Un hombre envuelto en debilidades

Confiando en que su eminencia, mi querido obispo, no esté leyendo estas líneas, haré una confesión comprometida. Confieso que, en algunas ocasiones, durante alguna celebración en la catedral de mi diócesis, me que quedado dormido durante la homilía. No me deja bien esto. Y no es culpa de su eminencia. Es que llego cansado y, como me recojo en oración profunda, experimento una especie de suspensión sensorial. Incluso sueño y todo. Sueños santos. Pero sólo en la homilía. Jamás me he dormido en la Plegaria.

¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil. El Señor ha elegido, para perpetuar su sacerdocio, a hombres débiles, de carne, capaces de caer dormidos cuando más necesario sería que estuvieran en vela.

No esperes, del sacerdote, una perfección que tú tampoco tienes. Espera de él que esté muy unido a Jesucristo por un amor fuerte, tierno y fervoroso. Porque, a pesar de su debilidad, el Señor podrá servirse de ese amor para derramar en ti su gracia a través de él.

Respecto a su flaqueza… Pide por él, que también él quisiera estar a la altura.

(XTOSESA)