Colmad la medida de vuestros padres

¡Qué contraste tan tremendo! ¡Qué contradicción tan misteriosa! ¿Quién puede sacar vino dulce de uvas amargas, fruto verde del árbol seco?

Atestiguáis en vuestra contra que sois hijos de los que asesinaron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!

No cubramos con un velo la crudeza de este grito. Dejemos que su furor nos rasgue las entrañas como un cuchillo de fuego.

Sois hijos de Adán, el padre de Caín, quien mató a su hermano. Sois hijos de una Humanidad que ha asesinado a los enviados con quienes Dios quiso convertiros hacia Él. Pues bien: aquí tenéis al último profeta, al Hijo del Dios vivo ante vosotros. ¡Colmad la medida de vuestros padres! ¡Llevad vuestro pecado hasta el sacrilegio, hasta el deicidio!

Se forma un nudo en la garganta que nos deja sin aliento. Imposible hablar. Y nos atraviesa un escalofrío de muerte al comprobar que, ante aquellas palabras, la respuesta del hombre no fue la vergüenza, sino la rebeldía, y con sus propias manos el hombre mató a Dios.

La medida de nuestros padres fue colmada. Y, sorprendentemente, al colmarse, del costado abierto del Crucifijo manaron perdón y gracia.

Mejor no seguir escribiendo. Mejor callar.

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