Barro más barro más Espíritu

Si tú echas en un cesto veinte paladas de barro, no quieras vender su contenido como si fuera oro. Barro más barro sólo da barro como resultado.

Pero san Francisco de Asís acudía a las iglesias de los pueblos y, ante los vecinos, besaba manos y pies de sacerdotes que convivían públicamente con mujeres y engendraban hijos. Y santa Catalina de Siena llamaba «el dulce Cristo en la tierra» a papas que, como Gregorio XI, habían huido de Roma y vivían como príncipes en Aviñón. Trataban al barro como si fuera oro.

Y eso sucedía porque, en el cesto de la Iglesia, las paladas de barro que los hombres echamos con nuestra fragilidad y nuestros pecados reciben una unción venida del cielo, un soplo como el que recibió el primer Adán.

Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Ante almas sencillas como la de santa Catalina, Dios retira el velo de nuestro barro y le hace ver la hermosura de su nueva creación. Si la Iglesia fuera la suma de sus miembros, no hubiera podido subsistir. Pero la Iglesia es la Esposa de Cristo, es hermosísima. Aunque vista de barro.

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