Liber Gomorrhianus

Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Espiritualidad del madrugón

Si hubiese que escribir una «espiritualidad del madrugón», habría que dedicar el libro a santa María Magdalena. Ella es maestra de madrugadores y modelo de enamorados.

María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro.

Qué religión tan aburrida e indeseable la de aquéllos que ven el cristianismo como un esfuerzo de voluntad, ayudado por la gracia, para obtener virtudes. Los coleccionistas de virtudes suelen ser tediosos y plomizos. Al menos hasta que han añadido, a sus trofeos, la virtud de la simpatía. Pero, cuando ese momento llega, no consiguen sino acomplejarte. ¡Te ves tan miserable a su lado! Sobre todo, la perspectiva de vivir en continuo esfuerzo para la obtención de la virtud se te presenta como una tarea insufrible.

Por eso descansas mirando a María Magdalena. A ella no la mueve a madrugar ningún esfuerzo de voluntad, ni la llevó a la Cruz un afán de superación. Sólo el amor la mueve. Y, movida por amor, busca a Cristo, encuentra a Cristo, ama a Cristo y anuncia a Cristo. Ni aburre, ni acompleja. Uno daría lo que fuese por ser como ella. Y, si «lo que fuese» es todo, lo daría también.

¡Bendita María Magdalena!

(2207)

Liber Gomorrhianus

Eso de meter la mano en la nevera…

San Mateo deja muy claro que los discípulos de Jesús tenían hambre. Yo supongo, por tanto, que los hechos sucedieron a eso de la una, cuando nos visitan las ganas de comer, y que los hombres habían desayunado más bien poquito. Ningún restaurante a mano, y, en fin, ya sabéis… Empezaron a arrancar espigas y a comérselas.

Tampoco es que fuesen, precisamente, patatas fritas de corte fino. Supongo que tendrían polvo y esas cosas. Y, sin vermout para acompañar… Pero las normas eran claras y rígidas. Aquello equivalía a moler pan –aunque fuera entre los dientes– y estaba prohibido moler pan en sábado.

Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado. Comprendo el escándalo de los fariseos. Contravenir las normas sagradas, para ellos, era gravísimo. Pero el problema era todo suyo. Nunca habían visto a seres humanos comportarse como hijos de Dios, y hacer, en el mundo, lo que cualquier hijo hace en su casa: abrir la nevera, meter la mano, sacar una chocolatina y zampársela. Si lo hace el jardinero, es digno de reprensión, porque no es su casa. Pero hasta el pequeñín de la familia lo hace, y no pasa nada.

¡Somos hijos!

(TOI15V)

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Muchas preguntas, y una respuesta

Si, a la una de la tarde, mientras estás en casa pasando calor, te llama por teléfono un amigo que está tomando una cerveza fresca en la terraza de un bar junto a la playa, y te dice: «¡ven conmigo, que aquí se está de maravilla!», no te haces muchas preguntas. Sales de casa y te unes a la fiesta.

Pero si, desde lo alto de una cruz, Jesús te dice: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros (…) y encontraréis descanso, entonces te haces muchas preguntas: ¿A qué descanso se refiere? ¿de qué cansancio habla? ¿qué puede ofrecerme un crucificado? ¿cómo puedo descansar cargando con un yugo?

Yo no sé responder esas preguntas con palabras. Sólo sé que, si una persona es capaz de descansar clavada en una cruz, esa persona es la más libre del mundo, y no necesita nada más que a Dios. Puede tener vacaciones o no tenerlas, pasar calor o frío, dormir mucho o poco… Le da igual, mientras no le falte Dios.

Lo que no sé es qué responderá el de la cerveza cuando sea esa persona quien le llame por teléfono.

(TOI15J)

Liber Gomorrhianus

«Todo» es todo; también eso

Haz una lista de todas tus preocupaciones; lo que te impide disfrutar de la vida: un problema familiar, un quebranto en tu salud o en la de tus seres queridos, dificultades económicas o en el trabajo, el fracaso de un proyecto en el que pusiste ilusión…

Todo me ha sido entregado por mi Padre. Es el Hijo de Dios quien te lo dice. Créelo. En «todo» está incluido todo, también eso. El Padre lo ha puesto en las manos de Cristo, y Cristo –lo sabes muy bien– te ama con infinito Amor. Deja de preocuparte. Tus inquietudes están en buenas manos; en las mejores.

Y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Tú dedícate a eso, a conocer a Dios. Disfruta de la contemplación de la vida de Cristo, y deja que esa contemplación te haga vislumbrar, tras cada misterio, al Padre.

No te pido que no sufras; sería yo un necio si te pidiera eso. Todos sufrimos. Te pido que, en medio de los dolores de tu vida, aprendas a disfrutar de Dios sin preocupaciones, dejando todo en sus manos.

(TOI15X)

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La conversión comienza por los ojos

Solemos pensar en la conversión como un cambio de vida; pero, antes que un cambio de vida, la conversión es un cambio en la mirada. La vida, después, sigue a los ojos.

¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. El milagro es una llamada de atención de Dios; como si Dios, con un golpe de efecto, te gritara: «¡Mírame, estoy aquí!». En ese momento, apartas tu mirada de ti mismo y la diriges a quien, con un prodigio, ha llamado tu atención. Por eso te vistes de sayal y ceniza, para no mirarte tanto.

Tú puedes llegar a las puertas de la iglesia pensando en lo mucho que te duele la espalda por las mañanas. Pero, de repente, el sacerdote consagra, y, ante semejante maravilla, te olvidas de la espalda, de la frente y de las piernas. Tus ojos se clavan en la Hostia, y ya sólo existe Él. Te has convertido. Cuando sales de misa, te preguntan: «¿Cómo estás?» y respondes: «Ahora, muy bien». Sayal para tu espalda, y luz para tus ojos.

(TOI15M)

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La familia… y Uno más

Cuando el Señor dice que los enemigos de cada uno serán los de su propia casa, no quiere con ello dar por sentado que todos sus discípulos vayan a pasar la vida discutiendo sobre religión con su familia. Eso sucede en ocasiones, pero las palabras del Señor son para todos, no sólo para quienes encuentran oposición a su fe dentro de casa.

Sacralizamos fácilmente todo lo que tiene que ver con la familia. Y hacemos mal. Porque los vínculos familiares –como todo lo carnal– tienen que morir para ser transfigurados. Si no pasan por la Cruz, esos vínculos ahogan el alma en lugar de liberarla.

Muchos no anuncian el evangelio a los no creyentes con la excusa de que deben atender a su familia. Muchos dejan de asistir a medios de formación cristiana regularmente porque tienen «planes familiares». Muchos ahogan la vocación de sus hijos porque temen verlos menos si se consagran a Dios. Muchos apenas salen de casa, porque su casa es el celemín que cubre la luz de su fe. Y muchos parecen pertenecer más a su linaje que al de Cristo.

Quien no rompe con su familia para amarla desde la Cruz, no puede seguir al Señor.

(TOI15L)

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Tritonos y politonos

Estoy hablando con un amigo, y, de repente, explota un tritono. Como un trueno. Mi amigo saca el teléfono del bolsillo y comprueba sus mensajes. Yo, pobre idiota, sigo hablando para nadie. Al poco rato, ya no es un tritono, sino un politono lo que explota. Mi amigo dice «perdona», y atiende al teléfono a quien llegó después que yo. Escucho la conversación, porque el volumen del auricular está alto. Ya no me apetece seguir hablando. ¿Para qué? Le llamaré al móvil si quiero su atención.

Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése da fruto. ¡Pobre Dios! ¿De verdad crees que te escuchan más que a mí? Desde el observatorio privilegiado del ambón, mientras predico, veo feligreses tecleando en sus smartphones. Una tarde, entro en la capilla, y hay siete personas ante el sagrario. Todos pendientes de sus pantallas, en las que, sin duda, leen textos piadosos. Pero al sagrario nadie lo mira.

Pueden oír, pero cada vez escuchan menos, y entienden menos aún. Porque estos aparatos que nos han adosado al cuerpo están logrando que nadie preste atención a nada, a base de querer estar pendiente de todo a la vez.

(TOA15)

Liber Gomorrhianus

No es un error del sistema

Es sábado. Y, precisamente hoy, cuando, junto a María, guardamos un silencio profundo y esperanzado, la liturgia nos ofrece estas palabras:

Un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo; ya le basta al discípulo con ser como su maestro, y al esclavo como su amo.

Ayer, viernes, meditábamos la Pasión de Cristo. Hoy amanece un Gólgota vacío, un sepulcro ocupado, y un mundo que, aparentemente, ha matado a Dios y se ha quedado solo. Una Madre afligida y un universo en silencio…

¿Qué esperamos nosotros de la vida? ¿Acaso queremos ser más que Él? ¿Por qué tantos cristianos, cuando se encuentran con la Cruz, se desconciertan y se vienen abajo, como si el sufrimiento fuera un error del sistema o una prueba de que Dios no los escucha? ¿Por qué da la impresión, cuando un cristiano se ve a sí mismo en su calvario, de que esperaba otra cosa?

Mira a la Virgen. Contempla la esperanza en sus ojos. Y pídele que te enseñe a aceptar y a amar el dolor, el cansancio y el oprobio. Son tres grandes amigos. Y –sobre todo– si no logras amarlos, difícilmente será para ti domingo mañana.

(TOI14S)

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Sobran romanticismos

No nos engañemos: un apostolado bien hecho, el apostolado de un santo, no tiene buena acogida entre los hombres. La Cruz no se lleva bien con el marketing, por más que algunos parezcan empeñados en intentarlo.

Por eso, sobran romanticismos. Pensar que un cristiano que anuncia a Jesucristo va a ser aplaudido y reconocido por los hombres es una quimera. Lo normal, en un cristiano que ejerce de apóstol en el mundo, es que siga los pasos de su Maestro; y que, por tanto, sea ultrajado.

Os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas… Mientras nadie señala al cielo, los hombres pueden reptar y hozar en las charcas cenagosas de este mundo entre dispositivos móviles, métodos anticonceptivos y dietas para tener a raya el colesterol. Pero si, entre ellos, alguien sale de las limpias aguas de la gracia, alza el vuelo y les obliga a mirar hacia arriba, sin duda lo matarán. ¿Por qué? Porque les hará sentirse sucios e indignos. Ya sé que más inteligente sería tomar ejemplo y echar a volar. Pero, para eso, es preciso soltar un lastre del que no se quieren desprender. A nadie le gusta quedar como esclavo. ¡Muerte al hombre libre!

(TOI14V)

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Ambientadores que transforman los ambientes

Cuando un cristiano escucha la palabra «paz», no piensa en esa especie de armonía y ausencia de conflictos a la que el mundo llama «paz». Para un cristiano, la paz es Cristo (cf. Ef 2, 14).

Al entrar en una casa, saludadla con la paz; si la casa se lo merece, vuestra paz vendrá a ella. Nuestra misión es dar paz a quienes no la tienen. Para ello es necesario, en primer lugar, que seamos almas de oración y Eucaristía. De otro modo, nuestras almas se llenarán de mundo, y, por tanto, de guerra.

En segundo lugar, si debemos dar paz a quienes no la tienen, es preciso que estemos cerca de ellos. No es necesario que atosiguemos a los demás con sermones ni con miles de consejos. Basta con estar cerca de quienes no creen y crear, con ellos vínculos de auténtica amistad. En medio de ellos, un cristiano es como uno de esos ambientadores que perfuman toda la habitación. La paz de su alma se expande a quienes lo tratan y lo aman.

Pero, si no salimos de casa ni del templo… ¿a quién perfumará un ambientador que se queda en la tienda, envuelto en papel de celofán?

(TOI14J)