Creer y obedecer. Pero, primero, amar

Jesús expulsa un demonio    Dice el apóstol Santiago que no debemos engreírnos por tener fe; que también los demonios creen, y tiemblan (St 2, 19). El evangelio de hoy es buena prueba de ello.

    Sé quién eres: el Santo de Dios. Lo dice un demonio, y lo dice temblando. Después de decirlo, obedece a las palabras de Jesús y vuelve al Infierno. De modo que, por si no fuera bastante con creer, los demonios también obedecen. Y mejor que muchos hombres. Pero se condenan, porque de nada sirven obediencia y fe si falta amor.

    Debes comenzar por amar mucho a Dios. Ese amor te moverá a una santa curiosidad, y querrás conocer cada vez más a Cristo. Así tu fe será la de quien ama, no la de quien tiembla. También te moverá el amor a obediencia, porque quien ama desea, más que ninguna otra cosa, entregar la vida. Y el modo de entregarle a Dios la vida es obedecerle en todo y cumplir en todo su santa voluntad. La obediencia de los demonios es servil; si amas, tu obediencia será filial.

    Creer y obedecer; fe y obras. He ahí el resumen de la vida cristiana. Pero –no lo olvides– primero es el amor.

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Un hombre religioso… a su manera

martirio de Juan Bautista    Dices que eres cristiano, pero ¿lo eres de verdad? ¿Cuál es tu verdadera religión?

    Si realmente quieres saberlo, te convendrá responder a esta otra pregunta: ¿A quién no puedes decir «no»? Aquél a quien no puedas decir «no» es tu verdadero dios.

    Mira a Herodes: Te daré lo que me pidas… Y Salomé, endiosada, quizá se creyera alguien. Pero no era ella la diosa; Herodes mentía, porque no hablaba realmente con la hija de Herodías. La verdadera diosa de Herodes era su lujuria. No sabía decirle que no.

    Para muchos, su dios es el cuerpo; son incapaces de negarle nada: comida, bebida, sexo, descanso… Pídeme lo que quieras -le dicen- que te lo doy. Y terminan esclavos de un pedazo de carne.

    Para otros, su dios son los demás. Empeñados en agradar a todos, no saben decir que no a nadie. No dicen que sí por caridad, como los santos, sino por vanidad. No soportan quedar mal.

    Ojalá trataras tú a Dios como éstos tratan a sus dioses. Ojalá no supieras negarle nada al Único que puede darte vida. Porque le dices tantas veces no a Dios que me haces dudar de que seas realmente cristiano. Aunque te lo llames.

(2908)

¿De quién eres discípulo tú?

Jesús, Varón de Dolores    Cuando visites la iglesia, arrodíllate ante el sagrario y míralo con atención. ¿Hay un crucifijo cerca? Es una iglesia, debería haberlo (aunque nunca se sabe)… Míralo también con atención. Pasea tu mirada del sagrario al crucifijo y del crucifijo al sagrario. Y dime si no ves cumplidas en el propio Señor las palabras que Él pronunció para nosotros: Cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto. Míralo en la Hostia: rendido, dormido y mudo, abandonado a las manos del sacerdote, inerme ante la profanación, entregado y silencioso… Míralo en la Cruz: humillado, hecho el último de los hombres, escupido y despreciado…  Nadie puede dudar que, al venir al mundo, el Hijo de Dios ha escogido para Sí el último puesto.

    Mírate ahora a ti mismo. En tu casa quieres ser quien lleve siempre la voz cantante, quien diga la última palabra y sea servido por todos. En el trabajo no soportas que te manden nada ni que estén por encima de ti. Con tus amigos quieres ser el más gracioso, el protagonista de todas las conversaciones. En el juego no sabes perder…

    Vuelve a mirar con atención el sagrario y el crucifijo. Dime: ¿de quién eres discípulo tú?

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Dios siega donde no siembra

parabola de los talentos    Resulta desconcertante la excusa con que el empleado negligente y holgazán responde a su señor cuando éste le llama a rendir cuentas: Sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces

    Piensas en ese amigo tuyo que no tiene fe. Y te excusas, diciendo: « Dios no le ha dado la fe que me dio a mí. Yo, además, he tenido la suerte de nacer en una familia cristiana, y de recibir formación desde niño. Sin embargo, él no ha conocido nunca a Dios. No tiene culpa si no va a misa. Dios no se lo tendrá en cuenta, y yo tampoco voy a complicarle la vida»…

   ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo?, te dirá Dios. «¿No ves que te di a ti la semilla para que sembraras y esparcieras? ¿Por qué te has negado a hacerlo, y no has querido hablarle de Mí con la excusa de que no querías complicarle la vida?»

    Al menos, podías haber puesto mi dinero en el banco. Y el banco es la Cruz. ¿Cuánta penitencia has hecho por él? Negligente y holgazán: ¿crees que te salvarás sólo porque conservaste la fe?

(TOP21S)

Esa bendita prisa

prisa    Las prisas no son buenas para nada, salvo para servir a Dios. Los santos han sentido esa urgencia. Quien tiene prisa para servir a Dios, deprisa llegará al Cielo.

    ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! Y deprisa se levantaron las vírgenes. Entraron las que más prisa tuvieron. Aquéllas que habían dejado para el último momento el suplemento de aceite quedaron fuera.

    ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! Ojalá lo escuches cada mañana, cuando suena el despertador. Y salgas de la cama inmediatamente, sin ceder un segundo a la pereza, para postrarte en tierra y que el Señor te encuentre en alabanza.

    ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! Ojalá lo escuches cuando llega la hora de rezar. Y comiences tu oración a la hora en punto. Si, por pereza o desorden, comienzas tu oración con retraso, habrás hecho esperar al Señor.

    ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! Ojalá lo escuches cuando se acerca la hora de la misa. Y salgas de casa con tiempo, para llegar a la iglesia antes de que la misa comience. No vaya a ser que, un día, por llegar tarde, encuentres las puertas cerradas, como las vírgenes necias.

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No es bueno estudiar…

estudiar    Cuando estudiaba el Bachillerato, mi profesor de latín nos repetía, cada vez que se acercaba el examen: «Non oportet studere, sed studuisse». «No es bueno estudiar, sino haber estudiado». He conservado esa frase, y le he cambiado el verbo muchas veces.

    Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. Hace unos días te dibujé una aparición de tu ángel hablando de tu muerte. Hoy te dibujo otra: Supón que, conforme lees estas líneas, apareciera ante tus ojos tu custodio con la noticia de que morirás esta noche. ¿Qué harías? ¿Irías a confesar tus pecados para que la muerte te encontrase limpio y Dios te acogiera en su reino?

    Bueno… Ya habrías reaccionado mejor que muchos. Conocí a un hombre que, sabiendo que apenas le quedaban meses de vida, decidió dilapidar su dinero en experimentar todos los placeres que no había tenido tiempo de conocer. Ir a confesar me parece infinitamente más sabio. Pero lo mejor sería que ni siquiera tuvieras que hacerlo, porque estuvieses ya confesado. «Non oportet studere»…

    ¡Qué maravillosa costumbre, la de la confesión frecuente! Quien la practica se encuentra siempre en vela, preparado para presentarse ante el Señor cuando le llame.

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El que me mira por dentro

Bartolomé    ¿Qué sucedió bajo aquella higuera? Algo serio, sin duda. Y muy íntimo, de esas cosas que un hombre guarda para sí mismo. Porque cando Jesús dijo a Natanael: Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas bajo la higuera, te vi, Bartolomé cayó a tierra como si le hubieran desvelado lo que sólo Dios podía conocer. Rabí, tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.

    Personalmente, el saber que Dios conoce los pliegues de mi alma me reconforta cada día más. Porque, conforme pasa el tiempo, en mi interior es mucho más lo incomunicable que lo que puedo explicar con palabras. Todos necesitamos sabernos comprendidos y conocidos. Pero cuando lo que uno tiene dentro es tan sencillo que cualquier palabra lo estropea, uno queda condenado a la soledad del vidente de lo invisible. Salvo que sepas que Jesús ve lo que hay bajo la higuera.

    Por eso, muchas veces, si te preguntaran «¿quién es Cristo?», tendrías deseos de responder: «El que mira por dentro». Semejante respuesta no agota la realidad del Hijo de Dios, pero sé que Bartolomé hubiera respondido lo mismo.

    Cosa distinta es cuando por dentro sólo hay patatas fritas y un teléfono móvil.

(2408)

Limpia primero…

lavarcopa_gr    Por extraño que parezca, la piedad es compatible con el pecado. Prueba de ellos son los fariseos: rezaban como nadie, y pecaban como todos. Cuando el corazón está sucio, disimular su estiércol recubriéndolo con prácticas piadosas no conduce a la limpieza del corazón, sino a la contaminación de la piedad.

    El «corazón» es lo más íntimo del hombre: intenciones, deseos… los «porqués». Rezas, vas a misa, confiesas, comulgas, practicas innumerables devociones, y todo ello lo haces porque te sientes bien, porque te miran bien, porque buscas favores del cielo o porque vives con paz de espíritu, y eso te gusta. Por eso, a pesar de tu oración, no te has convertido. Tu piedad está sucia, con la suciedad que mana de tu corazón egoísta. Sin embargo, por lo que más quieras, no dejes de rezar.

    Limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera. Haz un buen examen de conciencia, que te lleve a confesar lo que nunca confesaste: tu egoísmo, tu soberbia, tu poca fe, tu vanidad… Si hay que llorar, llora. Después, renuncia ante al sagrario a todo (¡todo!) menos a Dios. Y comienza de nuevo, con un corazón limpio. ¡Ahora sí que rezas!

(TOP21M)

En buenas manos

virgen de fatima    Cuando el arcángel Gabriel se presenta a María como embajador del cielo, le anuncia que el Hijo que saldrá de sus entrañas será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob por siempre, y su reino no tendrá fin. Suficientes datos para que una mujer versada en la Escritura supiera que estaba refiriéndose al Mesías. Y que, al ser ella la madre de semejante rey, merecería, ante todas las generaciones, el título de Reina Madre.

    Pero el ángel no desveló todo el misterio. Treinta y tres años después, en la cima de un monte, ese Hijo, coronado de espinas, pendería de una cruz bajo la inscripción «Jesús Nazareno, Rey de los judíos». Sobre tan misterioso trono reinaría, no por linaje, sino por conquista. Y, en esa conquista, ella lo acompañaría, recogiendo en su inmaculado corazón el dolor del sacratísimo corazón del Verbo. Allí obtendría el título de Reina Consorte.

    Hace casi cien años, María se apareció en Fátima. Allí dijo: «Al final, mi corazón inmaculado triunfará». Todo un recordatorio para nosotros: aunque parezca que triunfa el mal, estamos en buenas manos. No debemos temer nada.

(2208)

El nuevo quietismo

quietismo    El quietismo moderno nada en almíbar. Sueña con la mística, y se engríe por haberla encontrado evitando la ascética. Se ríe de ayunadores y penitentes, y se mece entre cantos, bailes, curaciones y exorcismos, milagros y éxtasis modernos como desmayos… Los mismos que derraman miel por la boca hablando del Amor de Dios y su misericordia son incapaces de levantarse de la cama a la hora en punto, de afeitarse todos los días o de llegar a tiempo a una cita. Jamás conocieron cilicios ni disciplinas, pero no se les cae de la boca ni la santa de Ávila ni la santita de Lisieux. Todo, en su camino, es emocionante y sensiblero. Lo «bonito» es tan importante como lo «santo». Su corazón es como rosal en flor: si una rosa se seca, plantan otra. Que no pare la fiesta… La salvación sin esfuerzo, mecidos entre cantos y desmayos.

    Esforzaos por entrar por la puerta estrecha. Mira la Cruz, la puerta estrecha: Noche, desolación, el corazón roto y en tinieblas, silencio, dolor, penitencia, sacrificio, entrega, enfermedad… Ni milagros, ni consuelos. Parece que Dios no existiera.

    Desconfía de los caminos anchos que no pasan por la Cruz. Conducen al abismo entre deleites.

(TOC21)