te han felicitado. Hoy lo hacemos nosotros, y, al felicitarte, nos felicitamos también por tenerte como madre.

Felicidades, porque has sido recibida, en cuerpo y alma, en lo más alto del cielo, y allí tienes tu trono junto al de tu Hijo. En todo lo seguiste en esta vida, y era justo que en todo lo siguieran también en la gloria.

Nuestros pobres cuerpos tendrán que pagar sus culpas en el sepulcro antes de ser glorificados. Pero el tuyo, Madre nuestra, jamás se desposó con el pecado ni tuvo nada que ver con él. Todos tus miembros glorificaron a Dios toda tu vida. Si, por tanto, fueron suyos, ¿qué hay de extraño en que Él los tome y los lleve junto a Sí?

¡Oh, María, asunta al cielo, ruega por nosotros!

(1508)

Esperanza

Cuando Jesús anunció a sus apóstoles que el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día, cuenta san Mateo que ellos se pusieron muy tristes.

Podrían haber guardado el eco de las últimas palabras –resucitará al tercer día–, y haberse llenado de júbilo con la noticia de que Cristo vencería a la muerte. Pero ni siquiera escucharon estas palabras. Se quedaron en la tristeza del primer anuncio –será entregado en manos de los hombres, lo matarán– y no supieron ir más allá.

Como nosotros. Cuando llega la contrariedad o aparece el sufrimiento, nunca somos capaces de ir más allá, a la gloria preparada para nosotros si lo sufrimos con paciencia y lo ofrecemos con mansedumbre. Sólo vemos nuestro dolor, y nos entristecemos.

La virtud de la esperanza es virtud teologal. No sólo es que sea necesaria para salvarnos; es que ella misma nos salva, porque nos lleva más allá de dolor presente, y nos hace gustar, por adelantado, la gloria futura.

¿Acaso crees que permitiría Dios el sufrimiento en aquellos a quienes tanto ama, si no fuera el camino para grandes gozos? Ten esperanza, y alégrate cuando llegue el dolor.

(TOI19L)

Si Tú me dices ven…

Me estaba acordando de aquella vieja canción: «Si tú me dices ven, lo dejo todo…» Nadie puede negarle el romanticismo, pero muy realista no es. Si Paquito está encima de una barca en plena galerna nocturna, y Antoñita, desde el muelle, le dice «ven», Paquito podrá dejarse el teléfono móvil en cubierta, pero el chaleco salvavidas no lo deja por muy enamorado que esté. Eso contando con que se tire al agua, lo cual está por ver.

Pero si, en lugar de Antoñita, es Jesús quien, desde encima de las olas, te dice «Ven» … Entonces, amigo, puedes olvidarte hasta de la ley de la gravedad. Si Dios te dice que vueles, tú salta con fuerza y alcanzarás las nubes. Cuando se trata de Dios, la obediencia hace milagros.

Por eso me cuesta entender a quienes rápidamente se excusan cuando Dios les pide algo difícil. «Estaba de vacaciones en un pueblucho, y la iglesia se encontraba a doce kilómetros. Dios comprenderá que no podía ir a misa»… O sea: si es difícil, Dios no me lo pide. ¿No debería ser al revés? Si Dios me lo pide, por difícil que sea, Él lo hará posible. Así han vivido los santos.

(TOA19)

Paciencia

¿Has pasado alguna vez un fin de semana de ejercicios espirituales, te has sentido allí como en el cielo, y al volver a casa te has dado de bruces con la primera riña familiar? ¿Has pensado, entonces: «¡Con lo bien que yo volvía de ejercicios, y lo poco que ha durado!»?

Así entenderás mejor al Señor. Desciende del Tabor, con la miel del cielo aún en los labios, y encuentra aquella algarabía. El niño epiléptico que grita, el padre que se encara con los apóstoles, los apóstoles respondiendo a voces, y una multitud alborotada tomando partido por uno o por los otros… Pero ni la vida eterna ni el Amor de Dios parecen importarle a nadie allí.

¿Hasta cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo tendré que soportaros?

¡Con lo contento que volvía Jesús! En verdad, le hemos cansado mucho. También tú y yo, cuando no pensamos más que en las cosas de la tierra.

Con todo, Jesús no se ha marchado. Sigue padeciendo en la Cruz la ingratitud de los hombres, y esperando en los sagrarios el amor de sus ovejas. Si al menos tú y yo tuviéramos, con los demás, la misma paciencia que el Señor tiene con nosotros…

(TOI18S)

No hace falta morir para aprender

Tratemos de responder a la pregunta del Señor: ¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

Supón que tienes todo aquello con lo que tantos sueñan: dinero, prestigio, el aprecio de los hombres, y una salud de hierro. Sueña, incluso, con una juventud indestructible. Compras, comes, bebes, sales de vacaciones, amas y eres amado…

Yo conocí a alguien así. Era joven y guapo, hijo de una familia adinerada del sur de España. No había restricciones en su vida; ni un semáforo en rojo. Hacía cuanto quería.

Una mañana, a eso de las doce, después de una noche de borrachera, se acercó a mí y se echó a llorar. Me dijo que no dormía, que bebía para dormir y tampoco así lograba descansar. «¡Quién tuviera tu fe! ¡Si supieras que no soporto el silencio, porque me aterra pensar! Y, de noche, doy vueltas en la cama muriendo de asco, pensando en el sinsentido de todo lo que hago y en lo absurdo de la vida. ¡Quién tuviera tu fe!».

No envidiéis a quienes lo tienen todo, pero no tienen fe. Rezad, más bien, por ellos. Porque no hace falta morir para ir al infierno.

(TOI18V)