El salto

Hace ya muchos años, más de veinte años que no hablamos de ello. Pero entonces, en aquellos tiempos, dos jóvenes sacerdotes y amigos teníamos un asunto recurrente del que siempre hablábamos cuando quedábamos a cenar: «El salto. Tenemos que dar el salto». Ambos sabíamos bien de lo que hablábamos, pero ninguno de los dos hubiera podido explicarlo si nos lo hubiesen preguntado. Ignoro si el motivo de haber dejado de hablar de ello es que hemos dado ya ese salto, o que sentimos vergüenza por no haberlo dado.

Esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Se haya cumplido o no en mí, hoy sé explicar en qué consiste ese salto. Es el salto de la viuda. El de los santos. El de los mártires. El de las vírgenes. En definitiva, el de quien se desprende de todo apoyo terreno y vuelca su vida sólo en Dios, con la absoluta confianza de que Dios lo sostendrá. Aunque también con cierto vértigo. Nadie se libra de eso.

Es sólo para los aventureros.

(TOP09S)