Evangelio 2018

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Cuando se pueda circular sin cinturón

El motivo que señala Jesús al hecho de que, en la vida futura, no exista el sacramento del matrimonio es muy revelador:

Los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles.

Fijaos en esa relación entre el matrimonio y la muerte. Y no penséis solamente en el momento del último suspiro. La muerte acompaña al hombre mientras vive: el dolor, la fragilidad, la enfermedad, la vejez… Todo eso es muerte. Frente a ella, el hombre está indefenso. Pero no debe estar solo.

El matrimonio es un lazo que une a un hombre frágil con una mujer frágil para que, entre ambos, se aporten fortaleza y se presten ayuda. Los dolores del marido son los de la esposa; y las dificultades de la esposa son las del marido. Para que esas turbulencias de la vida no pongan en peligro el amor, instituyó Dios ese bendito «cinturón de seguridad» del matrimonio.

Pero, en el cielo, donde ya no haya muerte ni dolor, podréis circular sin cinturón de seguridad. Ya no habrá peligro.

(TOI33S)

¿Rezas… o robas?

Si Cristo grita, el alma debería estremecerse. Una persona capaz de bostezar mientras grita Dios lo ha perdido todo; está sordo con la peor de las sorderas, y tiene una piedra en el pecho donde debería estar el corazón.

Escrito está: «Mi casa será casa de oración»; pero vosotros la habéis hecho una «cueva de bandidos».

Guarda dentro el grito del Señor. Deja que, durante el día, resuene en tu alma, y medítalo en tu corazón. Porque tu alma es casa de oración, y no debes permitir que se convierta en cueva de bandidos.

La diferencia entre quien reza y quien roba está en los ojos. Quien reza mira al cielo, y esa mirada le hace desear la eternidad. Por eso está dispuesto a desprenderse de todo en esta vida con tal de alcanzar la gloria eterna. Quien roba, sin embargo, mira a la tierra, y esa mirada le hace desear con tales ansias los bienes de este mundo que acaba siendo esclavo de riquezas, placeres y dinero. Como nunca tiene bastante con lo suyo, acaba deseando también lo de los demás. Ese deseo ya es latrocinio.

¿Hacia dónde miras? ¿Es tu alma casa de oración, o cueva de bandidos?

(TOI33V)

Un dolor dulce que salva almas

Conmueve, y mucho, contemplar a Jesús llorando desconsolado por las culpas de su pueblo. ¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos.

Desde aquel monte, que es un balcón abierto hacia Jerusalén, Cristo vio las consecuencias de los pecados de aquellos hombres, y, pregustando la angustia de Getsemaní, los vio condenarse: Vendrán días sobre ti en que tus enemigos (…) te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán en ti piedra sobre piedra. ¿Nos quedaremos fríos mientras Jesús llora?

Pero, más que eso… ¿Lloramos al ver llorar a Jesús? O, mejor, ¿lloramos sus propias lágrimas? ¿Nos duelen los pecados de quienes nos rodean? ¿Hacemos penitencia por quienes no creen? ¿De verdad tenemos celo de almas?

El celo de almas es un dolor; un dolor intenso y dulce, que nos hace sufrir por las almas que viven lejos de Dios. Ese santo dolor ha creado, en la Iglesia, apóstoles, evangelistas y mártires.

Quizá no te apetece pedir un dolor… Pero debes pedirlo, porque muchas almas necesitan que llores por ellas las lágrimas de Cristo, y que, movido por tu celo, te acerques a ellas para llevarles su Amor.

(TOI33J)

En el fondo, es romántico

Hay quien se asusta cuando, en el evangelio, lee frases como la que hoy dirige el rey contra sus adversarios: A esos enemigos míos, que no querían que llegase a reinar sobre ellos, traedlos acá y degolladlos en mi presencia.

A mí me parece una frase muy romántica, qué queréis que os diga. Porque, en esta vida, los enemigos de Cristo, empeñados en que el Señor no reine en el alma, son los pecados. Y también son enemigos del Señor el dolor y la muerte, fruto del pecado. Estos últimos, el dolor y la muerte, ya han sido abrazados por Cristo y convertidos en puerta de salvación. Pero, cuando Jesús vuelva, acabará definitivamente con pecado, dolor y muerte para instaurar su reino. Entonces gozaremos del Amor sin mezcla alguna de tiniebla. ¿No es romántico?

Si la frase la referimos a los hombres que no quieren que Cristo reine sobre ellos, la orden de degüello no significa que vaya Dios a laminarlos. Significa que esos hombres, al no querer que reine Cristo en ellos, se han separado de su Cabeza. Se degollaron ellos solos, al no querer obedecer.

Nosotros preferimos mantener nuestra Cabeza sobre los hombros. Nosotros queremos que Cristo reine.

(TOI33X)

«Virgen» es la Virgen

Aún usábamos cintas de casete. Y le escuchaba a mi padre: «Tengo que comprar una cinta virgen». Me sonaba rarísimo, porque, para mí, virgen era la Virgen María. Y asociar una palabra tan sagrada con una cinta metida en una caja que siempre se atascaba y te obligaba a usar un boli «bic» me parecía una blasfemia.

Si de mí dependiera, yo no usaría la palabra «virgen» más que para la Virgen. Y para las monjas, que se miran en ella. Porque la virginidad de María, evocada hoy en esa consagración realizada en el Templo cuando era niña, es virginidad enamorada. Nada tiene que ver con la soltería, ni con la frialdad, ni con la represión patológica de las pulsiones naturales.

El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre. La virginidad de María, en lugar de hacerla estéril, la convierte en Madre de Dios. Al entregar al Espíritu su cuerpo, entrega también alma, voluntad, y vida. Así, el Espíritu puede llenarla de Dios, y es a Dios mismo a quien da a luz.

Por eso, si de mí dependiera, quien dijera «virgen» debería decir «María».

(2111)

Puestos a pedir…

BartimeoSupón que te sucede lo que le sucedió al ciego Bartimeo: que Jesús pasa a tu lado, se acerca a ti, y te pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Qué responderías?

Quizá, ni siquiera pedirías algo para ti. Sé de muchas madres que, ante esta pregunta, no dudarían en pedir una gracia para un hijo suyo.

Puede que le pidieras socorro en una necesidad personal. Tampoco haces mal. Al fin y al cabo, eres hijo, y eres pobre. Tienes derecho a pedir para ti.

Tal vez hayas pedido favores grandes para el mundo, o incluso la salvación de todas las almas.

Tampoco es mala la súplica de Bartimeo: Señor, que recobre la vista. Sobre todo, si es la fe la que quieres recobrar, para poder ver al Señor.

Deja que me atreva con la que me parece la mejor respuesta: «¡Señor, que yo haga en todo tu voluntad!». Porque, creo, de verdad, que, si yo hago en todo la voluntad de Dios, además de unirme a Él, como deseo, mis seres queridos, y las almas todas, saldrán beneficiados. Por tanto, lo que pido para mí no es egoísta. ¿Acaso no dijo Jesús por ellos me consagro (Jn 17, 19)?

(TOI33L)

Holgazán, y parlanchín

Es costumbre muy nuestra la de cargar las culpas sobre otro cuando nos sorprenden en falta. Si ese otro es, precisamente, quien nos ha sorprendido, mejor: que se sienta culpable quien acusa, y así los acusados pareceremos víctimas. Lo hizo Adán, cuando culpó a Dios de haberle dado por mujer a quien le tentó con el pecado.

Y lo hizo el siervo negligente y holgazán de la parábola. Al verse acusado por su señor, cargó las culpas sobre él: Siegas donde no siembras, y recoges donde no esparces.

Así leído, impresiona. ¿Quién va a ponerse de parte de uno que siega donde no siembra y recoge donde no esparce?

Yo mismo. Además, tiene razón el holgazán «piquito de oro». Dios es así. Sembró la semilla del reino en doce hombres, y, poco después, recogió sangre de mártires y fe de enamorados por toda la tierra. ¿Cómo lo hizo? Sirviéndose del amor de aquellos Doce, cuyos corazones abrasados prendieron fuego al orbe entero.

En cuanto a ti, holgazán «piquito de oro», te excusas muy bien, pero en tu propia excusa se encuentra tu peor acusación: Tuve miedo. Exacto: tienes miedo a dar la vida. Si no cambias, no sirves para apóstol.

(TOA33)

Dos contradicciones

Son dos perplejidades, dos extrañezas, que me asaltan ante la lectura del evangelio de hoy:

Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Dios promete no dar largas a los suyos, y, sin embargo, a nosotros siempre nos parece que Dios llega tarde, que está «demasiado tranquilo» o –dicho en cañí– que tiene «una pachorra de muchísimo cuidado». ¿Por qué? ¿No será que el verdadero problema consiste en que nosotros tenemos demasiada prisa? ¿No será que queremos verlo todo resuelto de inmediato? Sin embargo, Dios no nos da largas. Todo llega exactamente a su hora: a la de Dios, no a la nuestra.

Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? ¿A qué fe se refiere? ¿No será, precisamente, a eso, a la fe, pura y dura? Es decir, a la contemplación de lo que no ven los ojos: el cielo, la eternidad, el rostro del propio Dios. ¿Temerá el Señor –y con razón– que el día en que venga desde lo alto de los cielos a traer vida eterna no nos interese lo más mínimo, porque estemos muy ocupados pidiendo bienes terrenales? ¡Pues vaya chasco!

(TOI32S)

Mejor «encielado» que «enterrado»

Es lo malo de estar tan «enterrado»: que llega el terremoto y te sepulta del todo.

Comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; (…) llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos.

No estás enterrado porque tus pies pisen fuertemente en la tierra. Lo estás cuando tu cabeza se encuentra también sepultada en los bienes de este mundo. Echa un vistazo dentro de tu cráneo, y mira lo que hay: problemas, hijos, nietos, pisos, dinero, televisión, dolores… Estás lleno de tierra. Incluso tu oración, si te descuidas, parece un saco de arena: «¡Señor, este problema! ¡Señor, esta enfermedad! ¡Señor, este sufrimiento!» … ¿Piensas alguna vez en el cielo? Porque todo lo que llena tu cabeza va a terminarse. Si tan aferrado estás a esos bienes, perecerás.

¿Por qué no te «encielas»? No hace falta que levites, no levantes los pies del suelo, que allí están bien. Pero alza la cabeza y llévala al cielo: piensa en la eternidad, sueña con la gloria de Dios, ilusiónate con la dicha de los santos, aspira decididamente a la santidad. Así, cuando todo lo terreno se destruya, será como si se rompiera un grillete, y saldrás al encuentro del Señor en el cielo.

(TOI32V)

Tres reinados, tres llegadas

Le preguntan a Jesús ¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?, y Jesús marca tres reinados, y ninguna fecha.

La primera llegada del reino de Dios tiene lugar en lo profundo del alma, visitada por la gracia divina: El reino de Dios no viene aparatosamente (…) porque el reino de Dios está en medio de vosotros. No hace ruido el Espíritu cuando desciende a ti al recibir la absolución sacramental. Pero, en ese silencio, se convierte en cielo tu alma.

En la segunda llegada, reina desde la Cruz, y extiende su reinado completando en los suyos su Pasión: Primero es necesario que padezca mucho, y sea reprobado por esta generación. No rehúyas la contrariedad, la enfermedad ni el oprobio. Recuerda que son reinado de Jesús crucificado en tu vida, y que, desde la Cruz, reinas con Él.

La tercera llegada tendrá lugar al final de los tiempos: Como el fulgor del relámpago brilla de un extremo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su día. Pero, para que, cuando ese día llegue, puedas reinar con Él, antes debes haber acogido su reinado en tu alma por la gracia, y en tu cuerpo por la Cruz.

(TOI32J)