En el relato de Mateo, son dos los animales que acompañan a Jesús en su entrada en Jerusalén.
Trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Sé que es una pregunta estúpida, quizá infantil, pero a menudo me asaltan preguntas de ese estilo: ¿En cuál de los dos iba montado Jesús, en la borrica o en el pollino? Si preguntamos al profeta Zacarías, nos burlará con una doble respuesta: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila. ¿En qué quedamos?
Me quedo con el pollino. Cosas mías. Es que quiero pensar que esa pareja, madre e hijo, eran una señal. Si, tratándose de dos animalitos, Jesús no quiso separar al hijo de su madre, al pollino de la borrica, ¿cómo no iba Dios Padre a querer que la Virgen María acompañara a su Hijo Jesús durante las horas más amargas y dolorosas de su vida?
Hace apenas una semana decía Tomás: Vamos también nosotros y muramos con él (Jn 11, 16). Vamos, vamos también nosotros. Tomemos la mano de María y entreguemos con Él nuestra vida en esta Semana Santa que hoy comienza.
(DRAMOSA)











