Misterios de Navidad

Jueves de la 1ª semana del Tiempo Ordinario (Ciclo impar) – Espiritualidad digital

¡Si todos pecáramos así!

Cuando san Pablo dice: ¡Ay de mí si no anuncio el evangelio! (1Co 9, 16), está dando a entender que el verdadero apostolado no es penosa obligación, sino necesidad urgente del enamorado. Tan urgente es, y tan necesario, que se escapa de los labios incluso en contra de los mandatos del propio Dios. Quizá sea el único pecado disculpable de quien ha sido salvado.

Jesús lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie». Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho. Imagina el discurso que manaba a borbotones por la boca del leproso. No era la lección de un maestro, ni el sermón de un predicador, ni la clase magistral de un teólogo. Era el testimonio de un hombre que reventaba de alegría. Hablaba de Cristo mientras hablaba de sí mismo, porque todo su pregón se reducía a esto: «¡Mirad lo que ha hecho conmigo!».

Y, bien pensado, ¿no era ése el pregón de Pablo? El verdadero apostolado no es el discurso de un sabio, sino la confidencia de un amigo: «Cristo ha alegrado mi vida, y te lo cuento porque no puedo callarlo. Soy demasiado feliz».

No hagas apostolado. Sé apóstol.

(TOI01J)

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