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Espiritualidad digital – Brevísima homilía diaria, por José-Fernando Rey Ballesteros

ESPIRITUALIDAD DIGITAL

Infierno o abismo, te condenas igual para siempre

abismoCon la delicadeza y la ternura que nos caracteriza, la nueva traducción del Leccionario ha evitado la palabra «infierno», no fuera a ser que algún feligrés se viera afectado por un soponcio. Y así, donde Jesús decía a Cafarnaúm bajarás al infierno, ahora se dice bajarás al abismo. De este modo se consigue que el feligrés sensible, en lugar de pensar en las llamas del averno, piense en las aguas abisales del algún océano, plagadas de especies protegidas y sostenibles.

Aunque hoy cuidamos mucho la suavidad en las formas, el fondo (del abismo o del infierno) permanece idéntico: Jesús no emula al comandante Cousteau, sino que habla de la condenación eterna. Y las personas a quienes avisó de que se encaminaban allí no eran asesinos, sino los habitantes de Cafarnaúm, que rezaban siete veces al día y daban en limosna el diezmo de cuanto tenían. Pero habían omitido lo principal: no se habían convertido a Él. Quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.

Ten cuidado: tú, que rezas y haces limosnas, puedes condenarte. Por desgracia, es posible rezar y no convertirse, dar limosna y no querer ser otro Cristo. ¿Por qué? Por miedo a la Cruz.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

¿Quieres ver cosas mayores?

miguel-rafael-e-gabrielCuando Bartolomé muestra su asombro ante el conocimiento que Jesús tenía de su intimidad, el Señor le dice: Has de ver cosas mayores. Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

Pero, cuando Jesús pronunció estas palabras, alguien ya las había visto cumplidas. Treinta años antes, una joven contempló cómo ante ella se abrían los cielos, y cómo el arcángel Gabriel descendía para rondar su vientre en nombre del Altísimo. Cuando Gabriel subió de nuevo al cielo, el Hijo del hombre ya moraba en aquellas purísimas entrañas.

Si María vio treinta años antes que Bartolomé a los ángeles subir y descender del cielo, fue porque también lo había precedido en la fe. Esa fe la hizo vidente de lo invisible.

No te apresures a pedir ver cosas mayores; mira que eres pequeño. Más bien, pide fe. Y, cuando la recibas y la acojas, entonces verás. Y despertarás cada mañana rodeado de ángeles. Miguel será tu auxilio ante la tentación; Gabriel traerá hasta ti la palabra de Dios; y Rafael, como a Tobías, te acompañará en tus caminos.

Pero, más que todo eso, verás a Dios en cada sagrario. Pide fe.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

La oportunidad de tu vida

zaqueoEn el tercer evangelio Jesús aparece siempre de camino. El Señor, para san Lucas, es alguien que pasa. O bien lo dejas todo y te unes a Él, o te quedas mirando y dejas que se aleje. En cuestión de segundos, debes decidirte, porque ese momento, cuando Jesús pasa a tu lado, es la oportunidad de tu vida.

– Déjame ir a enterrar a mi padre. – Deja que los muertos entierren a sus muertos. – Déjame despedirme de los de mi casa. – Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios.

Es preciso, cuando ese momento llega, estar desprendido de todo. Sólo quien es libre, o está dispuesto a dejarse liberar, puede seguir al Señor. Y ya no se trata de un padre moribundo o un adiós a la familia. Se trata de que llega la hora de la oración y un vistazo a la prensa te hace llegar tarde. Llega la hora de misa y una llamada telefónica te retiene en casa. Llega la hora de escuchar a un amigo y, por decirle, «espera un poco», pierdes el momento en que te hubiera abierto su corazón.

Diligencia es libertad. Pereza es esclavitud.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Nuestro espíritu

espiritu¿Sabéis que algunos códices añaden un versículo al evangelio de hoy? Cuando los apóstoles piden a Jesús que envíe fuego del cielo sobre la aldea de samaritanos que se negó a recibirle, y tras explicar san Lucas que el Señor se volvió y los regañó, añaden que les dijo: No sabéis de qué espíritu sois.

Si ese versículo no ha pasado a la versión litúrgica, razones habrá para considerar que no es auténtico. Pero «si non e vero, e ben trovato». Nos viene bien considerar de qué espíritu somos; le pertenecemos al Paráclito.

Nuestro espíritu es el de quienes devuelve bien por mal. El de quienes sonríen a quien los injuria. El de quienes tratan con cariño a quien los trata con desprecio.

No vamos a llevarnos mucho de esta vida, salvo ingratitudes. Es mejor que no esperemos más. A cambio – ¡Y vaya cambio! – viviremos unidos al Señor. Él será nuestro tesoro. Y tanto lo amaremos, que ya nada buscaremos en los hombres, porque nos consideraremos bien pagados por Él. Esa dicha es la que nos proporciona la libertad necesaria para dar sin esperar recibir. Quienes somos tan afortunados podemos permitirnos el lujo de entregarlo todo a cambio de nada.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Obedecer y jugar: los niños que importan a Dios

jesus-con-un-nino-en-sus-brazosCuando los hombres hablan de «ser importante» se refieren a la relevancia que uno tiene ante los demás. Son importantes quienes deciden los destinos de los pueblos o captan la atención del gran público. Parece que las miradas de aprobación de los demás nos hicieran ser alguien. Y quien no pueda ser el empresario de moda, el futbolista del momento, o ministro de asuntos varios, al menos debería acumular cientos de amigos en Facebook. Si no eres importante, no eres nadie.

Se suscitó una discusión entre los discípulos sobre quién sería el más importante. No eran distintos de nosotros. No tenían Facebook, pero aspiraban a ser mirados, a ser tenidos en cuenta y a ser valorados por los hombres.

El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante. Jesús no vino al mundo a satisfacer expectativas humanas. Cuando lo quisieron hacer rey, escapó. Él había venido a obedecer a su Padre y a jugar con Él. Era el Niño de Dios, y así fue hecho el último de los hombres. Si lo acogemos como Salvador, no deberíamos tener otra preocupación que no fuera obedecer y jugar.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

No es el dinero, es el corazón

lázaro y epulónLa parábola de Lázaro y Epulón siempre nos causa problemas de conciencia. Nos sentimos demasiado ricos, pensamos que vivimos demasiado bien, y fácilmente recordamos, cuando la leemos, a los cientos de personas que piden limosna en las calles abarrotadas de nuestras grandes ciudades. Todo parece estar perfectamente pensado para que nos identifiquemos con Epulón, quien, para nuestra desgracia, es el personaje que se condena.

Y, sin embargo, el centro de la parábola no es el dinero. Nadie se salvará por haber quebrado, ni se condenará por triplicar el salario mínimo interprofesional. El centro de la parábola se encuentra en el discurso con que Abrahán responde al rico: Recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males. Quedaos con esas dos palabras: tus bienes. Es decir, lo que deseabas, lo que pensabas que era bueno para ti…

No se trata de tener o no tener dinero, sino de un corazón lleno de tierra o un corazón que anhela el cielo. Hay cristianos cuya oración está llena de tierra; son Epulón. Pero si un cristiano, por muchos bienes que tuviera, está dispuesto a perderlo todo con tal de alcanzar el cielo, ese cristiano es pobre y es Lázaro.

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Tú en sus manos, y Él en las tuyas

pastor¡Qué terrible paradoja! Nos sentimos seguros cuando nos sabemos en manos de Dios, y, por eso, muchas veces al día repetimos: «Señor, estoy en tus manos. No permitas que me separe de Ti». O, también, cuando algo nos preocupa, rezamos: «Señor, pongo esto en tus manos», y nos quedamos tranquilos.

Sin embargo, cuando Jesús dice: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, sabemos muy bien lo que quiere decir. En manos de los hombres, Jesús será ultrajado, escupido y crucificado. Y, cuando lo veamos en la Cruz, ¿qué diremos? «¡Oh, Jesús! Yo me puse en tus manos para que me cuidases, y tú te has puesto en las mías y has sido llevado a la muerte. Ahora tus manos, esas manos de las que yo esperaba protección, están llagadas. Aun así, moraré en ellas, habitaré en tus llagas como si fueran cuevas en las que esconderme, y descansaré sabiendo que allí también me guardas en tu Amor».

Tú en sus manos, y Él en las tuyas. Pero recuérdalo cuando comulgues. Ya mucho le has ofendido. Cuando, en la Eucaristía, Jesús vuelva a ponerse en tus manos, ámalo y consuélalo. ¡Hay tantos pecados que reparar!

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Medidas sobre toda medida

medida    Cuando Jesús habla de su Pasión, no la menciona como un infortunio o un error del sistema, como uno mencionaría que perdió el autobús o se cayó de la bicicleta. Jesús habla de su Pasión como algo necesario: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser despreciado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

    Cualquiera podría preguntarse el porqué de esa necesidad. ¿Acaso no nos dice santo Tomás que una gota de la sangre de Cristo podría redimir a la Humanidad entera de todos sus pecados? ¿Por qué era necesario tanto dolor, por qué semejante exageración en la medida?

    Queda claro que no se trata de una necesidad de justicia; santo Tomás no se equivocó. Para cumplir con la justicia, hubiera bastado con una gota de sangre del Niño Jesús, vertida al pincharse con un alfiler.

    Si la medida del sufrimiento de Cristo fue exagerada, el motivo fue que su Amor por el hombre era descomunal, abrumador. Jesús necesitaba demostrar un Amor por encima de toda medida, y por eso tenía que entregar, no una gota, sino hasta la última gota de su sangre. Era su forma de decirte: «Así te amo».

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La Santa Misa y el Divino Protocolo

Herodes y las potencias

potenciasNos cuenta san Lucas que Herodes tenía ganas de ver a Jesús. Finalmente, lo vio, y quedó muy decepcionado.

¿Sabéis lo que son las potencias? Yo no lo sabía, hasta que unas monjas me pidieron que les comprase unas potencias para su imagen del Sagrado Corazón. Resulta que se llama así a esa corona de rayos en tres haces que llevan muchas imágenes del Señor. Fui a comprar las potencias, y casi me pincho con ellas. No me interpretéis mal, me parece magnífico el que, con esos ornamentos, representemos la divinidad de Cristo. Siempre y cuando sepamos que Jesús, en la tierra, no los lleva.

Herodes esperaba a un Cristo con potencias, al que le brotaran rayos de la cabeza, pero se encontró con el Cristo humillado, preso y encadenado que le envió Pilato. Ante él no hizo ningún milagro, y por eso Herodes se mofó del Señor. Pero el necio era él. Tuvo ante sí la grandeza y la despreció.

María lo vio desnudito en Belén y lo adoró. Lo vio humillado en la Cruz y lo adoró… Y, si tú no sabes adorarlo en la Eucaristía, donde mora dormido y callado, jamás verás su gloria en el cielo.

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El «sí» de las «levantaderas»

levantaderasCuando Jesús, al pasar junto al mostrador de los impuestos, miró a Mateo y lo llamó, el que hasta entonces había sido un publicano se levantó y lo siguió. Ten por seguro que se trató de un acto libre, y no del resultado de un hechizo. Mateo, libremente, dijo «sí» de la mejor forma en que un hombre puede decir «sí»: con las posaderas –sin perdón–, que dejaron de ser «posaderas» para ser «levantaderas». Se levantó y lo siguió. No hay «sí» más eficaz que el de un hombre que se levanta y emprende el camino.

Pudo haber sido de otro modo. Leví pudo haber pedido un tiempo para reflexionar, o, simplemente, haber dicho «no» y haberse quedado sentado. ¿Qué hubiera sucedido entonces? O, mejor, ¿qué no hubiera sucedido? No tendríamos el primer evangelio, no sabríamos nada de los Magos, ni de los sufrimientos de José al conocer la gravidez de María, ni de los muertos que resucitaron cuando murió Jesús, ni de la mentira urdida por los soldados cuando resucitó…

No imaginas lo mucho que pierde la Humanidad cada vez que dices «no» al Señor. O cuando dices «sí» sólo con los labios, sin levantar las… Ya sabes.

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