El interior de la copa
Al principio debe ser así. Cuando una persona se convierte, o cuando comienza a dar sus primeros pasos hacia Dios, debe disciplinarse, porque sin control sobre la propia voluntad no puede el hombre tomar el camino empinado que lo lleva al cielo. Y le conviene someterse a un horario, hacer propósitos, procurar cumplirlos y así ir avanzando poquito a poquito en el seguimiento de Cristo.
Pero esto es sólo el comienzo. Llega un momento en que, con ayuda del director espiritual, es necesario crecer en vida interior. De lo contrario, se corre el riesgo de que toda esa ascética quede reducida a una olimpiada de virtudes sin verdadera conversión.
Limpia primero la copa por dentro y así quedará limpia también por fuera.
La oración debe convertirse, entonces, en encuentro amoroso con Cristo, un tú-a-tú en el que se adquiere intimidad silenciosa y dulce con Él. Y el alma suavemente se enamora y cae rendida ante el Señor. La Eucaristía, el evangelio y el crucifijo se convierten en el centro de la vida.
Entonces ya no hacen falta propósitos. El corazón enamorado se precipita hacia Cristo en un vuelo, y lleva la vida con él. Ama y haz lo que quieras.
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